El insulto, “el sucedáneo de un asesinato”
Un fantasma recorre el mundo… desde todos los tiempos, pero ahora estamos quizá en el peor de los mundos, cuando casi todo es posible que se rompa en aras de la maldad y del insulto. En todos los países (en todos, también en el mío, y en grado sumo) se está olvidando el cuidado de la buena educación y ahora el insulto es el que aparece como la triste, y celebrada, señal de que es posible que todo se pueda decir en contra del otro y viceversa. Desde el Norte de Trump hasta las esferas de Putin, pero también en nuestros territorios, donde escribo y para donde escribo, hay modos terribles de insultar; el descuido no es la única manera de explicarlo.
El insulto, me decía el profesor inglés Paul Preston, cuando hice una encuesta sobre esta lacra, para el libro Contra el insulto,“no es tan solo violencia verbal, es la creación de miedo, y por tanto de odio, entre los ciudadanos, para infundirles cobardía o en todo caso maltrato con la dignidad humana”. El insulto no es tan solo una palabra, una expresión falaz, un mal deseo expresado con violencia verbal, dicho o escrito, anónimo o firmado con nombre propio, decía yo mismo en 2012, cuando en mi propio país empezaba el denuesto español y el insulto era parte de la vida nacional. Ahora este es el tiempo en el que ya el mundo está desbaratado. Agarra a los partidos políticos, a los periodistas, a la ciudadanía…
Manuel Rivas, quizá el mejor poeta español, autor del libro La lengua de las mariposas, que parte de la guerra civil española, me dijo cuando le pedí que me hablara del insulto para aquel libro: “El insulto que más indigna es aquel que parte de un proceso de maltrato, el que perpetra un verdugo sobre una víctima, y que puede decir, como decía Paul Valèry, ´el sucedáneo de un asesinato`. Se ha dado muchos casos históricos, pero uno de los que ultrapasa el límite que traspasa de lo imaginable fue la orden dada por parte de un jerarca franquista de que arrancase del Registro Civil la página donde figuraba la partida de nacimiento de Santiago Casares Quiroga. En la ´justificación` de semejante orden, junto con una sarta de insultos, se decía que Casares Quiroga –por cierto, un hombre liberal, tolerante y muy ilustrado—no merecía pertenecer a la especie humana, por lo que su nombre debería ser borrado para siempre de la historia y las generaciones futuras no deberían saber de su existencia”.
“El peor insulto”, decía Rivas, “es el que forma parte de un lenguaje que pretende dominar. El insulto que, de modo consciente, se emite para engrasar el engranaje de la dialéctica amigo/enemigo. Hay también otra dimensión: el insulto vejaminista en un recurso del mediocre. A mayor producción de insultos, menor calidad informativa”.
Cuando acababa de morir el dictador Francisco Franco, en noviembre de 1975, apareció por Tenerife, mi pueblo, Blas Piñar, entonces el líder más visible del fascismo en España. Estábamos entonces, tras la muerte del dictador, esperando a Blas Piñar. Éste se hizo de rogar, quizá para que se cumpliera su propio calendario: la de la mala educación.
Antes de su llegada apareció un equipo nutrido de empleados a cachearnos como si fuéramos delincuentes. Eran grandes y fuertes, como si vinieran de la selva, y luego llegó él, Blas Piñar, que nos dio una lección de rabia y de nada. España era de Franco todavía. Todos tuvimos miedo, porque la dictadura no se había acabado y aquel hombre era uno de los espejos que quedaban de aquella pesadilla que había comenzado en 1936, con la guerra civil.
Tiempo más tarde, después de estar en Londres como enviado de El País, viví en Madrid una tarde ruin pero que no era inesperada. En uno de los bares del centro de la ciudad había un grupo de matones como los que nos habían asaltado en Tenerife. De pronto los matones se hicieron fuertes ante los que estábamos allí y nos obligaron a cantar el Cara al sol, que todavía era el himno falangista que años después ya pareció obsoleto. Hasta hace nada.
