← Volver
lanacion.com.ar · hace 2 horas · Carlos Regazzoni

Poder y promesa de la IA

LA NACION

En su nivel más elemental, el poder de la inteligencia artificial reside en que es una colosal maquinaria matemática para reducir la incertidumbre. Antes que centros de datos, presupuestos militares o geopolítica, buena parte de la IA contemporánea consiste en inferencia estadística aplicada a una escala sin precedentes. La IA permite estimar con creciente precisión qué está ocurriendo, qué probablemente ocurrirá y cuáles serían las consecuencias de actuar de una manera u otra. Su manifestación más elemental es un vehículo autónomo que debe decidir cuándo frenar; pero finalmente hablamos de una nueva arquitectura decisional a escala global.

La capacidad inferencial de la IA transforma el problema fundamental de toda estrategia corporativa, gubernamental, sanitaria o militar: la toma de decisiones bajo condiciones de incertidumbre. La capacidad de evaluar a escala escenarios de tipo “qué pasaría si intervenimos de esta manera en lugar de aquella” la convierte en un motor estratégico. Una empresa podrá optimizar sus inversiones, un gobierno su presupuesto o, más preocupante, un delincuente su mejor estrategia de engaño. Los modelos de lenguaje son una parte formidable de esta revolución porque condensan regularidades y relaciones presentes en una parte vastísima del conocimiento humano digitalizado.

El Estado o corporación que domine este poder tendrá niveles de precisión nunca vistos para calcular riesgo en sistemas complejos, reestructurar políticas industriales, definir tácticas geopolíticas, u optimizar un escenario bélico. La elección del tratamiento médico óptimo o de la mejor estrategia para explotar las debilidades de un adversario, una vez fijados objetivos y restricciones, podría dejar de ser exclusivamente un arte humano para convertirse en un problema matemático susceptible de cálculo industrializado.

La centralidad de la IA en el debate global actual se explica porque discutimos sobre un sistema que permitiría decidir mejor, lo que constituye un extraordinario poder.

Las potencias actúan en consecuencia. Goldman Sachs estimó la inversión global en IA para 2026 arriba del billón de dólares, casi la mitad de la economía brasileña. Fondos para adquirir o mejorar las capacidades necesarias para desarrollar o hacer funcionar los sistemas informáticos de IA. Semiconductores especializados, centros de datos con servidores de alta densidad y sistemas avanzados de refrigeración; infraestructura energética (los centros de datos ya consumen globalmente una cantidad de electricidad del mismo orden que toda la generación eléctrica de Alemania); y ejércitos de ingenieros para mejorar la capacidad inferencial de los modelos. El gasto de capital en IA representa el 0,9% del PBI mundial y será del 1,3% el año próximo, comparable a un tercio del expendio militar anual global.

Además, se militariza el acceso a componentes críticos del complejo de la IA. En octubre de 2022 el Departamento de Comercio de EE. UU. implementó controles de exportación de semiconductores avanzados y equipos de fabricación de chips a China. China controla a su vez el acceso a tierras raras, en una lógica similar. Las tecnologías relacionadas con la IA ya son activos críticos de seguridad nacional de las grandes potencias, embarcadas en una carrera tecnológica. A esto se suman los datos: telecomunicaciones, cámaras en la vía pública, sensores de vehículos y análisis clínicos alimentan plataformas globales de información. Poder de cómputo y captura de datos se convierten en infraestructura estratégica de los países, y eventualmente de nuevos actores transnacionales. Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Francia o India disponen presupuestos multimillonarios para construir clústeres nacionales de supercomputación y entrenar modelos autóctonos, para evitar la dependencia estructural de los Estados Unidos, China, o algún gigante tecnológico global.

Finalmente, la gobernanza tecnológica emerge como un mecanismo de proyección de poder blando de los países con tres ofertas: la Unión Europea y su AI Act; los Estados Unidos privilegiando innovación privada, liderazgo tecnológico y seguridad nacional; y China, con un modelo que combina promoción acelerada de la innovación con fuerte supervisión estatal de datos. Todo esto sucede por las enormes ventajas de poseer la IA; y también por su potencial capacidad de daño.

Un poder de esta magnitud daña o beneficia según cómo se use, lo que depende de quién lo detenta, y cómo se institucionalizan sus usos. En 2016 en el PAMI cruzamos el padrón de afiliados con el registro de fallecidos y aparecieron 2.500 muertos que seguían comprando medicamentos. Con estadística elemental alcanzó para llevar el caso a la Justicia. La IA podría monitorear todas las recetas en tiempo real.

Pero delegar decisiones conlleva riesgos. La máquina optimiza con precisión implacable aquello que se le pide. Si la acción óptima para gestionar un hospital, distribuir subsidios o dictar una sentencia se convierte en un cálculo, entonces la vida pública queda sometida a la tiranía de la función objetivo de estos modelos, definida por sus dueños. El mismo sistema, con idéntico cálculo, instruido para reducir el gasto podría negar la insulina a una paciente que realmente la necesite.

Los modelos sobre los que se apoyarán cada vez más nuestros sistemas de salud, educación y administración se diseñan mayormente en otra parte. Sus capacidades y sus límites vendrán parcialmente provistos de fábrica. Pero qué necesitamos optimizar, con qué datos y niveles de responsabilidad, sigue siendo una decisión nuestra. El poder de la IA y su extraordinaria promesa de eficacia desafían la soberanía política de las naciones, hoy ejercida mediante un conjunto de instituciones. La amenaza aparece cuando la capacidad efectiva de decidir se desplaza hacia sistemas y actores que escapan a ese diseño.

La soberanía no es necesariamente el fin último de la política, pero constituye una condición para que una comunidad pueda determinar y perseguir sus propios fines. Conservarla no significará producir toda la tecnología que utilizamos, sino preservar nuestra capacidad de decidir qué queremos y cómo alcanzarlo.

La inteligencia artificial permitirá calcular con precisión creciente los medios para alcanzar nuestros objetivos. La definición de esos objetivos y la autoridad para perseguirlos serán dos de las grandes cuestiones políticas de nuestro tiempo. La promesa de la IA es ampliar nuestra capacidad de decidir; pero el cumplimiento de esa promesa dependerá de nuestra elección de destino.

La inteligencia artificial permitirá calcular con precisión creciente los medios para alcanzar nuestros objetivos. La definición de esos objetivos y la autoridad para perseguirlos serán dos de las grandes cuestiones políticas de nuestro tiempo. La promesa de la IA es ampliar nuestra capacidad de decidir; pero el cumplimiento de esa promesa dependerá de nuestra elección de destino.

The Trust Project

© Copyright 2026 SA LA NACION | Todos los derechos reservados. Dirección Nacional del Derecho de Autor DNDA - EXPEDIENTE DNDA (renovación) RL-2023-95334553-APN-DNDA#MJ.Queda prohibida la reproducción total o parcial del presente diario.

App store