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clarin.com · hace 19 horas · Clarin.com - Home

Escuchar para cuidar: una clave para la salud mental adolescente

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Detrás de cada adolescente que siente ansiedad, angustia o tristeza hay una historia que necesita ser escuchada. En un tiempo en el que crecer implica enfrentar presiones familiares, escolares, sociales y digitales cada vez más complejas, hablar de salud mental no es hablar sólo de enfermedad: es hablar de bienestar, de vínculos, de participación y de las condiciones que permiten a cada chica y cada chico desarrollar su potencial.

Los datos muestran la magnitud del desafío. En el mundo, uno de cada siete adolescentes vive con un padecimiento mental y cerca de la mitad de los problemas de salud mental comienza antes de los 18 años. En Argentina, el 32% de las y los adolescentes manifiesta ansiedad; el 27%, angustia; y el 11%, sentimientos de depresión, según la Novena encuesta a hogares con chicas y chicos publicada en 2025 por UNICEF Argentina. Son números que hablan de experiencias concretas y de la necesidad de llegar antes, escuchar mejor y acompañar de manera sostenida.

Esta semana, UNICEF Argentina también presentó el Monitor “Suicidio adolescente”. El informe muestra que, entre 2014 y 2024, la tasa de suicidio en adolescentes de 10 a 19 años disminuyó alrededor de un 36%. Sin embargo, el suicidio continúa siendo una de las principales causas de muerte en la adolescencia y persisten diferencias por edad, sexo y territorio. Comprender estos datos, mejorar la información disponible y actuar antes de que el sufrimiento llegue a sus expresiones más graves es una tarea urgente.

La salud mental y el bienestar psicosocial se construyen desde los primeros años y a lo largo de la vida, en la interacción entre cada persona y sus entornos. No dependen únicamente de la atención sanitaria ni empiezan cuando aparece una crisis. Requieren apoyos adecuados en cada etapa y son esenciales para aprender, vincularse, afrontar dificultades, participar y proyectar el futuro. Por eso, promoverlos y protegerlos es una responsabilidad de las políticas públicas y también de la sociedad en su conjunto.

Las condiciones que protegen o ponen en riesgo el bienestar están presentes en la vida cotidiana. Una familia que escucha, una escuela donde sentirse parte, una persona adulta de confianza, una comunidad segura o un grupo de pares que acompaña pueden marcar diferencias decisivas. En sentido contrario, la violencia, la discriminación, el aislamiento y las desigualdades sociales pueden profundizar el malestar. Por eso, la salud mental adolescente no puede pensarse separada de los entornos donde chicas y chicos crecen, estudian, se relacionan y buscan ayuda.

La respuesta, entonces, debe ser multisectorial. Las familias, las escuelas, los servicios de salud y protección, las organizaciones sociales, las comunidades y los gobiernos tienen un rol que cumplir. Se trata de fortalecer factores protectores, acompañar a quienes cuidan, reducir el estigma, desarrollar capacidades y asegurar apoyos tempranos, accesibles y oportunos para quienes los necesitan.

Este año, el Día Mundial de la Salud Mental se presenta bajo el lema “Experiencias vividas escuchadas: voces reales, cambios reales”. La participación es un derecho y también una condición para diseñar mejores respuestas. Las y los adolescentes saben qué situaciones afectan su bienestar, qué barreras encuentran para pedir ayuda y qué cambios consideran necesarios. Escuchar sus voces no significa sólo abrir espacios de consulta: implica explicar sobre qué decisiones pueden incidir, tomar en cuenta sus perspectivas y darles devolución sobre los cambios generados a partir de sus aportes.

Invertir en salud mental adolescente es invertir en desarrollo. Significa fortalecer hogares que cuidan y escuchan, escuelas que promueven pertenencia, comunidades que habilitan la participación y políticas públicas que sitúan el bienestar en el centro. Cuando los apoyos llegan a tiempo y se sostienen, es posible prevenir sufrimientos, responder mejor ante las dificultades y ampliar las oportunidades para aprender, participar, ejercer derechos y construir un proyecto de vida.

Cuidar la salud mental adolescente es una responsabilidad compartida de toda la sociedad, cada quien desde su lugar. Escuchar a las y los adolescentes es uno de los primeros pasos para avanzar hacia una protección y una promoción del bienestar más efectivas. Cuando sus voces son tomadas en cuenta en las decisiones que les afectan, es posible construir políticas, programas y servicios más pertinentes, accesibles y cercanos a sus vidas.

María Elena Úbeda

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