Ahora los fascistas hace rato que pululan por las calles para explicar que Franco no ha muerto, o por lo menos sigue por ahí como la secuela renacida de aquella guerra y de aquella masacre. España, otra vez, rompiéndose, gritándose, de nuevo entendiéndose a golpe de insultos.
De nuevo, se canta Cara al sol. Como si estuvieran entre nosotros Franco y un grupo de sucesores suyos se ofrecieran, otra vez, para ser parte de un pasado que se reitera como la nueva amenaza. Las calles vuelven a formar parte del franquismo, que ahora se llama otra vez como antiguamente. Las próximas elecciones, que se celebrarán a finales de noviembre, parecen augurar cambios tajantes, a los que añadirán pasado los que añoran, siendo unos muchachos todavía, aquel tiempo de sangre y de tristeza, de diáspora y de olvido.
No es que se hubiera acabado aquel tiempo: fue que tan solo se había atenuado. Ahora todo eso resucita como si no hubiera pasado ya y no es raro sentir el mismo miedo que, como en aquel día de la llegada de Blas Piñar, nos puso firmes ante un grupo de exaltados que se negaba a decirle adiós a lo que la guerra. Y otra vez en España se instala, poco a poco primero y después abruptamente, el pelotón del miedo.
Pero en este tiempo en el que ya se pensaba que no volverían de nuevo estas golondrinas oscuras ya no están ni Blas Piñar ni sus secuaces de entonces. Pero los que cantan aquellos himnos, en los bares, en las calles, en las ciudades y en cualquier sitio, se parecen a los que, en seguida que murió el dictador, se dedicaron a glorificarlo. Franco se canta en las calles como si fuera a venir de nuevo. O como si estuviera ya aquí, mandando.
Tanto dicen su nombre, otra vez, que da la impresión de que un día aparecerá por ahí explicando cómo se acaba, como él hizo, con la libertad. Aquella libertad que no era de cartón piedra sino de personas. En el nombre de Franco se alzan los que quieren destruir a los que no son, ni de lejos, de las diversas falanges que pululan en busca de crear miedo y ruindad.
Ahora el mundo está habitado por hitleres chicos que están dispuestos a entonar el Cara al sol que una vez puso a España en pie de guerra. La guerra duró cincuenta años, entre bromas y veras, y ahora los clarines no salen tan solo de la rabia española sino, también, del apoyo que viene de países poderosos que han decidido que Europa se deshaga o se rompa.
Hace algunos años, en agosto de 2017, cuando empezó esta sensación que ya es parte de lo que pasa, y de lo que se teme, escribí para El País un artículo sobre la naturaleza de lo que ahora también ocurre. Lo titulé Los imbatibles elementos del insulto, que trataba de lo que ahora también parece ruin y resulta duro y difícil de vivir en un país que ya sufrió, en 1981, un alzamiento que acabó en las Cortes hasta que el Gobierno y el rey de entonces impidieron un porvenir que parecía de hielo.
Ese modelo para armar fue entonces una terrible amenaza que tan solo se basaba en el insulto, contra los políticos de la izquierda, pero también contra la ciudadanía que no estaba de acuerdo con lo que creían unos u otros. El insulto era lo que es ahora, pero en este tiempo resulta animado por artilugios que antes no existían. Ahora gritar contra unos y contra otros forma parte de una especie de regreso a la mala educación, al empecinamiento que convoca a la rabia.
El insulto, en fin, es compañero de la mala palabra, que puede ser en sí mismo insultante, me decía en aquel libro el ahora académico, y siempre periodista, Alex Grijelmo… El lenguaje basura, decía Emilio Lledó, se basa en el insulto. Hoy, aquí, y en el mundo entero, ahora es el insulto un modo de hablar que ya no asusta a nadie. Ahora insultar, en las calles, en los periódicos, en las televisiones, en realidad en el mundo entero, es un entretenimiento fatal de los que matarían al otro si hiciera falta.
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