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infobae.com · hace 17 horas · Roberto Campos

Importancia y valor del laicismo para la cultura de la libertad

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El momento actual de la Argentina, signado por el auge de las ideas de la libertad en el marco del gobierno del presidente Javier Milei, es propicio para precisar algunos alcances por lo general no reconocidos respecto de la noción de libertad.

Lejos de su identificación con la ideología conservadora con que se confunde a menudo, el liberalismo concibe al individuo como un fin en sí mismo y jerarquiza el valor de sus derechos y sus capacidades reales y potenciales que son el resultado de su libertad fenomenalizada, una realidad antropológica que elevada a norma constituye una “ética mínima” basada en el efectivo respeto al prójimo y a las consecuencias de la acción humana.

Sus fundamentos inmanentes no exigen adhesiones metafísicas debatibles ad infinitum ni la obediencia a doctrinas sustentadas en última instancia en falacias de autoridad, sino el reconocimiento de un único límite en el principio de no agresión, entendida esta última como un daño identificable y sin causa de justificación contra otro ser humano.

La ética liberal se define además por la necesaria escisión entre el ámbito privado y el público —que distingue al individualismo del comunitarismo, génesis del intervencionismo colectivista—, anteponiendo al primero, lo que permite desenvolver de forma consistente el proyecto de vida propio y las relaciones de cooperación con los demás. La libertad individual implica para su vigencia derechos civiles y políticos —la vida, la libertad y la propiedad privada, y sus proyecciones particulares—, lo que incluye la potestad irrestricta de elegir, cambiar o abandonar cualquier conjunto de creencias sin sanción o persecución por parte del Estado o de terceros.

En términos históricos, el liberalismo nació de la necesidad de frenar la violencia ilegítima del poder absolutista, que invariablemente afecta la libertad por el hecho de desconocer sin remedio la suma de las acciones particulares en el tiempo y el espacio, lo que no puede sino frustrar sus pretensiones de coordinación social.

En este contexto, el proceso de secularización —que se define por la creciente separación del Estado de la religión y de las instituciones que la representan— se desarrolló en paralelo al liberalismo moderno y representa el reconocimiento de una condición inherente a la autonomía individual, sin que esta deba quedar supeditada a las creencias de los demás en el plano de lo trascendente.

En cambio, cuando el Estado abraza un credo oficial o le otorga preferencia a alguno en particular, convierte a los ciudadanos disidentes en ciudadanos subordinados, y recae sobre ellos el peso de un estigma. Por lo tanto, el laicismo es una garantía de la efectiva igualdad ante la ley.

El derecho en una sociedad libre no puede fundarse en misterios metafísicos ni textos sagrados, sino en razones impersonales y válidas intersubjetivamente que comienzan por el hecho evidente de que nadie quiere sufrir daños por parte de terceros contra su propia voluntad.

Por ello, la única función justificable del Estado liberal es garantizar la convivencia pacífica entre individuos con distintos proyectos de vida y no, por el contrario, intentar moldear a sus ciudadanos mediante el unívoco y autoritario perfeccionismo moral.

En este sentido, los partidos políticos que en cualquier caso representan las ideas de la libertad no deben dejar de receptar la pluralidad de voces que distingue a estas corrientes —“los liberales no somos manada”— y recordar que en los centros urbanos la gran mayoría del electorado valora especialmente los discursos que evitan el sectarismo y los dogmas deletéreos.

En efecto, el laicismo opera como un antídoto contra el monopolio de la verdad absoluta de cualquier grupo, sea confesional, ideológico o corporativo, por lo que salvaguarda a los ciudadanos frente al oprobio de los fundamentalismos.

Además, la libertad de culto se fortalece cuando el Estado es neutro en esta materia, lo que no impide que censure por razones de orden público las prácticas que promueven algunos sectores en contra del pleno ejercicio de los derechos individuales. Así, el laicismo no es enemigo de la fe, sino su mejor escudo protector frente a la injerencia estatal espuria en este terreno.

La discusión de derechos civiles, bioética o educación sin veto teológico fortalece la convivencia pacífica y el respeto, sin que pueda alegarse ofensa por el mero hecho de que otros no comparten creencias que pertenecen al ámbito de lo privado.

Cabe recordar que en la Argentina los procesos de mayor crecimiento y modernización del país sucedieron en contextos de creciente separación entre el Estado y la Iglesia Católica, desde las reformas del presidente Bernardino Rivadavia a comienzos del siglo XIX —que entre otros hitos permitió la creación de la Universidad de Buenos Aires—, hasta los diversos intentos por instaurar el divorcio vincular o los debates en torno a la legalización de la eutanasia, sin olvidar las reformas seculares del presidente Julio Argentino Roca hace casi un siglo y medio, que demasiados defensores de las ideas de la libertad que reivindican a Roca se empeñan en ignorar.

En el cuento “Los teólogos”, Jorge Luis Borges enseña que extremos opuestos como la ortodoxia y la herejía no hacen más que exacerbar rivalidades inútiles. Lo que hoy es catalogado como una herejía peligrosa, mañana puede volverse ortodoxia, y viceversa, debido a trivialidades del azar histórico; todo aquello bajo la presunta mirada de Dios. Una auténtica cultura de la libertad demanda reconsiderar distinciones como estas y sus fundamentos últimos.

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