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lanacion.com.ar · hace 13 horas · Héctor M. Guyot

El país del orgullo y de la vergüenza

LA NACION

Desde hace un tiempo, el fútbol es motivo de alegría y orgullo en el país, pero también de vergüenza. Lo primero lo inspiran Lionel Messi y el equipo –jugadores y cuerpo técnico- que lo acompañó durante su etapa más gloriosa en la Selección, de la que se despidió el martes con un partido olvidable y una ceremonia mal organizada a la que salvó el sentimiento de gratitud que iba y venía de la cancha a las tribunas. La vergüenza corre por cuenta de la conducción de la AFA, con Claudio Tapia y Pablo Toviggino a la cabeza, investigados por corrupción en una serie de causas judiciales que, junto con rigurosas investigaciones periodísticas, dejaron al descubierto sus oscuros manejos de las cuentas de la institución, así como el nivel de lujo y riqueza en el que viven con toda desvergüenza. Pero la vergüenza crece cuando advertimos que en los poderes político y judicial tienen cómplices que, en lugar de velar por los derechos de la gente común, se confabulan para beneficiar a estos dirigentes allanándoles el camino hacia la impunidad. La elite se blinda y se ríe de una sociedad exhausta y empobrecida, que aun así llena las tribunas para despedir al ídolo. Orgullo y vergüenza, tan juntos, tan cerca. Los argentinos somos maestros en el arte de la disociación. Aunque, por lo visto en River el martes, la gente empieza a demostrar que es capaz de distinguir una cosa de la otra y aplicar, según corresponda, el aplauso o el abucheo.

¿Qué se puede decir de Messi que no se haya dicho ya? A mí lo que más me gusta de él es que el enorme talento que despliega dentro de la cancha no lo lleva a sentirse o mostrarse superior al resto de los mortales cuando está afuera. No estoy seguro de llamarlo humildad. Muchas veces el humilde es consciente de serlo y, aunque no se trate de una pose, esa sola consciencia ya empaña un poco la virtud. No pasa esto con Messi. Su disposición a ser uno más entre los otros parece innata. La lleva sin esfuerzo. Por eso, admiramos esa particular humildad de Messi tal como se admira la belleza de una mujer que anda por la vida ignorando que es legítima dueña de ese atributo. Lo que quiero decir es que no la ostenta como un mérito, acaso porque no lo es.

Ese sentirse uno más también se refleja en la cancha. Es verdad que en cierta medida el equipo jugaba para Messi, o al menos buscándolo siempre, en la certeza de que cuando la pelota está en sus pies las leyes de la física quedan en suspenso y lo impensado puede ocurrir. Sin embargo, también es cierto que Messi juega para los demás. Ha hecho cantidad de pases de gol –ahora los llaman asistencias- cuando él mismo, por la posición en la que estaba, podía haber intentado convertir.

Lo mejor y lo peor de nosotros. El orgullo es intenso, pero la vergüenza lo es más porque excede al fútbol

La falta de soberbia lo lleva a ser agradecido. Lo lindo de la ceremonia del martes, tras el partido con Benín, es que expresó su gratitud con palabras directas y espontáneas. Hacia sus padres, hacia sus compañeros, hacia la hinchada que lo sigue fiel. Yo esperaba que mencionara al otro Lionel. Con su nobleza y su templanza, Scaloni fue para mí otro factor fundamental en la conformación del espíritu de esta Selección. Al técnico, que escuchaba atento, se le escapó alguna lágrima mientras hablaba el diez. Esta emoción, que era la de Messi y sus compañeros, se sentía también en las tribunas. Soledad había instalado, con su voz y su presencia, el clima propicio para que el crack tomara el micrófono. Una vez más, desde el centro de la cancha, Messi volvió a generar esa suerte de comunión con los hinchas. Ya no con la pelota, sino con la palabra.

A Tapia no se lo vio. Se refugió en su palco de los cantos hostiles que bajaron de las gradas. De las acusaciones que le pesan por los manejos turbios de centenares de millones de dólares de la AFA se refugia en sus contactos en la Justicia. Son conocidas sus relaciones con el ministro del área, Juan Bautista Mahiques, y su padre, así como con magistrados de primera instancia y jueces de Cámara que deciden apelaciones y competencias. Joaquín Morales Solá detalló esas relaciones en su columna del domingo pasado. Anteayer, el juez federal de Campana, Adrián González Charvay, sobreseyó sin investigación previa a familiares de Toviggino, tesorero de la AFA, en una causa por lavado de dinero. Es el mismo juez que se quedó con la causa de la mansión de Pilar que escondía más de cincuenta autos de alta gama y que figura a nombre de presuntos testaferros, una jubilada y un monotrobutista.

Orgullo y vergüenza. Lo mejor y lo peor de nosotros en el mismo vaso. El orgullo es intenso, pero la vergüenza lo es todavía más porque excede en mucho al fútbol.

Son dos países conviviendo en uno. En esa comunidad que es el equipo de la Selección todos cuentan y son reconocidos. Allí la estrella sabe que el éxito, que va más allá del resultado, no depende solo de él, sino también de cada uno de sus compañeros, y sobre todo de la energía que sobreviene cuando esta convicción es compartida por todos. En una orquesta, cada familia de instrumentos –cuerdas, maderas, metales, percusión– aporta su parte, pero la sinfonía que recrean juntas cuando los músicos se comprometen con la partitura es algo más que la suma de ellas. En una buena orquesta, como en la selección de Messi y Scaloni, hay un sentido comunitario del que carece el país de la vergüenza, en el que los cínicos con poder se quieren quedar con todo y lo consiguen. A costa del resto, que sobrevive como puede, ignorado y no reconocido.

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