Con la fuerza del amor, los pueblos vencen el hambre
“Quien no ha comido su pan con amargura no os conoce, celestiales poderes…” (Johann W. von Goethe, Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister, 1795).
“¡Fortalezcamos nuestro entusiasmo para remediar este escándalo! No nos detengamos pensando que el hambre es solo un problema que resolver. Es más: es un clamor que sube al cielo y que requiere la veloz respuesta de cada nación, de cada organismo internacional”, papa León XIV, hace justo un año en la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).
Nuestro pueblo y los demás pueblos del mundo solo serán felices por la fuerza del amor. La codicia de unos pocos, el ateísmo y la indiferencia ante el necesitado conducen a la pérdida del sentido de la vida, al vacío social y económico, a la miseria y a la condena de Dios. Por la vía de la fe y del amor reconstruiremos un pueblo culturalmente rico y económicamente satisfactorio.
“No hay que endiosar el progreso como si sin él no se pudiera vivir. Hay que tener en cuenta que lo primero es Dios y, junto a Dios, el hombre. Si un progreso aparta de Dios, mutila o atropella al hombre, no es verdadero progreso” (mons. Óscar Romero, Homilías, 5:521-22; 11/11/1979).
“Solamente el que tiene amor al prójimo sabrá poner por encima de todo a Dios y al hombre, que es la clave de toda civilización. No lo es tener grandes edificios, grandes campos de aviación, grandes carreteras, si por ellas no ha de pasar más que una minoría privilegiada y no el pueblo, con cuya sangre se hacen todas esas cosas” (autor citado, op. cit.).
El poder hegemónico del mercado y la incultura hacen que el hombre y la mujer vivan corriendo detrás del último avance tecnológico o de la última moda; detrás de la última ola publicitaria que nos empuja al consumo perdulario, al goce enfermizo de marcas, drogas, tóxicos y cosas superfluas: celulares, computadoras, automóviles. A diferencia de quienes saben vivir la vida como Dios manda y amar al prójimo.
Antes de comentar el último discurso del papa León XIV ante la FAO, hace justo un año, contestaremos la pregunta que sirve de subtítulo y cuya respuesta de Jesús es central en el Evangelio de San Lucas.
Para ponerlo en un aprieto —como era frecuente entre quienes no querían a Jesús—, un fariseo o doctor de la Ley le preguntó:
—Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu fuerza y con toda tu inteligencia, y a tu prójimo como a ti mismo.
Para el lector que tal vez no sepa qué es Jericó, el autor de esta nota acompañó al papa Francisco, como integrante de su comitiva, en la visita que hizo a Jerusalén entre el 24 y el 26 de mayo de 2014. Allí conoció parte del camino que une Jerusalén, a 800 metros sobre el nivel del mar, con Jericó, y también a un sacerdote con quien pudo conversar sobre esta historia.
Jericó está en la parte más baja de ese territorio. Con 258 metros bajo el nivel del mar, es una de las ciudades más antiguas pobladas y más bajas del mundo. Se encuentra en los valles del río Jordán. Jerusalén, en cambio, está en la parte más elevada de esa cordillera. El camino que une Jericó con Jerusalén es muy angosto, sinuoso y escarpado. En la antigüedad era transitado a pie o en burro y era conocido por su peligrosidad, ya que lo asolaban ladrones y gente de mal vivir.
Los pobladores de Samaría eran descendientes de naturales de Judea mezclados con palestinos, lo cual hacía que fueran considerados forasteros por los habitantes de Jerusalén.
Hecha esta aclaración, continuemos con la parábola de Jesús que relata Lucas (10:25-27):
Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y le salieron al paso unos ladrones, que lo despojaron y lo molieron a golpes, hasta dejarlo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote del Templo judío bajaba por el camino y, al verlo —no sabemos si por temor o indiferencia—, pasó al otro lado del camino. Nótese que se trataba de un camino muy angosto.
Igualmente, un levita, un sacerdote de segunda categoría o ayudante, también pasaba por allí y, al verlo, pasó al otro lado. Pero un samaritano, natural de Samaría, lo vio, se le acercó y “se le retorcieron las tripas”, según una traducción del texto original. Llegó hasta él, le vendó las heridas y las bañó con aceite y vino. Luego lo subió a su propia cabalgadura, lo llevó a la posada y lo cuidó.
Al día siguiente sacó dos denarios —monedas de plata, cada una equivalente al salario de una jornada de un trabajador o soldado— y se los dio al posadero. Le dijo:
¿Cuál de los tres se mostró prójimo del que había caído en manos de los ladrones?
(Versión de Valverde y Díaz, Los cuatro Evangelios, Madrid, Editorial Guadarrama, 1960).
Frente a quien está herido por la falta de comida, decía el Papa hace justo un año, el 16 de octubre de 2025, “es un problema a cuya solución todos debemos concurrir: agencias internacionales, gobiernos, instituciones públicas, ONG, entidades académicas y sociedad civil, sin olvidar a cada persona en particular, que ha de ver en el sufrimiento ajeno algo propio. Quien padece hambre no es un extraño. Es mi hermano y he de ayudarlo sin dilación alguna”.
Agregó que “es preciso movilizar toda energía disponible, en un espíritu de solidaridad, para que en el mundo no haya nadie al que le falte el alimento necesario, tanto en cantidad como en calidad. De esta manera, se acabará con una situación que niega la dignidad humana”.
