El rumbo no es un acto verbal
En muchos gobiernos el rumbo no está presente o aparece desfigurado. A veces está presente en la agenda cotidiana, pero no articulando algo que permita aproximarnos a la idea de un mito de gobierno.
¿Qué es un mito de gobierno? Es una instalación política y social que algunos gobiernos logran. Una comunicación de tipo simbólica que, en la gestión, tiene la función de generar esperanza, previsión, e idea de rumbo y que, una vez instalada, puede alimentarse a sí misma siempre y cuando exista coherencia entre la narrativa esbozada y las políticas públicas implementadas.
Hay ahí cuatro grandes condicionantes: narrativa y valores ideológicos; una relación ineludible entre lo expresado y las políticas públicas que le den sustento a ese relato; aprobación del liderazgo y de sus políticas; y futuro expresado y percibido como rumbo.
Sin embargo, muchos gobiernos tienen una apuesta discursiva pública que da forma a algunas de estas tres situaciones:
-Gobiernos cuyo futuro es sólo ser distinto que el pasado. Son contra identitarios puros. Preocupados en contrastar con lo vivido más que plasmar un futuro cierto. Se sostienen más en criticar, discontinuar, revertir y explicitar diferencias exageradas con lo previo.
-Gobiernos cuyo futuro es tan grandilocuente que se olvidan del presente. Prometen exageradamente. Míticos, grandilocuentes, pero con poco presente que sustente y haga creíble llegar a ese futuro soñado. Escapan para adelante ante la falta de aprobación actual de su gobierno, de sus principales políticas, prometiendo cosas en el terreno de lo increíble.
-Los gobiernos con pasado grande que se amortizó en el presente. Su presente es sostener su pasado y carecen, por ello, de futuro. Hablan de lo hecho. Lo realizado los distingue, pero muchas veces parecen haberse amortizado en la sociedad. Tienen poco para ofrecer hacia adelante.
Empresas investigadoras de opinión pública en Argentina reflejan tres hallazgos comunes actualmente:
b) la pulsión de cambio de modelo o políticas es mayor a la continuidad (aun con mejoras);
c)percepción de que el rumbo del país va en la senda equivocada notablemente superior a la aceptación del rumbo actual percibido.
Con IA o en Google podrá buscar los valores. Son datos publicados. Yo sólo quiero quedarme en la implicancia de las dos últimas certezas. La pulsión de cambio y el rumbo.
La pulsión de cambio arroja valores de “cincuenta y algo”, más cerca de “sesenta que del algo”. Involucra, según los estudios, cambio de políticas, de gestión, de equipo. Vale una precisión metodológica para entender ese valor. Hasta 50% de pulsión de cambio, rara vez preocupa. Forma parte de un “cambio teórico”, aspiracional, que cualquiera podría contestar afirmativamente porque siempre hay opciones ideales mejores. Pasa con un gobierno, pasa con opciones de consumo, pasa con nuestras vidas.
Cuando la pulsión de cambio corre entre 51% y 60% es una alerta amarilla. Si al frente hay opciones alternativas razonables, ese cambio puede ser perfectamente posible. Si la pulsión de cambio supera 60%, la actual gestión más que depender de sí mismo, depende de que al frente no haya nadie competitivo. Es una alerta roja. La reelección podría deberse a la falta de competencia antes que a méritos propios.
La existencia de rumbo es tanto promesa y voluntad del gobierno, como conocimiento y percepción ciudadana. La aceptación del rumbo actual por donde está yendo la Argentina está en torno a 30%. El rechazo es dos veces ese valor.
Al rumbo se lo asocia con la discursividad dominante de un gobernante. Pero no. Rumbo no son eslóganes o latiguillos discursivos de un gobierno. Es un elemento unificador que simboliza la dirección, la voluntad y la justificación de las políticas, sí, pero necesita lograr un nivel de adhesión en torno a logros. Y esa aceptación habla más de amplia aceptación que de otra cosa. No hay rumbo sin logro previo.
Luciano Elizalde y Tito Ávalos proponen etapas evolutivas del liderazgo. El último estadio es el tipo de “líder trascendente”: produce identificación con el proyecto que encabeza, como un factor que permite crear valor en el tiempo, desde una “visión” orientada a la obtención de resultados esperados. Ergo: depende de resultados concretos. El movimiento es “desde la sustancia a la imagen”, como plantea Mats Alvesson. No a la inversa, como se da en una campaña. Necesita de políticas concretas. De resultados percibidos como satisfactorios. Sustancia…
Apoyar un rumbo lleva implícita la aceptación del desempeño. Desde ahí se confía. A pesar de que cada proyecto gubernamental debe ser distintivo, en algún punto cruje si se disocia de todos los marcos institucionales que le otorgan legitimidad.
La confianza tiene una relación con el pasado y con el futuro. Con el pasado porque es el resultado de un juicio acumulativo, y la referencia al futuro implica riesgo. Las relaciones de largo plazo requieren de la confianza. Es multicausal y contingente; nunca es absoluta, sino condicional y contextual.
Desde la mirada filosófica de la confianza, Francesc Torralba, la define como el mecanismo de depositar expectativas fundamentadas en alguien o en una organización. Es una apuesta de futuro, pero se basa, lógicamente, en indicios del pasado. La raíz de la confianza es la pericia, nos fiamos de quienes son competentes. La ineptitud crea desasosiego, miedo y desconfianza, mientras que la destreza suscita todo lo contrario.
Solidificar el rumbo no es accesorio sino constitutivo de la reputación de un gobierno en pos de obtener mayor legitimidad. Pero si hay alta percepción de cambio es porque hay tensión entre estabilidad reputacional y la transformación percibida (la justificación del proyecto como algo logrado o lográndose). No hay un mito de gobierno consolidado, pero si estuviese en construcción, debe considerarse que el rumbo no es un acto verbal.
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