← Volver
infobae.com · hace 14 horas · Marcelo Feliú

El principio de Nirvana

Infobae

Las cifras oficiales de suicidio obligan a que miremos más allá del drama individual. Sin desconocer su carácter singular y multicausal, también debemos preguntarnos qué dicen esas muertes sobre una época atravesada por la hiperexigencia, la incertidumbre, el debilitamiento de los vínculos y las dificultades para tramitar, transitar y procesar el sufrimiento.

Hay números que describen una realidad, y hay otros que, además, deberían obligarnos a preguntarnos qué está sucediendo. Tengamos presente que cada año mueren por suicidio aproximadamente 727.000 personas en el mundo. En 2021 fue la tercera causa de muerte entre quienes tenían entre 15 y 29 años y el 73 % de esas muertes se produjo en países de ingresos bajos y medianos (Organización Mundial de la Salud, 2025).

Pero hay otro dato que nos interpela especialmente: mientras las tasas de suicidio disminuyeron globalmente durante las últimas décadas, las Américas recorrieron un camino diferente. En 2021 murieron por esta causa alrededor de 100.760 personas en nuestra región y la tasa estandarizada alcanzó 9,2 por cada 100.000 habitantes, un 17 % superior a la registrada en 2000. Las Américas constituyen la única región de la Organización Mundial de la Salud en la que la tendencia aumentó durante ese período (Organización Panamericana de la Salud, 2025).

Argentina tampoco puede mirar hacia otro lado. Las estadísticas vitales de la Dirección de Estadísticas e Información en Salud (DEIS) registraron 2.865 suicidios en 2021, 3.221 en 2022, 3.488 en 2023 y 3.614 en 2024. Entre 2021 y 2024, entonces, las muertes registradas aumentaron aproximadamente un 26 %. No estamos frente a un crecimiento “exponencial” ni ante un fenómeno completamente desconocido en nuestra historia reciente, pero sí frente a una sucesión de aumentos anuales que debería preocuparnos. De las 3.614 muertes registradas en 2024, 787 correspondieron a jóvenes de entre 15 y 24 años y otras 955 a personas de entre 25 y 34: casi la mitad ocurrió entre los 15 y los 34 años (Dirección de Estadísticas e Información en Salud [DEIS], 2026).

Ya existe, además, una medición oficial más reciente. El Sistema Nacional de Información Criminal registró 5.209 suicidios en 2025, con una tasa de 11,8 cada 100.000 habitantes mayores de 5 años. En 2024, el mismo sistema había registrado 4.249, de modo que el aumento interanual fue del 22,6 % (Sistema Nacional de Información Criminal [SNIC], 2026). DEIS y SNIC se nutren de circuitos administrativos diferentes, por lo que no corresponde encadenar sus cifras como si integraran una única serie; para evaluar el salto de 2025, la comparación válida es SNIC contra SNIC. Hecha esa salvedad, el dato sigue siendo contundente: el último registro oficial disponible muestra un incremento nacional muy preocupante.

Las estadísticas no explican por qué alguien decide terminar con su vida, pero hacen imposible seguir considerando al suicidio solamente como una tragedia privada, es una pregunta dirigida también a la sociedad. En una columna anterior propusimos pensar a la salud mental como una vía regia para comprender algunos aspectos de nuestra realidad social, quizás pocas problemáticas nos obliguen a hacerlo tanto como ésta.

El suicidio constituye siempre un acontecimiento singular, ya que detrás de cada muerte existe una historia irrepetible y una combinación diferente de factores biológicos, psicológicos, vinculares, sociales y culturales. La propia OMS advierte expresamente contra cualquier explicación monocausal y señala que intervienen, entre otros factores, los trastornos mentales, los problemas económicos, los conflictos afectivos, el aislamiento, las enfermedades, los consumos problemáticos, la violencia, las pérdidas y diferentes acontecimientos vitales estresantes (OMS, 2025). Por eso sería un error afirmar que “la sociedad causa suicidios”, pero sería igualmente reduccionista sostener que la sociedad nada tiene que ver con ellos; cuando una experiencia estrictamente individual comienza a repetirse miles de veces y adquiere regularidad estadística, aparece una pregunta inevitable: ¿qué características tiene la sociedad en la que esos sujetos intentan vivir?

