Efectos secundarios de la pena de muerte
Todo (o casi) tiene un efecto secundario. En medicina existen los efectos adversos. En la guerra, el “fuego amigo”. En el ajuste, la pobreza. En la noche de fiesta, la resaca…
Entendida como el final de todo, se suponía hasta ahora, que la muerte no tenía efectos secundarios. Sin embargo, hasta la muerte más planificada sí los tiene. Y si se pregunta cuáles o cómo es eso posible, déjeme que le cuente el caso de Christa Pike, tan retorcido y sórdido que escapa al imaginario más truculento de un Stephen King recargado.
Y no es chiste. De principio a fin, la historia de Christa Pike tiene ingredientes miserables. Una niñez de abandono, padres alcohólicos y abuso sexual. Una adolescencia desquiciada, violenta y con fascinación por el ocultismo. Un cóctel que produjo un monstruo que mató con premeditación y alevosía.
A los 18 años, Pike junto a dos amigos torturó y asesinó a Colleen Slemmer de 19 años en una zona boscosa de Tennessee, en la noche del 13 de enero de 1995. De aquel matadero, Pike se guardó un trozo del cráneo de la víctima como souvenir.
A Colleen la encontraron destrozada al día siguiente. A Pike la detuvieron tres días después y el 22 de marzo de 1996, fue condenada a muerte por asesinato en primer grado. No fue recién hasta el pasado 25 de septiembre, 30 años más tarde, que Pike finalmente entró caminando a la sala de ejecuciones. Se despidió de este mundo. “Me voy con amor”, dijo. Pero no se fue.
Durante 90 minutos, el equipo de ejecución intentó y logró a duras penas inyectar no una sino dos dosis de pentobarbital que no hicieron su trabajo. Pike terminó en terapia intensiva, donde le quitaron las toxinas y le salvaron la vida. Estuvo en coma y conectada a un respirador durante una semana. Después se despertó, habló, caminó. Y volvió a prisión.
Nadie sobrevivió jamás a una dosis letal de pentobarbital, droga usada en la eutanasia de animales. No hay antecedentes. Hay vacío legal. En el impensado “efecto colateral” de la ejecución de Christa Pike, la confusión era tal que nadie sabía qué hacer. ¿Pedir ayuda al 911 era legal?
¿Qué sigue? Irónico sería que a Pike, a quien se buscó castigar con la muerte por asesinato, se le haya salvado la vida en una sala de hospital para matarla otra vez. Para evitar que los “efectos secundarios” se repitan, Donald Trump acaba de desempolvar del arcón de la Segunda Guerra Mundial, el pelotón de fusilamiento.
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