No es un contenido
La primera vez que escuché hablar claramente de acelaracionismo no fue a razón de la nostalgia o el apocalipsis, sino del optimismo de un amigo filósofo, de derecha, nietzscheano y fan de Julius Evola. Luego escuché argumentos distintos pero parecidos de parte de aceleracionistas de izquierda. Bandos y subbandos constituidos a partir de la tecnología, van del orgullo de ser armada o rebaño de la avanzada a aceptar lo irreversible en clave crítica, como si unos y otros trabajaran para el mismo patrón, pero con matices. Se agitan planteos, especulaciones y manifiestos, de modo que hay temas para tirar para arriba. Dos me interesan más que el resto: la transmutación de la espiritualidad en commoditie y la pérdida de la atención sostenida. El primero es demasiado complejo para un sábado, el segundo es casi un lugar común que da lugar a confusiones. Por eso de que la gente perdió la capacidad de concentrarse, cuando se habla de formato breve, muchos piensan en contenidos de Tik Tok o Instagram.
En septiembre, Marcelo Vera publicó Generación I Sat (Ediciones Godot) el canal que a principios de siglo emitía Cortos I Sat, programa conducido por Martina Luri, más que merecido para una creación maravillosa como el cortometraje. Su actual caída en desgracia colisiona con la idea de que la longitud exagerada es necesariamente pianta votos, sustentada por fenómenos como ver series y películas aceleradas, que, sin embargo, tienen su contrapartida en streams de dos horas, tanques hollywoodenses de la misma extensión y consumo masivo de productos de plataformas que despedazan la narrativa para cumplir con los excesivos capítulos impuestos.
Pionero del cine y la animación, histórico protagonista de prestigiosos festivales, campo de experimentación para aprendices y consagrados, magistral incluso en la publicidad, el formato corto, si es bueno, dos veces bueno. Aunque hay excepciones notables, como la serie francesa El colapso que, justo un año antes de la pandemia, traza un escenario apocalíptico con capítulos unitarios en plano secuencia de menos de media hora, o los últimos cortos de David Lynch (el mejor: What Did Jack Do?), etc, a nivel popular, la industria del entretenimiento afianza su oposición a la síntesis y la brevedad, mientras que en las redes el mecanismo se invierte y se abusa de ellas hasta perder el sentido. Lejos de pertenecer a la familia disfuncional de los contenidos, los cortos realizados como dios manda tendrían que volver a la palestra antes de terminar circulando solo furtivamente, como los libros prohibidos.