La misa y la procesión
La batalla cultural se libra con palabras. Pero al final del camino son los números los que cuentan. La realidad ya no resiste una lectura maniquea. La narrativa política tampoco.
La retórica que baja desde el poder impregna y modela la opinión pública, pero tarde o temprano, en tiempos electorales, confronta con las urgencias que impone la supervivencia.
La aceleración tecnológica cambia de manera dramática la forma de hacer política. Lo verdadero y lo falso compiten en el espacio digital en una guerra en la que está probado quién gana. Está estudiado. Ya se sabe. Lo violento, lo fake, siempre se termina imponiendo, se viraliza rápidamente, penetra.
Los algoritmos militan sin territorio ni huso horario. Los bots hacen campaña sin pausa ni contraprestación, pero las herramientas del mundo analógico también imponen sus recursos.
Lo que viene por delante es un tiempo preelectoral que forzará la tensión entre los dos modelos que pendulan en nuestra línea del tiempo.
Mientras Javier Milei participaba de cuerpo presente en la campaña de Trump para las elecciones de medio término, una masiva marcha por el cumplimiento de la Ley de Financiamiento Universitario ocupaba las calles calientes de la Ciudad. Una semana de política analógica a más no poder.
La movida callejera terminó mal. Un grupo de violentos la salió a pudrir. Encapuchados, munidos de piedras y alicates, la emprendieron contra el vallado del Congreso, en una puesta en escena que pareció diseñada para justificar la consecuente represión. Nada nuevo. Pasó una y mil veces y en todos los gobiernos de la democracia.
La legitimidad de la marcha de protesta —que convocó a estudiantes, profesores y rectores universitarios y fuerzas de oposición— terminó en una feroz refriega que dejó el saldo de varios heridos y detenidos. Con el argumento de disolver al grupo de los agresores, la policía cargó con todo.
La lectura del oficialismo fue inmediata. Aplicó el “principio de revelación”. Un concepto inaugurado por el libertarianismo para explicar cómo se ponen de manifiesto las aberraciones de comportamiento de los actores políticos y las agrupaciones que los expresan en determinadas circunstancias.
La ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, no tardó en calificar la situación: “Los mismos violentos de siempre quieren imponer el caos, desafiar a las Fuerzas de Seguridad y convertir las calles en una zona liberada”.
“Fue una marcha en la que no hubo mucha gente y más que 100 inadaptados”, dijo, entre relajado y desentendido, Martín Menem, presidente de la Cámara de Diputados, donde en simultáneo se estaban librando otras batallas.
El ministerio presentó una denuncia penal por los delitos de resistencia y atentado a la autoridad, atentado al orden constitucional y delito de daño agravado.
“Parecería que fue una marcha angelical atacada por infiltrados y no fue así”, argumentó Alejandro Álvarez, subsecretario de Políticas Universitarias.
Es poco probable que se logre identificar a los autores de los disturbios. Con los rostros cubiertos, mochilas y bien pertrechados, se enfrentaron con manifestantes y jubilados que pretendieron neutralizarlos. Un modus operandi que remite a la era predigital.
Este jueves la estrategia política recuperó consistencia analógica. ¿A quién resultaron funcionales los activistas encapuchados que embarraron la cancha rompiendo todo? ¿Los “ingenieros del caos” se tomaron la licencia de dejar de lado sus dispositivos para volver a la calle? Probablemente nunca se sepa la verdad.
En tiempos de la IA, cuando hasta las guerras convencionales devienen híbridas, puede que los spin doctors de cabotaje hayan decidido echar mano a los viejos y más sucios recursos de la política. De ser así, se apuntaron un suceso. Más allá del temporal que complicó la tarde, lograron aguar la marcha cambiando el eje de la conversación.
Del legítimo reclamo por el cumplimiento de una ley a la condena de la violencia explícita como forma de protesta.
La cuestión de fondo está irresuelta. Los manifestantes exigen que se cumpla con la Ley de Financiamiento Universitario ya promulgada. El Gobierno argumenta que está a derecho: otra ley impide la aplicación de las normas que no explicitan de dónde sacar los recursos que se demandan sin afectar el equilibrio fiscal. La ley y la trampa.
En lo discursivo, el oficialismo ganó en la calle. La fuerte presencia de dirigentes opositores en la movilización permitió encuadrar la Quinta Marcha Federal Universitaria como “un acto opositor”. Pero el logro más festejado y potente para el Gobierno se obtuvo en el interior del recinto.
La oposición no logró reunir el quórum necesario para avanzar con la sesión que buscaba voltear el DNU 70/23, un corpus legislativo que hace al corazón mismo del Gobierno libertario. El aporte de varios de los gobernadores fue invaluable. El libertarianismo logró poner a salvo la piel.
De aquí en más todo debe leerse en modo campaña. Entre los que pretenden un mileísmo sin Milei reina el desconcierto.
Los potenciales candidatos de un espacio que sostenga el rumbo económico con mejores modales y un sesgo más empático y productivista aún no se deciden. En el entretanto, están los que tejen y destejen.
“Massa es un dirigente que tiene diálogo y poder para transformar acuerdos en hechos”, dijo Emilio Monzó en un encuentro del Frente Renovador, en el que destacó la capacidad de Sergio Massa para sentarse con quienes piensan distinto.
Las declaraciones generaron un sobresalto, ya que, hasta donde se sabía, el expresidente de la Cámara de Diputados venía trabajando en el armado de una eventual postulación de Jorge Brito. En su entorno aseguran que, diligente, Monzó sueña con unas PASO en las que confluyan tres o cuatro candidaturas con todo el PJ y otras fuerzas no necesariamente peronistas.
En ese esquema, Massa podría ser un socio, uno de los precandidatos que “confluyen” o un competidor dentro de la misma interna.
Hiperactivo, Massa aparece en todas las conversaciones. El hombre no para. Merodea por todos los ámbitos en busca de alinear fuerzas para unificar al Justicialismo. Hasta donde ha dejado trascender, solo un candidato que exprese al peronismo unificado podrá desplazar a Milei del poder.
Por el momento, el tigrense elude los grandes medios y solo se expresa en actos partidarios y redes sociales. Intenta mantenerse neutral frente a la disputa que fatiga al kirchnerismo.
En su aparición pública más reciente, dijo que seguir con un solo dirigente es un ciclo terminado, anunció una etapa de renovación del peronismo y aseguró que llegó el momento de armar algo en conjunto.
Está empeñado en encontrar un candidato potable. Si no aparece, él está —siempre bien predispuesto— en la retaguardia.
“Nuestra línea es que, si se habilita la candidatura de Cristina, es con ella y, si no, es con Axel”. Dejó en claro que no se trata de un alineamiento automático al movimiento del gobernador bonaerense.
El discurso de Máximo Kirchner contrasta con el de Grabois. “Si Cristina no puede ser candidata, vuelve a ganar Milei. Cristina es la única que puede frenar a Milei, como lo hizo Macri”, refuerza el vástago de la expresidenta.
Las “irreconciliables diferencias” que mantienen en estado de crispación al peronismo se expresarán dramáticamente este sábado, en el “Día de la Lealtad”.
Mientras el kirchnerismo duro se reunirá en San José 1111, frente al edificio en el que CFK guarda prisión domiciliaria, Kicillof reclamará su “Derecho al Futuro” con acto propio. Grabois, por su parte, confirmó que este 17 de Octubre lo encontrará junto a la ex presidenta. Como buen católico, quiere estar disponible tanto para la misa como para la procesión.