Citas francesas
Ahora que la filosofía francesa parece estar extinguiéndose (quizás ya se extinguió y ni siquiera nos dimos cuenta) o sobrevive desvirtuada bajo el disfraz de los cultural studies en las universidades de Estados Unidos (especie de cóctel donde se mezcla todo sin gusto a nada); ahora que su pérdida de potencia es evidente, que ya no le importa a nadie; quizás entonces sea el tiempo de volver a releer alguno de esos textos. Al menos si pensamos a la literatura como una experiencia negativa, a la sintaxis como un campo de batalla, y al lenguaje no como un instrumento dócil sino como un amo impiadoso frente el que la escritura se revela en busca de su propio mito: el afuera (el lenguaje perforado).
Por supuesto, la mía (que no soy filósofo, o, como diría Pessoa que no soy nada) es una lectura lateral, excéntrica, incidental. El sentido se encuentra hilando cuentas, y la literatura –al menos la que a mi me interesa– es siempre un trabajo intelectual (la literatura se opone al anti intelectualismo que nos rodea). Recuerdo ahora una frase de Lyotard: “No puedo encender el fuego, no conozco la plegaria, ya no sé cómo encontrar el sitio en el bosque, ya ni siquiera sé contar la historia. Lo único que sé hacer es contar que ya no sé relatar esa historia. Y eso debería ser suficiente”. No se trata de declarar la imposibilidad de narrar, al contrario, es el elogio de la narración en su grado extremo: la novela contemporánea narra la imposibilidad de narrar, es la narración de su propia imposibilidad. Si la novela narra la imposibilidad de la narración es precisamente porque –ajena, distante u opuesta a esa hegemonía– introduce a la paradoja como su motor, al contrasentido como su modus operandi, a la ineficiencia como su ética, y al malestar como su forma de estar en el mundo.
Vuelvo a Lyotard: “Que Celan ‘después’ de Kafka, Joyce ‘después’ de Proust, Nono ‘después’ de Mahler, Beckett ‘después’ de Brecht, Rothko y Newman ‘después’ de Matisse, que los segundos, incapaces de ser los primeros, pero capaces por su incapacidad misma, que aquellos sean y hayan sido suficientes para dar un testimonio negativo de que la ‘plegaria’ es imposible y también la historia de la plegaria, pero que sigue siendo posible el testimonio de esta imposibilidad”. El testimonio es una acción de a dos. Alguien da (testimonio), otro recibe (el testimonio). ¿Ante quién testimonia la literatura en esta época? O dicho de otro modo: ¿qué Institución autoriza a la literatura? La literatura contemporánea es el testimonio del estado latente de la lengua en un momento dado. Quiero decir: la literatura es acto. Disuelve las jerarquías del sentido común, y luego se disuelve ella misma cada vez que alcanza a descubrir el secreto. El secreto nunca lo supe, y si lo supe, lo olvidé. Apenas recuerdo la consigna: transformar lo contingente en necesario.
Es hora de aludir a otro francés, la última cita por hoy, Jean-Luc Nancy: “¿Qué queda del arte? Quizás solamente un vestigio. Suponiendo que del arte no queda en efecto sino un vestigio –a la vez una huella evanescente y un fragmento casi inaprehensible-, ella misma podría ser apropiada para encaminarnos tras la huella del propio arte. O, al menos, de algo que le fuera esencial, si se puede formular la hipótesis de que aquello que queda, es también aquello que más resiste”.