¿Carlos Gardel, uruguayo? Andá...
De tanto en tanto, desde Uruguay surge el “reclamo” por el nacimiento de Carlos Gardel –el símbolo máximo de nuestra canción, un ídolo argentino absoluto cuya figura atraviesa casi un siglo- pero hay más voluntarismo que investigación y categoría académica en ese pedido.
Sobre Gardel se escribieron más de cuatrocientas biografías y en las últimas décadas, varias muy rigurosas. No hay ningún documento que avale el “nacimiento en Tacuarembó”, como acaba de sostener el Senado del país hermano para declarar un Día Nacional vinculado a Gardel.
El reciente libro de Sergio Pujol (“Las edades del tango”) indica que “en estos últimos años, el margen de dudas sobre el lugar y las circunstancias del nacimiento de Carlos Gardel se redujo al máximo. La polémica que supo tejerse en torno al asunto hoy luce desteñida, pero aún así vale recordarla, ya que ha sido un insumo nada desdeñable para la mitología del tango. En 1960 en una serie de artículos en el diario El País de Montevideo, el periodista uruguayo Erasmo Silva Cabrera intentó fundamentar el nacimiento de Gardel en Valle Edén, Tacuarembó, Uruguay. La tesis fue luego laboriosamente seguida y ampliada por Nelson Bayardo y otros autores. Según la versión uruguaya Gardel y Gardes fueron dos personas diferentes. EL primero de ellos, el ‘verdadero Gardel´ habría sido hijo “ilegítimo” del coronel Carlos Escayola y la joven María Lelia Oliva”.
Lo cierto es que el Zorzal nació como Charles Romuald Gardes en el hospicio Saint-Joseph de La Grave, en Toulouse (Francia) el 11 de diciembre de 1890. Por entonces, aquella ciudad, cuna de antiguos trovadores, tenía 150 mil habitantes. Era hijo de Marie-Berthe Gardes, una modista de sombreros, que había vivido en Burdeos y Venezuela, tenía 25 años y hablaba español. Nunca se casó y se cita, como su fugaz y probable pareja a Paul-Jean Lasserre.
Como sostiene Pujol “el misterio del nacimiento fue abonado como si con ello quisiera fortalecerse el perfil heroico de Gardel. Si los héroes clásicos tienen un origen extraordinario, no siempre bien conocido, en el caso de Gardel esa condición de singularidad está dada por una narrativa de origen en disputa. Si bien ya existían varias pruebas que rebatían –o al menos cuestionaban- la teoría de un “Gardel oriental” en 2012 la investigación de Georges Galopa, Monique Ruffié y Juan Carlos Esteban inclinó con persuasión la balanza a favor de un Gardel efectivamente francés, tal como en su momento la habían sostenido Armando Defino, Edmundo Guibourg y de modo un tanto elíptico, el propio Gardel”.
Gardel llegó a Buenos Aires a los 2 años y 3 meses, de la mano de su madre en el vapor Dom Pedro, desde el puerto de Burdeos. “Madre soltera, católica y planchadora de oficio, Berta hacía decidido abandonar Francia para sumarse a la esperanzadora corriente migratoria que estaba repoblando la Argentina. Ya estaba en Buenos Aires su amiga Anaís Beaux quien, con su esposo Fortunato Muñoz, había logrado montar un taller de planchado y necesitaba trabajadoras de confianza. Berta y su hijo Carlos se instalaron en un conventillo de la calle Uruguay y más tarde Gardel se integró al barrio de Abasto”, agrega Pujol.
Una de las más exhaustivas biografías de este extraordinario artista (“Gardel, el cantor del tango”) es obra de Julián y Osvaldo Barsky, quienes destacan el legado de otros historiadores. Entre ellos, Simon Collier, profesor de Historia de la Universidad de Essex (Reino Unido), quien publicó la primera biografía integral. Se basaba en fuentes esenciales como las memorias de José Razzano –el compañero de andanzas en los inicios de Gardel-, en numerosas fuentes históricas y periodísticas y en las memorias de Terig Tucci, fundamental para reconstruir la vida de Gardel en Nueva York, en los años 30.
