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perfil.com · hace 18 horas · Daniel Link

Las Kafkas

Daniel Link

Cuando una noche me desperté en mitad del sueño con la mano derecha dormida pensé que empezaba mi carrera contra la muerte, mediada por sucesivos baipases. Fui a mi médica, claro, y le transferí mi angustia en vano. ¿Sos diestro? ¿Estás mucho tiempo ante la computadora? Soy un periférico más de mi macbook. Síndrome de túnel carpiano. Fui al traumatólogo, que ordenó una electromiografía (término desconocido, que encubre una serie de pinchazos y descargas eléctricas con los músculos, “ponele”, contractos).

Mientras espero el resultado, me compré una silla ergonómica nueva. Vi que había algunas cuya ergonomicidad venía certificada por el Conicet, lo que me inspiró una confianza ciega. De todas ellas, elegí una que me remitía al cuerpo vencido de un amado mío y de inmediato pagué la silla ergonómica Kafka. Cuando fui a retirarla pregunté la razón de ese nombre y nadie supo decirme nada. Un chico me dijo: “Era un filósofo”. Bueno, digamos. Pero le dije: “No, es un escritor en el que soy experto, al que adoro. Y te advierto que he comprado la silla sólo por el nombre” (está diseñada para más de nueve horas de conexión al teclado y para más de noventa kilos).

La Kafka es más bien fea y sosa (comparada con las sillas para gamers, llenas de colores fluo, de mallas elásticas y de chirimbolos). Debo decir que es cómoda, y siento que acompaña con fidelidad la curvatura de mi espalda.

Un chistoso al que le comenté mi adquisición me contestó: “Es un error de tipeo, era Kackza. Seguro viene en juego con la mesita Pergolini y la otomana Tinelli”. Lo bloqueé, nunca entendí de qué me hablaba, pero me sonó a falta de respeto. Un amigo me retrucó: “Yo necesito una Robert Walser”. Nadie parece tener ya ninguna sensibilidad para con las debilidades de las otras.

Antes de arrastrar mi silla por la calle Sarmiento, rumbo al garage donde tenía el auto, alcancé a tomar una fotografía de un cuadro que iluminaba el salón de ventas (más bien un depósito mal iluminado en el que se acumulaban sin ton ni son otros ejemplares sino kafkianos, al menos de la misma imaginación sedentaria. Busqué en vano un Odradek, no había ninguno.

El cuadro era, por supuesto, “El beso” de Gustav Klimt, lo que arrojaba dos certezas. Alguien tenía con el imperio austrohúngaro una relación intensa y, además, esa persona no era nazi. Ambas comprobaciones me reconfortaron y ahora me habilitan a reclinarme en mi Kafka como si fuera el regazo de un ser querido. Estoy buscando el punto de amor justo entre el respaldo y el arco de mi espalda. Cuando lo encuentre, olvídense de mi.

Alexandre de Moraes y Jair Bolsonaro 30082025