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lanacion.com.ar · hace 18 horas · Rogelio Alaniz

Perón, en el laberinto de sus contradicciones

LA NACION

El paso de los años ha atenuado las pasiones, pero aún su nombre sigue conmoviendo. En vida despertó el amor devoto de los pobres y el odio rencoroso de los ricos. Muerto, sigue siendo polémico, controvertido. Un héroe o un santo para sus leales; un despreciable fascista o un vulgar embaucador para sus críticos.

Los años suelen suavizar las diferencias y permiten que la lectura histórica pueda realizarse. Con Perón esa tarea nunca fue sencilla. Sin duda que hizo los méritos suficientes para ganar un lugar privilegiado en la historia. El general que supo conquistar el corazón del pueblo fue un sagaz político, un maestro de las maniobras tácticas y un despiadado manipulador del poder. Como todo líder carismático, conocía la clave de las confusas y arrebatadas pasiones de las masas. Y como todo líder carismático ignoraba el remordimiento y la culpa.

Ingresó en la historia nacional por la puerta grande, deslumbrando con su talento y su sonrisa. Arremetió contra los intereses creados y las jerarquías establecidas, apoyándose, claro está, en jerarquías e intereses tan sólidos como los que pretendía remover. Fue atrevido, impertinente y transgresor. Pero si había que conciliar, conciliaba. Y si no quedaba otra alternativa que replegarse, se replegaba. Una anónima cañonera paraguaya es involuntaria testigo de esa prudente habilidad.

Él mismo admitió que los grandes conductores de la historia son aquellos que saben sobrevivir a las tempestades manteniendo firme el pulso, duro el corazón y atenta la inteligencia. Inútil entenderlo al margen de sus contradicciones. Al gran reformador social le gustaba definirse como un hombre de orden. Propuso la conciliación de clases, pero cuando los distinguidos bonetes de la Bolsa de Comercio no lo acompañaron, atizó las reivindicaciones obreras y políticas hasta la confrontación clasista. Defendió al pueblo llano y le supo dar conciencia de su dignidad, mientras lo humillaba sometiéndolo al culto de la personalidad y alentando obsecuencias y exasperantes alcahueterías.

Al revolucionario que transformó el país le gustaba definirse como anticomunista y admirador de Benito Mussolini. El coronel que prometía realizar los sueños más caros de los nacionalistas no vaciló en bautizar los ferrocarriles recién nacionalizados con los apellidos de los próceres del panteón liberal. El que nunca se equivocó a la hora de saber los rumbos de la historia, en 1943 estaba convencido de que los nazis ganaban la guerra; en 1946 apostaba en contra de Estados Unidos, mientras jugaba el destino económico del país a una inevitable e inexistente tercera guerra mundial.

Adel Vilas y Estela Martínez de Perón pasando revista a tropas del Operativo Independencia

El defensor de la enseñanza religiosa en las escuelas sancionó leyes que hasta los ateos más convencidos hubieran vacilado en aprobar. El crítico del imperialismo yanqui no vaciló en recibir con sonrisa obsequiosa a Milton Eisenhower y el nacionalista económico firmó un tratado con una distinguida multinacional petrolera que al decir de uno de sus opositores, “infama el territorio patrio con una franja colonial”.

Si en 1945 demostró que desde las alturas del poder era posible ganarse el amor del pueblo, en 1973 probó que desde el exilio era posible repetir la hazaña. El que durante su primera presidencia soportó la animosidad de intelectuales y estudiantes, se dio el lujo, dieciocho años después, de ganar para su causa el corazón de los hijos de sus enconados enemigos. Esa ironía de la historia la anticipó en 1952 cuando fiel a su estilo verbal dijo que a sus rivales en 1945 les ganó con el voto de los obreros, en 1952 con el voto de las mujeres y en el futuro les ganará con el voto de los “chicos”, a los que luego calificará de juventud maravillosa. Precisamente a esos “chicos” los sedujo con la novela del socialismo, pero cuando el relato “los imberbes” se lo tomaron en serio, no dudó en echarlos de la plaza, además de organizar bandas de sicarios que se dedicaron a exterminarlos.

Le gustaba definirse como un conductor revolucionario, pero sus amigos eran Stroessner, Pérez Jiménez, Trujillo, Somoza y Franco. Desde su exilio en Puerta de Hierro, manipuló hombres y situaciones con talento, astucia y un toque de perversión. Lo halagaba el amor de las multitudes coreando su nombre y alentaba servilismos y obsecuencias. Quienes lo conocieron, incluso sus rivales, ponderan su simpatía. Hablaba con todos y para cada uno de sus interlocutores disponía de la palabra justa, la frase adecuada. Solo un detalle lo fastidiaba: que lo contradigan.

Con inspiración de artista organizó una fuerza política que marcó un antes y un después en la historia nacional. Para hacerlo tuvo que lidiar contra militares obtusos, empresarios necios y políticos torpes y anacrónicos. Se divirtió cuantas veces quiso con Braden y las venerables momias de la Unión Democrática. Estrenó el ostentoso balcón, el saludo con los brazos abiertos y el arrebatador “compañeros”, simulando ser un soldado más de la causa, cuando al mismo tiempo ponderaba sus virtudes de líder y conductor elegido por los dioses. Dispuso del talento para transformar el lenguaje político en un friso de refranes populares y giros coloquiales. Acusado de dictador y de tirano, no era partidario de derramar sangre y a su manera fue, si se quiere, benévolo con sus enemigos que alentaron asonadas militares, atentados terroristas y bombardearon Plaza de Mayo.

Militar de vocación, fue transgresor hasta en los detalles. El coronel viudo y puntilloso se va a vivir en concubinato con una actriz que se transformó en una mujer extraordinaria. Evita se llamaba. Poco y nada sabemos de la vida íntima de la pareja. A los efectos políticos, importa saber que ambos amaban y disfrutaban del poder. Una diferencia existencial es posible registrar entre ellos. Evita, colérica, apasionada, rencorosa era, sin embargo, capaz de querer. De Perón es muy difícil verificar lo mismo. Aún se discute si su condición de viudo fortaleció o debilitó su poder político. Lo seguro es que ningún reparo moral le impidió luego compartir sábanas con una adolescente cuarenta y cinco años menor que él, mientras todo el país se detenía a las 8.25 y “ay” de quien se le ocurriera no sumarse a ese cotidiano funeral simbólico.

Mientras tanto persistía con las paradojas: el hombre que aprobó el voto femenino se dio el gusto de casarse con una cortesana mediocre y algo malvada a la que le obsequió la presidencia de la Nación, mientras a sus seguidores les decía que su único heredero era el pueblo. El gran prestidigitador se cansó de ganar batallas políticas, pero cuando regresó a su país las pasiones que él contribuyó a alentar lo desbordaron, confirmando, por el costado absurdo de la historia, que a la hora de lidiar con los rigores de un gobierno “no le daba el cuero”, como anticipó el general Lanusse.

Nunca creyó en la república democrática. Su exclusiva convicción fue el poder y en su nombre hizo hasta lo que no creía, si es que alguna vez creyó en algo que no fuera él mismo. Ganó todas las elecciones en las que participó, pero estaba convencido de que la legitimidad no provenía del pueblo sino de sus infalibles condiciones de conductor. A más de medio siglo de su muerte su itinerario histórico sigue despertando asombro. Desde 1974 muchos se proclamaron sus sucesores. Por lo pronto, ninguno de sus presuntos herederos le lustra los zapatos. Ninguno posee el desenfado, el coraje y esa singular virtud maquiavélica para manejar con pulso firme las riendas de la historia.

Rogelio Alaniz

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