Milei mantiene tres ventajas para 2027, a pesar de todo
El nivel de actividad, el salario real, el empleo formal y el consumo siguen entre las deudas pendientes del modelo libertario. Pero Javier Milei avanza hacia el año electoral con tres ventajas competitivas. ¿Cómo es posible? Hay una respuesta obvia y es la falta de una oposición con chances de ganar, tanto en la dialoguista como en la más dura. Pero eso no es lo único que le juega a favor a Milei. Hay tres puntos que le dan ventaja, al menos por el momento, que en realidad son las piezas centrales del rompecabezas de esa oposición desflecada.
Primero, el dogmatismo de la narrativa económica de Milei de la que se deriva una propuesta clara para el votante. Este lunes, en una entrevista radial, Milei aprovechó incluso el anuncio del Premio Nobel de Economía para reforzar la legitimidad de su modelo económico: insistió con que lleva adelante una estabilización macroeconómica que integra componentes microeconómicos. Fue una respuesta política a la oposición, pero también a Patricia Bullrich, la insider de tono más opositor. Después del encuentro de dos horas y media con Bullrich el jueves pasado, el off the record se preocupó por filtrar una línea: “El modelo no se rompe”.
El segundo punto es la voluntad política férrea de su modelo personalista: la centralidad de Milei en La Libertad Avanza funciona como un escudo protector de los lineamientos de su gestión, algo que el kirchnerismo no puede mostrar, fragmentado por la disputa por la conducción política. “Tenemos una relación simbiótica con Toto Caputo; es literalmente simbiótica”, dijo Milei el lunes, en la entrevista de Radio Mitre con Eduardo Feinmann, para sintetizar la calidad de su vínculo con Luis Caputo y disipar las versiones sobre su apartamiento del Ministerio de Economía. Una especie de “Toto es Milei” que hace las dos cosas: ratificar el rumbo y dejar claro el peso de la autoridad presidencial a la hora de ordenar el poder libertario. En el kirchnerismo no queda nadie que esté en condiciones de pronunciar una afirmación con semejantes efectos, ni siquiera Cristina Kirchner.
Hay una tercera ventaja competitiva del mileísmo en el poder: un tiempo que le juega a favor a Milei. Comparado con la cantidad de años y de oportunidades de gobierno que tuvo el kirchnerismo, el aporte de Milei a la crisis estructural todavía está en discusión. ¿Tres años de gestión, o casi cuatro cuando llegue la hora de votar, le alcanzarán al votante para querer sacarse de encima ese modelo? ¿Se habrán agotado entonces las expectativas sobre Milei y habrá lugar para seguir sumando más años de experiencia kirchnerista? Con las opciones que ofrece el kirchnerismo hoy, el panorama se presenta dudoso.
Milei ofrece algo a los tiempos presentes que se ha vuelto una rareza: claridad y certezas en su visión del mundo justo cuando la época trae incertidumbre. Su principal ventaja competitiva frente al kirchnerismo y también al macrismo reside en la impertinencia con la que cree tener todas las respuestas sobre los problemas endémicos de la Argentina. Y eso a pesar de resultados magros en frentes clave de un plan económico que todavía no termina de arrancar.
Comparado con Kicillof o Massa, y otras terminales del peronismo-kirchnerismo obligadas a disimular sus cartas después de tantos años de fracaso económico, Milei todavía tiene margen para la certeza frente a la sociedad. Hay un mensaje que se preocupan por filtrar desde Casa Rosada y que Milei suele ratificar en público que va por ese lado: “No voy a entregar las ideas por el resultado electoral”.
Los economistas Robert Hall y Michael Woodford ganaron el Nobel de Economía por su trabajo sobre “los fundamentos microeconómicos de la estabilización macroeconómica”. Milei se apuró en inscribirse en esa saga. “Son modelos neokeynesianos que tienen microfundamentos. Por eso son neokeynesianos: los keynesianos modelo Ford T no incorporaban microfundamentos, no incorporaban restricciones de presupuesto”, interpretó ante la noticia del Nobel de Economía. Trazó un puente entre Milton Friedman y los neo keynesianos y se reservó un lugar para sí mismo: “Yo fui profesor de microeconomía durante veinticinco años. Si hay alguien que sabe de microeconomía, soy yo”, aclaró. Montado sobre el Nobel, Milei avanzó con la batalla cultural económica para desactivar a la oposición que cuestiona la falta de impacto del plan de estabilización mileísta en la industria, la construcción, el consumo y el metro cuadrado de la gente, pero también le habló tácitamente a Bullrich, que desde dentro del Gobierno presiona también con ese reclamo: una corrección neodesarrollista para el modelo Milei.
Con su análisis, Milei descarta la necesidad de una corrección de sesgo microeconómico: la microeconomía, asegura, ya está integrada en su modelo. “A usted mucho la micro no le gusta”, le planteó Feinmann. Milei avanzó con una negativa rotunda: “No es cierto. En lugar de hacer una macroeconomía berreta como hacen los economistas argentinos, yo hago equilibrio general intertemporal. O sea, miro todos los agentes, miro todos los mercados, tanto en el presente como en el futuro”.
Comparado con el macrismo residual y lo que fue Juntos por el Cambio, Milei sigue representando una vocación político económica férrea de sostener el núcleo duro de sus ideas a pesar de las demandas para relativizarlas. Un contraste con una presidencia de Pro que puso freno al cambio de paradigma político cultural y siguió alimentando el tamagotchi de las intermediación de los planes sociales y puso gradualismo en la baja del déficit.
