Malvinas: una declaración herética
Los argentinos no poseemos las Malvinas, que son nuestras, pero poseemos la causa Malvinas, que es más nuestra aún. La queremos y cultivamos, a la causa, la tenemos siempre presente, en los medios y los libros, en las calles y los grafitis, en el fútbol y otros deportes, en los cánticos, las camisetas, los tatuajes, los adhesivos de autos y colectivos. No la sufrimos, la disfrutamos.
Y hete aquí que un grupo de “intelectuales” (entre los que me cuento) se mete con ella. Vaya insolencia. Tanta que nos sentimos agredidos, como nos sentiríamos con quien mancilla la bandera, o difama a San Martín. ¿Son argentinos y dicen que la causa de Malvinas no es de ellos? Reza la causa que une a todos los argentinos, que es lo único que los une a todos. Por tanto, esos son “malos argentinos”, y tenemos el derecho a sentirnos agredidos por ellos. No nos es indiferente, sino insultante.
Pero, ese grupete de intelectuales, contesta: no es muy cívico sentirse agredidos por quien piensa diferente. Y nosotros somos disidentes de la causa. Básicamente, lo manifestamos en nuestra declaración “Malvinas y la disidencia”, emitida el 8 de octubre pasado, donde decimos tres cosas:
Que no estamos discutiendo aquí los derechos argentinos sobre las Malvinas, ni si los malvinenses pueden o no tener deseos ni si los recursos pueden ser o no explotados por los británicos. Sobre esos puntos tenemos entre nosotros criterios y percepciones distintas.
Pero esto, y en eso sí estamos de acuerdo entre nosotros, preferimos verlo como un diferendo, político y diplomático, de larga historia entre británicos y argentinos, y no como una causa nacional. Una causa nacional es una creencia fuerte, una convicción de tintes religiosos, en que a una nación le va la vida en su sostenimiento, en que es central y definidora de la identidad de un pueblo, es la sacralización colectiva de un territorio y de la sangre que se ha derramado en él, la consagración de un pasado, cuyo olvido es inadmisible, de un mandato que establece un futuro, la experimentación del vértigo ante el vacío en la imaginación de su inexistencia. Una causa lo abarca todo, no admite disensos relevantes en ninguna dimensión.
Y lamentamos, entonces, que lo que alguna vez era un diferendo de base territorial (como en tiempos de Rosas tanto como de Roca, de Alberdi tanto como de Yrigoyen) se haya ido convirtiendo en causa nacional, desde hace ya muchas décadas (mucho antes de que Javier Milei se embanderara de la cabeza a los pies en ella).
La “causa Malvinas”, a nuestro juicio, no nos hizo nada bien. Por varias razones:
Primero, porque alimentó nuestra pereza política, ya que, al tener una presencia masiva en nuestros componentes de identidad, nos ayudó demasiado a no preguntarnos por las alternativas. Eso da trabajo. ¿Por qué no hacer del patriotismo constitucional, del pluralismo, de la libertad, la igualdad de oportunidades, nuestros componentes identitarios?
Y segundo, porque nos llevó a hacer auténticos desastres: En el peor momento posible, ya que los lazos de hermandad con los malvinenses iban viento en popa, nos crispamos y salimos de quicio. Eso en los 60, en los 90… Nos perjudicó, paradójicamente, en el diferendo político diplomático varias veces. Nos obcecamos recurrentemente (en una competencia por el mérito de la “recuperación”) por la prisa y la certeza de que, forzando un poco las cosas, las Malvinas estaban al alcance de la mano.
Decidimos la ocupación de 1982, que desembocó en una guerra. Fue un acto criminal (y como tal los responsables directos fueron juzgados y considerados culpables).
La decisión de ocupar y violar el derecho internacional (procedimos unilateralmente en el curso de negociaciones), fue celebrada con júbilo embriagante por la inmensa mayoría de los argentinos, en una comunión con los dictadores de turno.
Actualmente, la guerra de 1982 es reivindicada como una acción heroica por una parte de los argentinos, que la ve incorporada a la causa Malvinas.
No estamos defendiendo – a nuestro juicio – los mejores intereses geopolíticos argentinos en el escenario del Atlántico Sur.
Nos exponemos a las manipulaciones de políticos oportunistas y a pésimas decisiones político diplomáticas, en virtud de la tentación de sacarle el jugo a la causa. Aunque el cálculo de rendimiento político sea equivocado, caer en este nacionalismo de ocasión es fácil. Y nuestra política exterior está en gran medida supeditada a la causa.
No nos gusta que nos metan donde no queremos estar. Y en resumidas cuentas, humildemente, consideramos que el que quiere seguir hablando de una causa nacional, lo haga, es asunto suyo. Pero esperamos que reconozca que no es una causa de todos los argentinos, muchos pensamos que no es una causa nacional. Las islas Malvinas son objeto de un diferendo serio; la causa Malvinas es, a nuestro entender, un problema, una obsesión, que empeora las cosas.
Queremos sentirnos en libertad y que los argentinos se enteren, de que hay una disidencia, y que los formadores de opinión se hagan cargo de que esta disidencia es parte de una Argentina plural y republicana, y la respeten. Porque simplemente tenemos diferentes modos de analizar y sentir los mejores intereses argentinos, ni unos ni otros somos ajenos a la comunidad política común que es la patria republicana. Ambos creemos con sinceridad, y respeto por los que piensan diferente.
Lo hemos dicho en la declaración reciente. La herejía es peligrosa. Pero solamente es considerada como tal donde la diferencia es inaceptable porque el pluralismo se identifica como agresión. No debería ser así en los modos de convivencia de los argentinos.
Recibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de Clarín