El libro de Barsky detalla toda la documentación comprobada sobre los orígenes de Gardel. Este fue bautizado como Charles Romuald, su número de parto en los registros del hospital era el 237.
“Y esa misma tarde, Pierre Adouy adjunto del alcalde de Toulouse, certificó el acta de nacimiento. Decía así: ‘En nombre del pueblo francés. El onceavo día del mes de diciembre del año mil ochocientos noventa a las dos horas de la tarde. Nacimiento de Charles Romuald Gardes, nacido hoy a las dos horas de la mañana en el hospital De La Grave, hijo de padre desconocido y de Berthe Gardes, planchadora, nacida en Toulouse y domiciliada en la calle Canon D’Arcole 4, según la declaración hecha a nosotros por Jenny Bazin, partera de dicho hospital, el niño ha sido reconocido como de sexo masculino, lo que resulta del certificado del Doctor en Medicina de dicho hospital a sus delegados domiciliados en Toulouse,
Jean Mandret, de sesenta años de edad, y Dominique Dulón, de veintitrés años de edad, empleados en dicho hospital y sin parentesco entre ambos”.
Por cierto que mucho más adelante, ya como un artista de excepción, Gardel mantuvo un vínculo muy cálido con Uruguay, fue destino de algunas de sus giras, de sus andanzas personales y hasta de algunas inversiones. Pero no hay testimonios de que él mismo –salvo alguna broma- haya aludido alguna vez a un origen uruguayo.
El dúo de Gardel-Razzano tenía a Montevideo como destino fijo en aquellas giras iniciales, se presentaron en casi todas las temporadas de verano entre 1915 y 1923, cantando ante multitudes en el Parque Central y en los principales teatros. Y la capital uruguaya está asociada a otro momento decisivo en la historia de nuestra música. Los historiadores coinciden que fue allí donde Gardel conoció “Mi noche triste”, el tema que inaugura la era del tango-canción. Era obra de Pascual Contursi y el pianista, guitarrista y director orquestal Samuel Castriota, quien se la habría acercado al Zorzal bajo el título de “Lita”.
Letra y música claves para nuestra historia, que poco después iba a trascender desde la difusión porteña.
De acuerdo al libro de Barsky “se fue construyendo así una profunda relación de Gardel con el Uruguay, particularmente con Montevideo. ¿Qué significaba esta ciudad en la vida de Gardel? En primer lugar un rincón de esparcimiento y veraneo. Venía a charlar con sus amigos, a tomar mate interminablemente, a las tertulias inestimables del café Al Tupí Nambá que quedaba enfrente al Teatro Solís y a compartir la vida de los “ranchos” costeros de Buceo o Malvín, asegura Roberto Fontaina, autor uruguayo y gran amigo de Gardel. “Era muy afecto a la existencia despreocupada y alegre de los inolvidables ‘ranchos’ que estaban en la costa o en el Prado –continúa Fontaina–. Allí se mezclaba en fabulosas ‘canterolas’ con mandolinos, acordeones y guitarras”.
Gardel llegó a tener propiedades en Uruguay, aunque sus shows, ya como solista, se fueron espaciando.
Como bien precisa otro erudito del tango, Oscar del Priore (junto a Irene Amuchástegui en “Conjuro extraño”), “Carlos Gardel –más allá de los debates sobre el lugar de su nacimiento- era hijo de Buenos Aires. Y más precisamente del cuadrilátero que delinean las calles Corrientes, Córdoba Gallo y Pueyrredón alrededor del Mercado de Abasto. Ese territorio que en tiempos del Centenario vibraba en la efervescente vecindad de fondas, barracas, prostíbulos, comités, salones de baile y espectáculos, fue el barrio adoptivo de Carlitos, el de su escuela primaria y el de sus correrías adolescentes, donde encontró a los primeros oyentes entusiastas”.
Había nacido en Toulouse, pero era auténticamente porteño. Y de ese rincón se proyectó primero a todos los confines de nuestro país para, después, conquistar con su voz a España, Francia, Estados Unidos, nuestro continente entero. Hasta que la tragedia de Medellín derivó en el mito. Eterno.
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