La evidencia científica permite formular esa pregunta sin abandonar el rigor, una revisión publicada en JAMA Psychiatry que reunió 46 metaanálisis encontró asociaciones entre distintos determinantes sociales y las conductas suicidas, entre ellos desempleo, divorcio, adversidades infantiles y otras situaciones de vulnerabilidad social (Na et al., 2025). Otra revisión de 49 revisiones sistemáticas y metaanálisis encontró evidencia -aunque de intensidad variable y que los propios autores califican como moderada en términos globales- sobre la relación entre mortalidad por suicidio y desempleo, inseguridad laboral, bajos ingresos, protección social insuficiente y adversidades durante la infancia (Gallagher et al., 2025). Un estudio sobre los países de las Américas entre 2000 y 2019 encontró, además, que el desempleo se asociaba con mayores tasas nacionales de mortalidad por suicidio tanto en varones como en mujeres (Lange et al., 2023).

El suicidio no puede explicarse por “la sociedad”, pero tampoco puede comprenderse completamente prescindiendo de ella. Quizás podamos pensar algunos padecimientos contemporáneos como expresiones de una suerte de implosión emocional; una sociedad puede exigir al individuo que sea productivo, exitoso, adaptable, atractivo, autónomo, competitivo, resiliente y, además, feliz. A esto se le suma que debe rendir más, alcanzar objetivos, mostrar resultados, responder rápidamente al deseo del otro, reinventarse cuando fracasa, construir vínculos, pero conservar independencia. Misión inacabable.

Adicionalmente, debe exponerse permanentemente a las vidas aparentemente exitosas -en sus redes sociales, por lo menos- de los demás y, al mismo tiempo, aceptar que muchas de las certezas sobre las que organizaba su propia existencia se han vuelto inestables (trabajo, ingresos, vivienda, pareja, familia, pertenencia, futuro, validación de los otros significativos). No es la inexistencia de alguna de estas exigencias en forma aislada lo que explica el suicidio, sería una simplificación irresponsable.

La pregunta es otra: ¿qué sucede cuando las exigencias que recaen sobre un sujeto comienzan a superar de manera persistente los recursos psíquicos, vinculares e institucionales con los que cuenta para procesarlas? El reciente informe epidemiológico de Región Sanitaria I ofrece una observación particularmente interesante desde Bahía Blanca. Los profesionales del Hospital Penna de Bahía Blanca describen una época atravesada simultáneamente por hiperconexión digital, aislamiento y debilitamiento del lazo social. Señalan también dificultades crecientes para tolerar la frustración, sostener la espera y transitar tiempos sociales que chocan contra la cultura de la urgencia y de la inmediatez. En nuestra región, agregan además el impacto de las catástrofes climáticas y las pérdidas sufridas durante los últimos años (Región Sanitaria I, 2026).

La observación merece detenerse, estamos hiperconectados y, sin embargo, podemos sentirnos profundamente solos; tenemos más posibilidades de comunicarnos y no necesariamente más posibilidades de ser escuchados; nunca tuvimos tanto acceso a las vidas ajenas y probablemente nunca estuvimos tan expuestos a compararnos con ellas; nunca recibimos tantas instrucciones acerca de cómo deberíamos vivir.

Y cuando el sujeto no consigue alcanzar aquello que cree que debería ser, el fracaso deja fácilmente de experimentarse como el resultado de determinadas circunstancias para convertirse en una definición sobre sí mismo: “El problema soy yo”.

Aquí puede resultar fértil recuperar una antigua categoría freudiana, siempre que no pretendamos convertirla en una explicación universal. Así, Freud denominó principio de Nirvana a la tendencia del aparato psíquico hacia la reducción de la excitación y la tensión, concepto que vinculó posteriormente con su elaboración de la pulsión de muerte.

No corresponde deducir de allí que el suicidio sea simplemente la expresión de una supuesta “pulsión de muerte”. La clínica y la evidencia contemporánea muestran una realidad infinitamente más compleja, pero el concepto puede ayudarnos a pensar algo: ¿Qué sucede cuando la tensión interna alcanza para un sujeto una intensidad que siente que ya no puede soportar?, ¿Qué ocurre cuando no logra imaginar una modificación posible de las circunstancias que producen ese sufrimiento? En algunas crisis suicidas, aquello que se busca puede no ser tanto la muerte como el fin de un dolor experimentado como intolerable, una tensión insoportable.