En el presente, las propuestas económicas del macrismo no logran diferenciarse del mileísmo que las digirió hasta volver superflua esa opción política. Y sus banderas republicanas terminan replegándose ante la realpolitik de la defensa de la macro. En el kirchnerismo actual reina la incoherencia: en 2024, el kirchnerismo pasó por un atisbo de autocrítica por su apego al déficit y la inflación, cuando el ordenamiento macro y el crédito reactivaron la economía mileísta, pero hay regreso a viejas consignas en estos meses de desafíos para el Gobierno.
Le quedan a mano una serie de causas que terminan deshilachadas o estancadas: morosos, desdibujados; discapacidad, lo mismo; universidad, al alza con la marcha universitaria, pero estancada con la estrategia de apelaciones judiciales y el desapego para incumplir cautelares que el Gobierno exhibe sin pudor.
“Albertítere”. Así se refirió Milei a Alberto Fernández en la entrevista de este lunes. Un síntesis del defecto que acorrala al kirchnerismo, la falta de “conducción”, en lenguaje peronista, que ordene esa interna y consolide su propuesta económica. Ese problema de conducción no pesa sobre la gestión de Milei.
Por el momento, el modelo perokirchnerista se organiza en base al “no” al modelo Milei. Pero esa definición por la negativa no alcanza como horizonte claro ni hay confianza en que el eventual candidato presidencial de 2027 asegure una gestión que no se tupamarice. Está fresca la memoria del internismo durante la presidencia de los Fernández y de Sergio Massa con el punto culminante de Máximo Kichner y sus huestes votando en contra del acuerdo con el FMI en el Congreso mientras la oposición dialoguista le daba los votos salvadores.
El lunes mismo lo dejó claro Alberto Fernández en una entrevista: “Cristina era una vicepresidenta con un peso muy importante, sin duda, pero también se encontraba con un presidente que no compartía todas sus miradas. Si cada uno hubiera tenido el rol que tenía, hubiera sido más fácil. No le hizo caso a Cristina, no la escuchó a Cristina, decían. Si le hubiera hecho caso a lo que Cristina decía, capaz que estábamos muy mal. Si no hubiera hecho el acuerdo con el Fondo, tal vez todo habría volado por los aires”.
El kirchnerismo puede alinearse, eventualmente, para recuperar el poder, pero hay más dudas de que esa disciplina se sostenga en caso de ganar y gobernar. La experiencia de los Fernández-Fernández talla en la memoria presente.
Néstor Kirchner representó la recuperación de la autoridad presidencial respecto de la experiencia de Fernando De la Rúa y la Alianza. Ahora Milei representa lo mismo en relación a Alberto Fernández, pero también en relación a Macri, tironeado por sus socios dentro del Gobierno. El Milei outsider, sin estructura partidaria heredada que lo condicione, es la cobertura que ofrece para insistir con su línea editorial económica: el que se inventa a sí mismo de la nada tiene menos deudas con lo que viene de antes.
“Nadie cuestiona a Caputo porque es mi política”, afirmó el lunes Milei. Con la “simbiosis”, Milei eligió el atajo de la identidad extrema para confirmar el rumbo: en el Gobierno, no hay nadie más que Milei. Todos funcionan como clones de su ideario y de una conducción hiper centralizada. Por supuesto que todo puede salir mal: aquel “Adorni es Milei” de la elección de CABA en mayo 2025 mostró que el paso del tiempo puede ser implacable con las certezas políticas. Sobre todo, cuando se trata de la sobrevivencia de figuras políticas que pueden ser clave en un presente dado, pero que son fusibles al alcance de la lapicera cuando las crisis los tocan de cerca. En 2027, ¿Toto puede ser Adorni?
¿Con Milei se profundiza el encierro en el laberinto argentino o, finalmente, se logra salir por arriba? La misma pregunta aplicada al kirchnerismo se encuentra con una respuesta pesimista. Esa es la tercera ventaja mileísta.
A Milei le juega a favor un margen de duda sobre la eficacia de su plan económico que al kirchnerismo le juega en contra. En ese caso, todo depende de cómo se mida el paso del tiempo. La evaluación varía entre el “ya” y el “apenas”. Es decir, entre un balance negativo que dice que Milei lleva ya tres años y todavía no cumplió, y lo opuesto, un balance positivo que dice que Milei lleva apenas tres años. En ese caso, la demanda social le daría el margen de la pregunta con respuesta abierta hacia el futuro: si el kirchnerismo tuvo dieciséis años de gestión para demostrar la ineficacia de su modelo, por qué no darle a Milei algo más de tiempo.
Su gestión económica tiene problemas, pero en la larga historia de los problemas económico endémicos de la Argentina el aporte de sus tres años de Gobierno todavía representan una porción menor.
Con un macrismo asimilado dentro del cuerpo libertario y un kirchnerismo acéfalo y con un legado económico demasiado crítico que pesa en el memoria del electorado, Milei apuesta al futuro. Por supuesto que la intertemporalidad del equilibrio general de Milei con microeconomía embebida en el modelo requiere de otra intertemporalidad para sostenerse: la del apoyo electoral. Sin eso, la experiencia mileísta habrá sido simplemente un interregno caracterizado por su convencimiento extremo, pero con el mismo destino que los oficialismos de los últimos tiempos en la región, es decir, desplazados del poder por la calesita imparable de la demanda de un cambio que no sobrevive ni una presidencia.
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