El marmota en su día
Reviso mi columna de la semana pasada con el objeto de seguir tirando del hilo de ese carrete y me encuentro con algunas erratas y algún que otro anacoluto que se me saltearon en la revisión final previa al envío al editor. Eso suele ocurrir no por inepcia congénita de este columnista sino por un tema de administración de caracteres y espacio. Cada columna de esta sección tiene asignada una medida que rota de semana a semana y que se extiende entre los 2100 y los 4700 caracteres, pasando por los 2500 y los 3000 entre medio. Es como el día de la marmota, repetición (de la medida) con las variaciones prefijadas. Pues bien, un profesional, de esos que te escriben una columna de un tirón mientras se masajean la planta del pie con una pelotita de tenis, te escribe su columna acertando de antemano a la medida, ni un carácter de más ni uno de menos. Lo hacen como el maestro zen que, vendados los ojos, tensa el arco y dispara la flecha que acierta directo en el blanco y no se envanece (porque es Ello lo que acierta). Así son esos tipos, que detesto, porque en su lugar a veces llego agonizante y con la lengua afuera a los 2100 caracteres, y otras debo cortar como un bárbaro degollando a su enemigo cuando me paso de los 8000 y recién empezaba a abordar el asunto.
El caso es que llevo como quince años columniándome y jamás le emboqué de movida a la medida, lo que es curioso, además, porque, sometido a mi obsesión de exactitud, cada cinco segundos detengo el tipeo para contar los caracteres. Pero como lo que natura non da Salamanca non presta, finalmente debo realizar dos operaciones: la primera, cortar hasta ajustarme a la medida, y la segunda, examinar la versión para castrar repeticiones, circuncidar frases hechas, vasectomizar alusiones obscenas a las que soy tan propenso (si fuera presidente me las permitiría todas, ya que de continencia en el asunto últimamente venimos muy excusados). El problema es que, una vez emprendida, la tarea se demuestra infinita. No existe la corrección absoluta. Corrijas como corrijas, llegando a la locura y el vértigo en el examen, siempre hay algo que te queda torcido si no te salió justo y de primera.
Pues bien, esa columna mía de la semana pasada fue como una operación de columna verdadera, taché tanto y corregí tanto que fijé una parte y desacomodé el resto, que quedó todo torcido. Asì que hoy, cuando releí esa columna ya publicada, mi impresión fue del más puro y simple horror. Si un mono se pone a aporrear el órgano durante la eternidad, por simple arte combinatoria en algún momento ejecutará la Tocata y Fuga en Re Menor BWV 565 menor. ¡Pero ni sumando varias eternidades sucesivas yo habrìa podido cometer tal cantidad de errores! Y sin embargo lo había hecho. Respiré profundo, me dije: “¡Tu puedes, tú puedes!” la releí y tuve una revelación. Los errores, las erratas, eran el condimento de la columna, sus tesoros secretos. Después de todo, el estilo es el error y, como dijo un poeta, la imperfección es la cima.