La OMS recuerda que muchas personas con ideas suicidas presentan ambivalencia entre vivir y morir y buscan fundamentalmente aliviar su sufrimiento. El apoyo oportuno puede modificar decisivamente ese momento (OMS, 2026), por lo que esta distinción es fundamental, ya que transforma nuestra comprensión del problema. Si el objetivo fuera inevitablemente la muerte, poco podría hacerse, pero si existe un sujeto que ya no encuentra otra alternativa para terminar con su dolor, entonces existe todavía algo sobre lo cual intervenir. El desafío consiste, entonces, en construir otra salida antes de que la desaparición aparezca como la única imaginable.

Lacan desarrolló otra categoría que puede ayudarnos a pensar algunas situaciones: el pasaje al acto. Tampoco aquí deberíamos establecer una equivalencia automática entre suicidio y pasaje al acto, no todo comportamiento suicida puede comprenderse mediante esa categoría, pero la idea permite interrogar determinados momentos en los cuales el sujeto deja de encontrar una mediación simbólica para aquello que le ocurre y se produce una salida abrupta de la escena.

El informe elaborado por los profesionales del Hospital Penna de la ciudad de Bahía Blanca describe precisamente situaciones en las que determinados padecimientos no consiguen encontrar un lugar en la palabra y terminan expresándose mediante el cuerpo o la acción. La intervención clínica procura entonces realizar el recorrido inverso: transformar aquello que aparece inicialmente como irrupción o acto en algo que pueda empezar a ser pensado, nombrado, simbolizado y elaborado. Es ahí donde tal vez exista una definición sencilla de una parte fundamental de la prevención: llegar antes de que aquello que todavía puede convertirse en palabra termine convirtiéndose en acto.

Pero la posibilidad de nombrarlo introduce algo que antes no existía: mediación, tiempo, escucha, otro ahí; una alternativa, una esperanza. Y esas presencias pueden resultar decisivas cuando alguien siente que ya no queda ninguna.

Los datos obligan también a mirar a las nuevas generaciones. Desde que el intento de suicidio se convirtió en un evento de notificación obligatoria en abril de 2023 y hasta octubre de 2025 se registraron 22.249 eventos en el Sistema Nacional de Vigilancia de la Salud. Las mayores tasas de notificación se observaron entre adolescentes y jóvenes de 15 a 24 años. El Ministerio de Salud aclara correctamente que el crecimiento de las notificaciones no puede interpretarse como un aumento equivalente de los intentos, porque durante esos años el sistema pasó progresivamente de ocho jurisdicciones notificantes a las 24 provincias del país (Ministerio de Salud de la Nación, 2025). Pero el perfil etario es igualmente inquietante.

En Región Sanitaria I, durante 2025, se notificaron 480 eventos correspondientes a 435 personas. El 61,4 % tenía entre 10 y 29 años, y la mediana de edad de las personas registradas descendió de 29 años en 2023 a 25 en 2025. El propio informe advierte que parte de ese desplazamiento también puede estar asociado a una mejor capacidad de detección del sistema, lo que obliga a interpretar prudentemente los datos.

Sin embargo, la prudencia estadística no debería anestesiar la pregunta: ¿qué mundo les estamos ofreciendo a nuestros jóvenes? No para culpabilizar a una generación adulta ni para idealizar tiempos anteriores, sino para interrogarnos sobre la combinación de expectativas, incertidumbres, exigencias, soledades y fragilidad de los vínculos con las que una persona debe construir hoy su identidad.

Una sociedad, una cultura dominante, que les dice permanentemente a los jóvenes que todo es posible puede resultar paradójicamente cruel cuando la experiencia cotidiana demuestra que no todo lo es, porque cuando todo debería depender de uno mismo, también cada fracaso parece convertirse en responsabilidad exclusivamente propia.

Los datos de Bahía Blanca introducen, sin embargo, una dimensión alentadora: las tendencias no son necesariamente inexorables. El informe municipal “Situación epidemiológica de los intentos de suicidio, mortalidad y gestión de las trayectorias de cuidado en el partido de Bahía Blanca - período 2025” informó una tasa local de suicidios consumados de 7,5 cada 100.000 habitantes, 2,5 puntos por debajo de los 10 casos cada 100.000 registrados en 2023. Durante 2025 se notificaron además 455 intentos correspondientes a 414 personas; el 66,8 % correspondió a mujeres y la mayor incidencia se concentró entre los 15 y 24 años (Municipalidad de Bahía Blanca, 2026). El contraste con la tasa nacional de 11,8 informada por el SNIC es destacable, subrayándose con mayor solidez estadística la evolución de Bahía Blanca respecto de sí misma: de 10 en 2023 a 7,5 en 2025.

