← Volver
infobae.com · hace 7 horas · Cynthia Cuculiansky

¿Qué tan preparada está mi empresa para competir?

Infobae

La economía real empieza cuando el contexto deja de explicar todo. El liderazgo real empieza exactamente en el mismo lugar.

Buena parte de la conversación empresaria supo estar dominada por la macroeconomía. Inflación, dólar, tasas, brecha, restricciones, financiamiento. Variables capaces de alterar precios, costos y decisiones de inversión, y hasta de confundir si una empresa estaba funcionando bien o simplemente lograba defenderse en un contexto extraordinario.

Economistas destacados, como Claudio Zuchovicki, vienen planteando que 2026 es el año de la economía real. Su lectura contiene una señal interesante para quienes conducen empresas: las finanzas empiezan a perder parte del protagonismo que tuvieron durante años y la conversación se desplaza desde el dólar y el riesgo país hacia cuestiones mucho más micro, como el crédito y la competitividad.

Hombre en camisa azul camina con una tableta por un pasillo entre estanterías metálicas con equipos informáticos y pantallas en un almacén.

Cuando baja el ruido macroeconómico, aumenta la responsabilidad microeconómica.

Y aparece una pregunta bastante más incómoda: ¿Qué tan buena es realmente mi empresa para competir?

Ya no alcanza con observar qué pasa con el dólar, la inflación o las tasas. Hay que mirar hacia adentro: productividad, propuesta de valor, costos, capital de trabajo, talento y velocidad de decisión.

Y entonces sí aparece la productividad. No como una palabra reservada a la planta o a un programa de eficiencia. Productividad empieza a mostrar qué tan bien una empresa transforma sus recursos en valor competitivo.

Manos con saco gris sobre un escritorio de madera sostienen un bolígrafo frente a un diagrama impreso y un engranaje metálico.

El dinero vuelve a tener que producir. El activo vuelve a tener que rendir. El stock vuelve a tener que rotar. La persona vuelve a tener que agregar capacidad. La estructura vuelve a tener que justificar su costo.

Y las decisiones del CEO también tienen que demostrar cómo contribuyen a transformar esos recursos en resultados sostenibles.

Dos compañías pueden enfrentar el mismo dólar, la misma inflación y las mismas tasas y producir resultados completamente diferentes.

Durante los últimos años empujamos mucho una idea sobre la estrategia: pensar estratégicamente requería alejarse de la operación. Tomar perspectiva. Mirar desde arriba. Evitar quedar capturado por la urgencia.

El resultado fue, en algunos casos, CEOs que conocen perfectamente el tablero y bastante menos el terreno.

El CEO tiene que conocer profundamente la operación. Saber cómo se construye el margen, dónde se inmoviliza capital, qué proceso consume tiempo, qué cliente agrega valor y dónde la tecnología realmente modifica productividad.

Ojo, esto tampoco significa operar. Significa conocer lo suficiente como para desafiar.

Un hombre con traje en una pasarela observa una maqueta con engranajes, cajas, cintas transportadoras y una escalera.

El perfil de administrador queda corto frente a este escenario. Administrar permite gestionar un sistema conocido. Competir exige cuestionarlo.

Hackear la operación implica elegir una palanca competitiva que queremos mover y entrar lo suficiente en el sistema que la produce como para cuestionar su lógica.

Frente a una caída de productividad, una organización puede pedir más productividad. Frente a exceso de stock, puede ordenar bajar stock.

Hackear exige otra pregunta: ¿Qué estructura, regla, secuencia o decisión está produciendo este resultado?

Porque muchas veces el problema visible es apenas la consecuencia de una arquitectura que perdió vigencia.

Por eso, hackear la operación obliga a cuestionar primero la lógica y después su eficiencia.

Una empresa puede pasar años optimizando una operación cuyo diseño ya perdió vigencia. Puede bajar el costo de una actividad que ya no agrega valor.

Y hay una capa más: hackear la operación tampoco implica esperar a que algo funcione mal.

También exige revisar lo que hoy funciona bien, porque una ventaja competitiva puede dejar de serlo mucho antes que en el pasado.

Lo que hoy diferencia, mañana puede ser estándar. Lo que hoy parece una fortaleza puede transformarse en rigidez si nadie vuelve a interrogarla.

Por eso una organización competitiva necesita cierta gimnasia para revisar sus propias ventajas antes de que el mercado las vuelva obsoletas.

Una operación competitiva no es solamente eficiente: es una operación que aprende rápido

Si la palanca es capital de trabajo, la pregunta no es solamente cómo bajar stock. Puede obligar a revisar por qué compramos de esa manera o qué condiciones comerciales sostienen ese inventario.

Si la palanca es velocidad, el problema puede estar en una arquitectura de decisiones que obliga a conseguir demasiadas aprobaciones antes de actuar.

Y ahí aparece otra dimensión de la competitividad: la velocidad de aprendizaje.

Una operación competitiva no es solamente eficiente. Es una operación que aprende rápido. Prueba, observa, corrige y vuelve a intervenir antes de que el mercado termine de moverse.

Una vez identificada la palanca competitiva, las alternativas tienen que pasar por un tamiz concreto: Impacto. Costo. Esfuerzo.

¿Qué cambio podría mover realmente el resultado? ¿Cuánto cuesta hacerlo? ¿Qué esfuerzo operativo y organizacional requiere?

Intervenir toda la empresa simultáneamente suele ser una manera bastante elegante de no intervenir nada en profundidad.

Texto en recuadro con el título Hackear la operación y una lista vertical de ocho pasos conectados por flechas hacia abajo sobre fondo claro.

La estrategia ya no puede mirar la operación desde el balcón. Tiene que elegir qué palanca competitiva mover y entrar lo suficiente como para hackear el sistema que la produce.

Hace más de 30 años, Ronald Heifetz convirtió justamente al balcón en una de las metáforas centrales del liderazgo adaptativo.

Quien lidera necesita tomar distancia para observar patrones que desde la acción no se ven. Pero también necesita crear las condiciones para que los equipos puedan enfrentar problemas nuevos, complejos y sin respuesta conocida.

Subir al balcón para entender. Bajar al terreno para desafiar. Y crear el contexto para que la organización encuentre respuestas nuevas.

Porque cuando el contexto deja de explicar todo, la empresa queda más expuesta a su propia capacidad de competir.

Michael Porter contra Paul Krugman: La competitividad en la era de los subsidios chinos