Malvinas: lo que quedó escrito el 10 de octubre de 1832
Primero hubo que esperar. La goleta Sarandí había llegado a Malvinas después de poco más de una semana de navegación desde Buenos Aires, pero el mal tiempo demoró el desembarco. A bordo viajaba el sargento mayor Francisco Mestivier, que debía asumir como comandante militar y político. Al mando del buque estaba José María Pinedo.
El 10 de octubre de 1832, hace hoy 194 años, pudieron cumplir la misión. De lo ocurrido en Puerto Soledad quedó un acta.
Pude leerla. Tiene la escritura propia de los documentos destinados a dejar constancia: identifica a quienes intervienen, establece el origen de su autoridad y precisa qué se les encomienda. Sin proponérselo, también permite entrever una escena: un barco lejos de su puerto de partida, la tropa reunida, algunos habitantes del establecimiento y una ceremonia que el tiempo había obligado a postergar.
La Sarandí tenía 32 metros de eslora. Había sido construida en Baltimore para el comercio de esclavos y terminó incorporada a la escuadra argentina. Durante la guerra con Brasil, su velocidad había sido una de sus virtudes. Ahora llevaba hombres e instrucciones hacia un establecimiento remoto del Atlántico Sur.
Treinta y dos metros. Al leer el acta, vuelvo a esa medida. Imagino la travesía, la vida a bordo, la espera frente a una costa a la que todavía no podían bajar. El documento registra el acto oficial. El viaje que lo hizo posible queda, en buena parte, fuera de sus líneas.
Pinedo tenía 37 años. Se presenta como teniente coronel de Marina de la República Argentina y comandante de la goleta de guerra Sarandy. La grafía conserva esa «y» final, una pequeña distancia entre el idioma de aquel papel y el nuestro.
Cumple instrucciones del «Excelentísimo Gobierno de Buenos Ayres». Debe poner a Mestivier en posesión del mando del establecimiento de Malvinas, las islas adyacentes y la costa de Patagones hasta el cabo de Hornos y Tierra del Fuego.
Los nombres despliegan una geografía extensa. Escritos uno detrás de otro, caben en unas pocas líneas. Ejercer autoridad sobre esos territorios, sin puertos alternativos en la costa, exigía barcos, hombres, provisiones y semanas de navegación.
La ceremonia reúne a la tropa del destacamento, a algunos habitantes y a hombres de la goleta. Hay salvas de fusilería y cañonazos desde el buque. Mestivier presta juramento. Se compromete a defender y sostener «hasta el último trance» el pabellón de la República Argentina y a mantener aquel territorio como parte integrante de ella.
Pinedo y Mestivier firman el acta. Los acompañan otras seis firmas, entre ellas las de un médico y un aspirante. Parte de la tripulación era extranjera. En ese extremo del territorio, la autoridad argentina se ejercía también con hombres nacidos lejos de él.
Lo que conmueve al leer el documento es la precisión de sus acciones. Un gobierno imparte instrucciones. Un comandante las ejecuta. Otro recibe el mando y jura sostenerlo. Hay habitantes, una guarnición, testigos y una bandera. Todo queda registrado.
Pocos meses después, en enero de 1833, la ocupación británica desalojaría a las autoridades argentinas. El acta permite detenerse en el tiempo anterior: el de una comunidad sobre la que la República ejercía autoridad y en la que designaba a sus funcionarios.
Este 10 de octubre merece ser recordado por esa constancia. Hace 194 años, en Puerto Soledad, hubo una ceremonia, un juramento y ocho firmas. El documento que los conserva es un testimonio concreto del ejercicio de la soberanía argentina antes de la usurpación británica.