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perfil.com · hace 15 horas · Daniel Link

Experimento El Niño

Daniel Link

El fin del mundo no tuvo la forma de un apocalipsis zombie, ni de una guerra nuclear, ni de una catástrofe climática. Tuvo un poquitito de todas esas cosas, pero en su justa medida y con las debidas advertencias que algunos pocos escucharon.

El principio del fin fue tan imperceptible como el fin en sí mismo. Las primeras señales llegaron con el nuevo milenio. Fue entonces cuando empezaron los experimentos a gran escala, que duraron entre treinta y cuarenta años, el último de los cuales fue probablemente el más raro, y el más definitivo.

Mi jardinero me dijo, la semana pasada, “están tapando el sol”. Cuando le pregunté quiénes, me contestó con un gesto de asombro, como si la aclaración fuera innecesaria: “los científicos”. Al principio parecía una invención de los mismos creadores del terraplanismo, pero luego de un mes continuo de nubes compactas y llovizna ácida, el asunto adquirió visos de verosimilitud.

Después de todo, varios habían sido los experimentos previos en las vastas llanuras sudamericanas que eran el único territorio que replicaba con cierta fidelidad las extensiones agrícolas del Midwest.

El primero, el más simpático, fue evaluar hasta dónde una sociedad puede vivir sin dinero. Durante aquellos años inaugurales del siglo, la sociedad del fin del mundo se entregó al canje hasta que algunas agencias (públicas o privadas) decidieron imprimir su propia moneda (la moneda del arte se llamó, por entonces, Venus). El dinero tuvo que volver, pero en formas cada vez más inmateriales, como pequeñas unidades de información que se traspasan de un nodo a otro.

Lo que sí quedó claro, durante ese período turbulento, es que el Estado era superfluo. Fue entonces cuando surgieron los movimientos anti-Estado, que desde las llanuras sudamericanas conquistaron el mundo (“Que se vayan todos”). Tan así fue que gran parte de sus funciones clásicas caducaron. La defensa, por ejemplo. En los países más ricos, las fuerzas armadas fueron reemplazadas por sistemas de seguridad gestionados por algoritmos, empresas y comunidades locales. En los más pobres, sencillamente desaparecieron, con la esperanza de que a nadie se le ocurriera una invasión (cosa que no ocurrió). El segundo experimento a gran escala fue la resiliencia ante una pandemia. El tercero, el de la gubernamentabilidad global, para el cual se establecieron parámetros de comportamiento que los estados debían obedecer y transmitir a la ciudadanía (distanciamiento social, etc.).

El cuarto fue la destrucción o el abandono de la infraestructura (para lo cual, un payaso televisivo prestó sus servicios).

El quinto experimento fue la implantación de utilidades predictivas basadas en procesamiento de grandes masas de discurso.

El sexto fue el ocultamiento del sol, para aminorar el deterioro de las condiciones atmosféricas y el crecimiento del nivel del mar. Contra todos los anteriores, las personas encontraron soluciones creativas. Este último desató una ola de suicidios en masa y la interrupción de todas las cadenas productivas. Ya nadie encendía las lámparas.

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