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perfil.com · hace 18 horas · Silvia Hopenhayn

¿Qué nos dice la naturaleza?

Silvia Hopenhayn

Se supone que corremos con ventaja. Somos una especie particular (¿privilegiada?) sobre la Tierra. Podemos simbolizar, hacer abstracciones, recordar, ¡imaginar! Tener una historia, tramar una cultura, generar identidades, realizar descubrimientos asombrosos; llegar al espacio, iluminar neuronas (el último Premio Nobel de Medicina a Karl Deisseroth, Peter Hegemann y Georg Nagel, me dejó pasmada de poética emoción, canales iónicos y la optogenética que permiten activar o desactivar neuronas concretas en un cerebro vivo, ¡iluminadas por la luz de un alga!).

Además de todas estas estas posibilidades de invención y supervivencia, nos podemos dar el lujo de contemplar. La novela de Clarice Lispector, “La pasión según G.H.” termina con la frase: “La vida es un lujo”.

Dragados, zanjas, elevaciones. Señales de alarma de un "ataque" de la naturaleza

Somos una especie guerrera, como todas las demás (peores, porque matamos perversamente), pero nos distinguimos por andariegos, gozosos. Sacamos limones del árbol, y nos embriagamos con el perfume de las flores de azahar. A veces no sabemos qué hacer con tanta efusividad, y empezamos a pintar cuadros o escribir poesía.

Somos seres de palabras. Y eso también nos impulsa a “leer” nuestro entorno. Leer es ver entendiendo. O como decía Borges, colaborar con el sentido.

Y, sin embargo, con todas estas herramientas, siendo capaces de establecer puentes ínfimos e inmensos, simbólicos y concretos, parece que nos empeñamos en derribarlos. Ciegos, sordos ante lo que nos circunda, convertimos los paisajes en mero fondo de pantalla.

Las catástrofes naturales vienen sucediéndose con una frecuencia que alarma, o por lo menos resulta inasimilable para un mundo refugiado en plataforma y pedidos ya. Me recuerda un excelente libro de cuentos que llevaba ese título, “Catástrofes naturales”, de Anna Kazumi Stahl.

Pero ahora no son cuento: El aluvión en Santiago de Chile, las inundaciones en Asia, los sismos en Colombia, el fuego en Grecia e Italia, los ciclones den China, las alarmas del Super Niño…

Se están realizando todo tipo de tareas preventivas, algunas más silenciosas otras elocuentes por cuestiones políticas, como si el enemigo estuviera afuera.

Dragados, zanjas, elevaciones. Señales de alarma de un “ataque” de la naturaleza.

Los únicos mal-intencionados (¡o bien!) son los humanos. Y en lugar de aprovechar todas nuestras condiciones para asentarnos en la naturaleza con el conocimiento histórico que nos permite aprovechar sus frutos, cuidarla, admirar su belleza, parece que se hubiera agudizado un conflicto imposible de discernir.

Alejo Carpentier, en su magnífica novela “Los pasos perdidos”, recorre la selva venezolana dando cuenta del paso del hombre por el mundo, sus huellas, obras, instrumentos musicales, descubriendo “el prestigio de lo vegetal”, la dimensión insobornable de la montaña. “Las montañas crecían, ahora que el sol aclaraba sus cumbres, esas cumbres se sumaban de un lado y de otro, cada vez más estiradas, más hoscas, los filos parados contra el viento que se colaban por los desfiladeros con un bramido inacabable. Todo lo circundante dilataba sus escalas en una aplastante afirmación de proporciones nuevas… Muy abajo habían quedado los hombres que andaban entre cosas a su escala”.

Me llamo la atención esta formulación: “Hombres que andaban entre cosas a su escala”. Quizá sea un problema de escala. Tan metidos en nosotros mismos, y más aún, cada uno en su yo atribulado, no podemos escalar. No solo no vemos la montaña, no anhelamos la montaña, aplastados entre referentes chatos que vacían la intención, llenándonos de contenidos aplastantes.

El personaje de Carpentier (que no tiene nombre) realiza un viaje -que ahora llamarían frívolamente “inmersivo”- en el tiempo. Y encuentra en la selva la musicalidad. Un lenguaje no codificado de todo aquello que nos rodea sin palabras.

La última Premio Nobel, Anne Carson, fue sorprendida con el galardón, escuchando al viento en Islandia.

¿Será cuestión de desandar, hallar los “pasos perdidos” para encontrar la huella del devenir?

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