La gloria y el expediente: Messi, Maradona y la metáfora de Franz Kafka
El martes, noventa mil personas lloraron en el Monumental por un hombre vivo. Lionel Messi jugó su último partido con la Selección ante Benín, un rival simpático pero poco memorable, en una noche que nadie va a olvidar. Se fue con 207 partidos, 125 goles, un Mundial y una carta escrita a mano dos días después de perder la final con España. Se fue cuando lo sintió, tal como quiso y con las palabras que eligió al final del partido.
A cuarenta kilómetros de ahí, en los tribunales de San Isidro, la figura del otro diez de nuestra historia seguía atrapado en un proceso. El juicio por la muerte de Diego Maradona llegó a la instancia de los alegatos. Siete profesionales de la salud están acusados de homicidio con dolo eventual. Es el segundo juicio, porque el primero se anuló cuando se supo que la jueza Julieta Makintach participaba de un documental sobre ella misma y su rol estelar en la causa. Diego muerto seguía sin poder salir del asedio de las cámaras.
Por estos días leo Diez versiones de Kafka, el ensayo de Maïa Hruska sobre los primeros traductores del escritor quizás más importante del siglo XX, entre ellos Borges. Su tesis es que nadie tradujo a Kafka por casualidad: cada uno puso en él algo propio y cada traductor pudo decir “Josef K. soy yo”. Leído esta semana, el libro me devolvió otra pregunta: qué parte de Kafka hay en nuestros dos inmensos 10.
Es tentador leer la semana como el choque de dos mundos. Uno es el de Maradona: el potrero, la gambeta, la trampa celebrada, la mano que se volvió gol y el gol que se volvió revancha nacional. El otro es el de Messi: la disciplina, la familia, el silencio, la humildad, el mérito sin estridencias. Son historias unidas por la luz y separadas naturalmente por su devenir. Pero lo que las une es más inquietante que lo que los separa. Los dos estuvieron solos en medio de una maquinaria que los rodeó, los usó y los idolatró.
Maradona podría ser Josef K. En El proceso, K. se despierta una mañana acusado de algo que nadie le explica, y pasa el resto de la novela perdido entre oficinas, abogados, intermediarios y gente que dice ayudarlo mientras lo hunde. Diego vivió así sus últimos años: entre representantes, médicos, apoderados, familiares enfrentados y negocios con su nombre. El país de Maradona lo perdonó todo, la cocaína, los hijos negados, la violencia, y lo convirtió en Dios. Y como a todo Dios, lo dejó solo. Terminó en una casa alquilada en Tigre, rodeado de gente y, según la querella, sin que nadie le apoyara un estetoscopio en el pecho en dos semanas. K. muere al final de la novela sin haber entendido de qué lo acusaban. A Diego, seis años después, lo sigue procesando otra burocracia, que discute peritos, autopsias y si a él le hubiera gustado que absolvieran a su médico. El proceso no terminó con su muerte: cambió de expediente.
Messi también estuvo en el laberinto. El país donde no pudo pagarse un tratamiento de crecimiento, casi no lo vio irse a los trece años. Después le reprochó no cantar el himno, sacarse una foto con Donald Trump, le exigió ser Maradona y tardó quince años en quererlo. También lo rodearon dirigentes, sponsors, una AFA que convirtió su adiós en un acto propio, y una paranoia nacional que lo obligó a usar el micrófono de su despedida para aclarar que no pasó nada raro en la final de la última Copa del Mundo.
Pero Messi hizo lo que Josef K. nunca pudo: quebró el proceso. En “Ante la ley”, la parábola que Kafka metió en su novela, un hombre espera toda la vida frente a una puerta custodiada sin animarse a cruzarla. Al morir se entera de que esa puerta era solo para él. Messi la cruzó. Escribió su carta, eligió su fecha y dijo sus palabras. No pidió permiso al guardián.
Maradona también tuvo su despedida del fútbol, en la Bombonera en 2001, y ahí pidió perdón a su manera: se equivocó, pagó, pero “la pelota no se mancha”. Esa fue la despedida del jugador. La otra, la del hombre, se le sigue negando.
Hruska dice que cada traductor encontró en Kafka a sí mismo. Quizás a los argentinos nos pase lo mismo con nuestros ídolos: los traducimos a nuestra imagen. En Maradona leemos al país que se pierde en sus propios pasillos. En Messi, al país que soñamos, el que alguna vez encuentra la salida.