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Gravitación y relevancia de América latina

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El Escudo de las Américas creado por Estados Unidos en marzo de 2026 y que cuenta con 15 miembros, refleja la centralidad que actualmente tiene América Latina para Washington. Ello expresa: a) el debilitamiento global de la estrategia de primacía desplegada (y desgastada) en el último cuarto de siglo; b) el intento de recuperar su esfera de influencia sin ninguna pretensión hegemónica sino mediante un designio de dominación; y c) el propósito de reducir, y eventualmente revertir, la proyección de poder e influencia de China.

En un comienzo, y en especial a partir de la Proclama Presidencial de la Casa Blanca del 7 de marzo, se asumió, con bastante ingenuidad y celeridad, que se trataba de un impreciso “compromiso para confrontar la actividad criminal de los cárteles” que contaría con algún criterio u opinión de la región.

Asimismo, no recibió atención el punto 4 de la Proclama: “Estados Unidos y sus aliados deben mantener a raya las amenazas externas; incluidas las influencias extranjeras perniciosas provenientes de fuera del hemisferio occidental”. Básicamente, el asunto primordial del Escudo es frenar a Beijing y excluirla de la región. Las drogas son la excusa.

Con el correr de los meses se hizo evidente el fracaso de la táctica de ejecuciones extrajudiciales de más de dos centenares de presuntos narco-lancheros emprendidas por el Comando Sur dado su fútil efecto sobre el emporio doméstico de las drogas, así como la creciente preeminencia del carácter anti-chino del Escudo. El 22 de septiembre eso se hizo patente. El comunicado del Departamento de Estado, que invoca la condición de ser una declaración de todos los adherentes, es inequívoco.

Se introduce un compromiso amplio con tres pilares: “la economía, la seguridad y la coordinación multilateral”. Se enfatizan cuestiones tales como mecanismos de inversión, suministro de minerales críticos, confiabilidad en infraestructura digital, coordinación de sanciones contra terroristas, acciones contra organizaciones criminales transnacionales, impulso a reformas de organizaciones multilaterales, e intercambio de inteligencia.

Y se añade la disposición de recurrir al TIAR para facilitar la “acción colectiva contra organizaciones narcoterroristas”. Así como el Consejo de Paz fue una creación de Estados Unidos, procurando dejar de lado a Naciones Unidas; el Escudo de las Américas es otra invención que hace lo mismo con relación a la ONU.

En realidad, el Escudo, que no constituye un tratado, es un instrumento político-diplomático para disciplinar y alinear a un número significativo de gobiernos de acuerdo con los intereses de Washington en su disputa contra Beijing. Es una iniciativa integral que no se modificará cualquiera sea el resultado de las elecciones legislativas de noviembre en Estados Unidos.

Cuenta con la anuencia, espontánea o forzada, de los países miembros; implica que, deliberada o irreflexivamente, los mandatarios latinoamericanos comprometidos resignan márgenes probables de autonomía; se implementa a bajo costo en materia de recursos oficiales de Washington; supone inversiones empresariales futuras en las naciones asociadas; y asume un repliegue, hasta el momento inexistente, de China.

En este contexto, cabe la pregunta: ¿cuál es la mayor importancia de América Latina para Estados Unidos hoy? Destaco una diferencia entre gravitación y relevancia regional que puede ayudar a captar la singularidad presente del área para Washington. Entiendo la gravitación como el peso de una región en áreas claves de las relaciones internacionales.

Por ejemplo, el total de la inversión anual en Investigación & Desarrollo de los 33 países de la región—unos US$ 64.000 millones de dólares—es menor a la de Taiwán que es de unos US$ 77.000 millones de dólares. A su vez, la participación de América Latina y el Caribe en las exportaciones mundiales es del 6%. Sintéticamente, la región carece de una gravitación apreciable en materia tecnológica y comercial; dos ámbitos esenciales en la política mundial.

Entiendo la relevancia como el lugar sobresaliente de una región en las relaciones internacionales. En esa dirección, Latinoamérica baña dos océanos, el Pacífico y el Atlántico; hospeda dos pasos marítimos como el Canal de Panamá y el Estrecho de Magallanes; tiene recursos vitales como energía, minerales, tierras raras, agua dulce, y alimentos; se proyecta en el polo Antártico; y es el mayor epicentro biodiverso del planeta.

Todo lo enumerado—mares, choke points, activos estratégicos, masa polar, y biodiversidad--se ha revalorizado en el marco del retorno de la geopolítica. Y Washington apunta al mayor control o influencia posibles en esos frentes pues la competencia de Beijing nada tiene que ver con la rivalidad de antaño contra Moscú. China se mueve de manera práctica; tiene capacidad económica y tecnológica; trae abundantes recursos; no genera vetos decisivos; y despierta admiración en distintos sectores.

Ante el despliegue del Escudo de las Américas—que epitomiza lo relevante de la región--, un número notable de países parece dispuesto, como lo fueron en los setenta los gobiernos autoritarios, a plegarse a Washington para defender, otra vez, a Occidente. Ahora bajo gobiernos electos, varios presidentes y las respectivas elites nacionales están dispuestos a consentir el dominio de un Estados Unidos que no está en la cúspide del poder y el prestigio mundial.

Juan Gabriel Tokatlian

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