Sería metodológicamente imprudente atribuir esa reducción a una única intervención pública, pero tampoco es irrelevante -sino todo lo contrario- que durante esos años la ciudad haya consolidado equipos territoriales, acciones preventivas y dispositivos de continuidad de cuidados como Red de Vidas. Si el suicidio es multicausal, también debe serlo su prevención. La experiencia local ofrece una señal valiosa para nuestra hipótesis: las estadísticas no son un destino inmodificable y la detección temprana, la escucha, el seguimiento después de la urgencia y la reconstrucción del lazo social pueden formar parte de una respuesta pública capaz de intervenir antes de que el sufrimiento encuentre en el acto su única salida imaginable.

Argentina, en efecto, no parte de cero: existe una Ley Nacional de Prevención del Suicidio, la notificación de los intentos se incorporó al sistema de vigilancia y funcionan diferentes programas nacionales, provinciales y municipales. En la Región Sanitaria I existen dispositivos preventivos, mesas intersectoriales y estrategias de continuidad del cuidado.

En ese marco, Red de Vidas procura que una persona atendida luego de un intento no desaparezca simplemente del sistema una vez superada la urgencia: contempla seguimiento, evaluación de factores protectores y reconstrucción de redes familiares, sociales y comunitarias. Reconocer lo existente no implica considerar suficiente la respuesta. Si los datos muestran una problemática persistente y con fuerte impacto entre adolescentes y jóvenes, la prevención no puede descansar solamente sobre las guardias hospitalarias cuando la crisis ya ocurrió.

Debe comenzar mucho antes, en la escuela, en la atención primaria, en los lugares de trabajo, en los clubes, en las universidades, en las redes comunitarias, en la formación de docentes y profesionales. En el aprendizaje de la capacidad de reconocer señales de sufrimiento y facilitar accesos rápidos a dispositivos de atención. Obviamente también en políticas públicas que reduzcan vulnerabilidades sociales que sabemos asociadas con mayor riesgo.

Por eso la prevención del suicidio no pertenece exclusivamente a los órganos de Salud. La propia OMS insiste en que requiere una estrategia multisectorial que involucre salud, educación, empleo, justicia, medios de comunicación y otros ámbitos sociales (OMS, 2025), porque cuando el sufrimiento se convierte en acto, el sistema llega tarde.

Hay algo profundamente incómodo en hablar de suicidio mediante números: 5.209 muertes registradas por el SNIC en 2025; 22.249 notificaciones de intentos acumuladas hasta octubre de ese año; 455 intentos notificados en Bahía Blanca durante 2025. Toda cifra corre el riesgo de borrar aquello que intenta mostrar. Detrás de cada número existió alguien, una historia, un vínculo, una familia, un sufrimiento que quizás durante algún tiempo permaneció invisible. Las estadísticas son imprescindibles para construir políticas públicas, pero deberían servir también para algo más: para formular preguntas.

Tal vez la salud mental sea efectivamente una vía regia para comprender una época, porque registra allí donde los discursos económicos, tecnológicos o políticos no siempre consiguen hacerlo para ver las consecuencias subjetivas de la manera en que vivimos.

El suicidio no es una radiografía transparente de una sociedad, no existe una relación simple entre determinada organización social y la decisión singular de una persona de morir. Pero tampoco son acontecimientos completamente independientes. Cuando miles de historias individuales comienzan a encontrar una forma común en las estadísticas, tenemos la obligación de mirar más allá de cada historia sin dejar de respetar su singularidad.

Quizás esas cifras no nos estén hablando solamente de quienes murieron, también pueden estar diciendo algo acerca de cómo estamos viviendo quienes permanecemos. Una sociedad no puede evitar todo sufrimiento, no puede eliminar la pérdida, la frustración, la enfermedad, el fracaso ni la muerte. Pero sí puede preguntarse qué recursos ofrece para atravesarlos. Puede construir o facilitar vínculos, puede garantizar atención, puede formar profesionales, puede detectar antes, puede acompañar significativamente después del intento fallido.

En definitiva, puede producir espacios donde el dolor encuentre una palabra y esa palabra encuentre a alguien dispuesto a escucharla, porque allí donde todavía existe una palabra existe también una posibilidad. Y frente al suicidio, quizás la tarea colectiva más urgente sea precisamente esa: conseguir que nadie tenga que llegar al acto porque antes no encontró dónde alojar su sufrimiento.

Del encuentro con Francisco a una red internacional para prevenir el narcotráfico