“A cinco años del cumplimiento de la Agenda 2030, hemos de recordar con vehemencia que alcanzar el Hambre Cero solo será posible si existe una voluntad real para ello y no únicamente solemnes declaraciones”.
A continuación, el papa León XIV se preguntaba: “¿Dónde estamos en la acción contra la plaga que continúa flagelando atrozmente a una parte significativa de la humanidad?”.
“A pesar de los avances tecnológicos, científicos y productivos, 673 millones de personas en el mundo se van a la cama sin comer. Y otros 2.300 millones no pueden permitirse una alimentación adecuada desde el punto de vista nutricional”.
“Esto no es casualidad, sino la señal evidente de una insensibilidad imperante, de una economía sin alma, de un cuestionable modelo de desarrollo y de un sistema de distribución de recursos injusto e insostenible”.
Al final del mismo párrafo, el Papa agregó: “Permitir que millones de seres humanos vivan y mueran golpeados por el hambre es un fracaso colectivo, un extravío ético, una culpa histórica”.
En una alusión a lo que sucedió en la Franja de Gaza después del atentado terrorista de Hamás y de la invasión del Ejército israelí, hubo denuncias de observadores de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y de sacerdotes que se hallaban en la zona de conflicto por acciones que impedían la llegada de alimentos y agua potable a comunidades civiles ajenas al enfrentamiento bélico.
Esto llevó al papa León XIV a expresar, en la intervención que comentamos, lo que ya había advertido el papa Francisco: “Los conflictos actuales han hecho resurgir el uso de los alimentos como arma de guerra y parece alejarse más ese consenso expresado por los Estados que considera la inanición deliberada un crimen de guerra, como también el impedir intencionalmente el acceso a los alimentos a comunidades o pueblos enteros”.
“El derecho internacional humanitario prohíbe sin excepción atacar a civiles y bienes esenciales para la supervivencia. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas condenó unánimemente esta práctica, al reconocer la conexión entre conflictos armados e inseguridad alimentaria y estigmatizar el uso del hambre infligido a civiles como método de guerra”.
Afirma el papa León y agrega: “Contemplando el actual panorama mundial, tan penoso y desolador por los conflictos que lo afligen, da la impresión de que nos hemos convertido en testigos abúlicos de una violencia desgarradora, cuando, en realidad, las tragedias humanitarias tendrían que instarnos a ser artesanos de paz, munidos del bálsamo sanador que requieren las heridas abiertas en el corazón mismo de la humanidad”.
“¿Pueden los responsables políticos y sociales seguir polarizados, gastar tiempo y recursos en discusiones inútiles y virulentas, mientras aquellos a quienes deberían servir continúan olvidados y utilizados en aras de intereses partidistas?”.
Luego de exhortar a todos los dirigentes de los miembros de la FAO a “caminar juntos, en concordancia fraterna”, señaló que ese debe ser el principio rector que oriente las políticas y las inversiones para construir un futuro digno, en el cual la seguridad alimentaria se reafirme como un derecho y no como un privilegio.
Al mismo tiempo, exhortó a que, desde el multilateralismo, cada uno sea actor del escenario. “No limitarnos a proclamar valores. Encarnarlos. Los eslóganes no sacan de la miseria”.
“No basta con invocar la solidaridad: debemos garantizar la seguridad alimentaria, el acceso a los recursos y el desarrollo rural sostenible”.
“Quiero llamar la atención de este foro internacional sobre las multitudes que carecen de agua potable, alimentos, atención médica esencial, vivienda digna, trabajo digno y educación básica”.
No somos ajenos a ese escándalo. Nuestro país generó en la última década un millón y medio de familias con déficit alimentario. La clave de las políticas neoliberales consiste en privilegiar la acumulación de bienes de unos pocos a costa de recortar los ingresos y los recursos de las familias de las grandes mayorías.
En la Argentina, hoy se estima que más de 1,5 millones de hogares sufren inseguridad alimentaria severa, lo que significa que experimentan situaciones directas de hambre, reducción forzada de porciones o salteo de comidas por falta de recursos económicos.
Este fenómeno se mide a través de dos variables principales, actualizadas por los organismos oficiales y de investigación:
De acuerdo con el mapa de riesgo alimentario presentado por el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (ODSA-UCA):
Total de hogares afectados: cerca de 1.513.000 familias se encuentran bajo riesgo alimentario severo, lo que representa el 9,5% de los hogares del país. Esto implica un incremento estructural de más de 550.000 hogares nuevos en esta condición respecto de la década pasada.
Impacto por regiones: el riesgo se agrava en el norte del país, encabezado por Formosa, con 18,77%; Chaco, con 17,46%; y Santiago del Estero, con 17,4%. En las zonas rurales dispersas, la vulnerabilidad alcanza al 22,44% de las familias.
Por su parte, el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) utiliza la línea de indigencia para medir a los hogares cuyos ingresos ni siquiera alcanzan para comprar los alimentos mínimos para subsistir.
Total de hogares indigentes: en el último informe oficial, correspondiente al primer semestre de 2026, la indigencia afecta al 5,6% de los hogares, lo que equivale a unas 575.000 familias, alrededor de 2,2 millones de personas, únicamente dentro de los aglomerados urbanos medidos. Proyectada al total del país, la cifra de personas que no se alimentan lo suficiente bajo este criterio se eleva a más de 3,5 millones de argentinos.