Ley de Tierras: cuando la pasión pasa por encima de la razón
Si en algo nos destacamos los argentinos es por nuestra vocación por dividirnos entre buenos y malos, al mejor estilo de Carl Schmitt. El criterio amigo-enemigo, planteado por Schmitt como una expresión de la necesidad de diferenciación, conlleva un sentido de afirmación de sí mismo (nosotros) frente al otro (ellos). Se evidencia, ello, en las pasiones asimétricas que desata el debate por la Ley de Tierras, en un teatro donde actúan todo tipo de improperios.
¿Importa alcanzar el punto óptimo? Claramente, no. Lo que importa es descalificar al otro, quien ya no es un oponente con quien se pueda negociar o debatir racionalmente, sino una amenaza existencial que debe ser neutralizada. Mientras tanto, el detractor se presenta como el salvador de la patria.
Si un individuo osa apelar a la razón o criticar al grupo al que pertenece, recibe inmediatamente un castigo por su traición o por mostrar debilidad frente al enemigo. El grupo toma decisiones impulsado por la gratificación inmediata, el enojo o el miedo, ignorando por completo las consecuencias. Esta mente grupal busca justificaciones constantes para retroalimentar su propia pasión, cuyo mayor desenfreno es promovido por un líder ávido de reconocimiento y necesitado de aplausos, aun cuando procedan de seres masificados. Lo curioso es que esa hostilidad hacia el extranjero se da en un país donde gran parte de los propietarios -chicos, medianos y grandes- de la tierra descienden, justamente, de abuelos inmigrantes que lograron hacerse de ella en pocas décadas.
Aquí es donde la retórica nacionalista recalcitrante opera con un sesgo cognitivo: se demoniza al "extranjero" actual cuando la realidad es que la estructura productiva y la propiedad de la tierra de gran parte de la burguesía agraria se forjaron gracias a la inmigración y a la inversión extranjera de los siglos XIX y XX. Existe, así, una profunda desconexión entre la memoria histórica del país y la pasión soberanista del debate presente. Según George Orwell, el nacionalismo constituye una obsesión por el poder unida al autoengaño, donde el miembro de la masa adquiere una notable capacidad para borrar los hechos de la realidad y de la historia si estos contradicen la mística de su facción.
Este progreso fue posible porque nuestra Constitución fue muy clara: “Los extranjeros gozan en el territorio de la Nación de todos los derechos civiles del ciudadano; pueden ejercer su industria, comercio y profesión; poseer bienes raíces, comprarlos y enajenarlos…”. No en balde, cuando la Constitución se aplicó debidamente, el país logró crecer a niveles envidiables.
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