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clarin.com · hace 23 horas · Clarin.com - Home

Secretos de Devoto, la cárcel que se va pero deja su sombra

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"La gloria o Devoto”, dijo Bilardo. Y quedó. El Cielo o el Infierno. Fue después de que tres jugadores de Estudiantes -Poletti, Manera y Aguirre Suárez- terminaran presos en la cárcel porteña tras una final perdida contra el Milan en la Bombonera que acabó a las trompadas.

Onganía usaba el penal para meter preso a quien quisiera por los edictos policiales, sin juicio ni derecho a la defensa.

Hacía 40 años que, en el imaginario popular, Devoto había dejado de ser un barrio para ser la cárcel, escenario cotidiano de los abismos humanos: asesinos célebres, motines sangrientos, hileras continuas de familiares en pena, fugas de película.

Devoto fue el destino de Sergio Schoklender, condenado tras matar a sus padres y escapar a caballo por los campos bonaerenses.

Intramuros, fue uno de los presos que fundaron el Centro Universitario y consiguieron visitas para el amor: conquistó a la psiquiatra que iba a evaluarlo al penal, antes de los Sueños Compartidos y de seducir -esta vez, en plan hijo- a Hebe de Bonafini, a quien Schoklender llamaba “mamá”.

Sergio Schoklender, frente a los tribunales de Comodoro Py.

En Devoto convivieron Vitette Sellanes (líder boquetero del golpe al Banco Río), el Concheto Alvarez, un joven de clase alta que terminó siendo asesino múltiple en Belgrano, y el baterista de Callejeros que asesinó a su mujer prendiéndole fuego.

Este preso apareció luego tocando la batería en San Telmo y así Clarín reveló la trama de Vatayón Militante, una agrupación kirchnerista que sacaba presos de las cárceles para llevarlos a actos políticos.

El año de su retiro como futbolista, 1978, Devoto había soportado la masacre del Pabellón Séptimo, un motín con 65 muertos y 85 heridos tras una quema de colchones durante una protesta en la que los presos murieron asfixiados, quemados o baleados.

Aunque nunca fue una cárcel de mujeres, allí hubo decenas de secuestradas, incluso con sus hijos.

También tuvo su paso Carlos Robledo Puch, el mayor asesino múltiple de la Argentina.

Carlos Robledo Puch, detenido en 1972.

El periodista Rodolfo Palacios cuenta que fue en Devoto cuando El Angel de la Muerte le gritó a su madre, un ama de casa que lo mandaba a estudiar piano: “¡Estoy acá por tu culpa!”.

La biblioteca de la cárcel estuvo a cargo de un preso que recomendaba libros de Química y se llamaba Arquímedes, patriarca de una familia acomodada de San Isidro que secuestraba y asesinaba a jóvenes empresarios amigos de sus hijos rugbiers. Los Puccio.

Arquímedes Puccio, en 1999.

Los libros de Química se suspendieron después de que el Gordo Valor -jefe de la superbanda que asaltaba bancos y blindados- los pidiera seguido para aprender sobre explosivos y tratar de volar uno de los gruesos paredones del penal.

No lo consiguió, pero al final se fugó descolgándose con sábanas anudadas desde 7 metros ante guardias distraídos y dos vecinas que lo filmaban en un video casero que aún puede encontrarse en YouTube.

La más mítica de las cárceles argentinas se desarma ahora con el traslado de presos a Marcos Paz y un epílogo de make up.

Si finalmente viene el Papa, encontrará a menos de 80 presos de los 1.500 que habitaban sus laberintos de rejas hasta la semana pasada. Un Penal con el espacio libre de un Palacio.

Ese rosario de pecados argentinos que sigue en pie: seis de cada 10 presos sin condena y procesos eternos en juzgados colapsados mientras la inseguridad muta y se multiplica.

Ya nadie roba bancos ni vende los buzones donde Robledo Puch arrojaba colillas encendidas, pero arrecian los delitos digitales, los secuestros virtuales con celulares que nunca saltan en las requisas porque las coimas superan a los sueldos, la cocaína rosa y el gatillo de motochorros que hacen pum en una esquina y apagan una vida como quien sopla una vela.

Seguirá, sólo que en otro lado, el mundo paralelo de castas donde la seguridad individual se negocia cada día en lealtades de acero o de papel.

Rincones de un país que aún hoy, incluso desde la cumbre de la política, parece a gusto en los espasmos del antagonismo que nos define. Cada día, la gloria o Devoto.

Héctor Gambini

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