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perfil.com · hace 6 horas · Pía Lobo*

La salud mental empieza mucho antes de que algo duela

Salud mental

En el Día Mundial de la Salud Mental, una pregunta necesaria: ¿por qué seguimos esperando a que aparezca una crisis para empezar a cuidarnos? Prevenir no significa evitar todo sufrimiento, sino construir recursos, detectar a tiempo y saber cuándo pedir ayuda.

En medicina estamos acostumbrados a intentar llegar antes; medimos la presión antes de un accidente cardiovascular, controlamos la glucemia antes de que aparezcan complicaciones, hablamos de alimentación, ejercicio y factores de riesgo mucho antes de que exista una enfermedad, sin embargo, cuando hablamos de salud mental, muchas veces llegamos después.

Después de meses sin dormir bien, después de que la ansiedad empezó a condicionar decisiones, después de que un adolescente dejó de querer ir al colegio, después de que alguien perdió interés por lo que antes disfrutaba o llegó a un nivel de agotamiento que ya no puede sostener, recién entonces aparece la pregunta: ¿qué está pasando?

Cada 10 de octubre, el Día Mundial de la Salud Mental vuelve a poner sobre la mesa la importancia de hablar de ansiedad, depresión, suicidio, acceso a tratamientos y disminución del estigma, todo eso sigue siendo necesario, pero quizás haya una conversación anterior que todavía nos debemos: la salud mental no empieza a existir cuando aparece un diagnóstico, se construye mucho antes.

Empieza, en parte, durante los primeros años de vida, cuando aprendemos algo tan elemental y complejo como reconocer lo que sentimos, calmarnos después de una frustración, confiar en otros, esperar, tolerar un límite y descubrir que una emoción intensa puede ser desagradable sin ser necesariamente peligrosa.

Una proporción importante de los problemas de salud mental que observamos en la vida adulta comienza a manifestarse en etapas tempranas"

La regulación emocional, por ejemplo, no aparece espontáneamente cuando cumplimos 18 años. Primero necesitamos de otros para calmarnos, ordenar lo que nos pasa y ponerle palabras. Con el tiempo, muchas de esas experiencias van convirtiéndose en recursos propios. Es por eso la infancia y la adolescencia importan tanto cuando pensamos en salud mental, aunque esta no sea una conversación exclusivamente sobre niños.

Una proporción importante de los problemas de salud mental que observamos en la vida adulta comienza a manifestarse en etapas tempranas. Eso no significa que el destino psicológico quede escrito en la infancia ni que cada dificultad de un niño anticipe un trastorno. Significa algo mucho más esperanzador: existen oportunidades para observar, acompañar e intervenir antes: cuidar antes de que todo se vuelva insoportable.

No toda tristeza es depresión, no toda preocupación es un trastorno de ansiedad"

Quizás una de las confusiones de nuestra época sea haber asociado salud mental con bienestar permanente, como si estar bien significara no sentir ansiedad, tristeza o frustración.

Una persona puede tener una buena salud mental y atravesar momentos profundamente dolorosos. Puede sufrir una separación, sentirse perdida frente a una decisión, angustiarse ante una enfermedad, tener miedo antes de un cambio importante o pasar una etapa de enorme incertidumbre.

Prevenir no puede significar eliminar cada emoción incómoda, en muchos casos significa lo contrario: desarrollar la capacidad de atravesarla.

Poder frustrarnos sin sentir que todo se derrumba, pedir ayuda cuando solos no alcanzamos, reconocer nuestros límites, mantener vínculos significativos, dormir, movernos, descansar. Tener momentos en los que no estemos produciendo, respondiendo o resolviendo algo, son recursos que parecen pequeños hasta que empiezan a faltar. Aparece una distinción fundamental: promover salud mental no es buscar diagnósticos en personas sanas.

Hay experiencias difíciles que forman parte de estar vivos y que necesitamos poder atravesar sin convertirlas inmediatamente en una enfermedad"

Hay experiencias difíciles que forman parte de estar vivos y que necesitamos poder atravesar sin convertirlas inmediatamente en una enfermedad.

Pero tampoco deberíamos caer en el extremo contrario, a veces aquello que comenzó como una preocupación empieza a ocupar varias horas del día, la tristeza se prolonga y la persona deja de disfrutar. El miedo limita actividades, el rendimiento cae, los vínculos se deterioran, la persona deja progresivamente de vivir como vivía.

Parte de cuidar la salud mental consiste justamente en aprender a reconocer esa diferencia: cuándo estamos atravesando un sufrimiento esperable y cuándo ese sufrimiento empieza a necesitar ayuda.

Un relevamiento reciente realizado en Argentina encontró que una parte de la población presenta riesgo de desarrollar un trastorno mental y mostró una mayor vulnerabilidad entre las personas más jóvenes. Los números importan porque permiten dimensionar el problema. Pero también deberían obligarnos a preguntarnos qué sucede antes de que una persona llegue a formar parte de esas estadísticas.

¿Qué señales aparecieron primero? ¿Cuánto tiempo transcurrió hasta que alguien las registró? ¿Cuánto sufrimiento se naturalizó? ¿Cuántas veces se pidió ayuda antes de recibirla?

La prevención en salud mental probablemente ocurra en muchos lugares al mismo tiempo. En una familia que advierte que algo cambió, en una escuela que no interpreta el aislamiento de un adolescente como desinterés, en una consulta médica donde, además de preguntar dónde duele, alguien pregunta cómo está viviendo y qué cosas dejó de hacer, en una persona que reconoce que hace tiempo no está bien y puede pedir ayuda antes de llegar al límite.

Por supuesto, nada de esto garantiza que alguien no vaya a desarrollar un trastorno mental.

La salud mental es mucho más compleja que una suma de buenos hábitos. Intervienen factores biológicos, genéticos, psicológicos, familiares y sociales. Una persona puede dormir bien, hacer ejercicio, tener vínculos amorosos y aun así desarrollar una depresión, un trastorno de ansiedad, un trastorno bipolar, un trastorno alimentario o cualquier otra condición que requiera tratamiento.

Necesitamos tratamientos adecuados cuando existe una enfermedad, detección temprana cuando aparecen señales de alarma y, mucho antes de todo eso, condiciones que favorezcan el desarrollo de recursos psicológicos que nos permitan transitar una vida que inevitablemente va a incluir pérdidas, incertidumbre, frustraciones y cambios.

El gran desafío en salud mental de los próximos años no sea solamente conseguir que más personas lleguen a tratamiento, sino que puedan pedir ayuda antes, que sepamos reconocer mejor las señales y que entendamos que cuidar nuestra mente no debería empezar el día en que dejamos de poder con nuestra vida.

Tal vez este 10 de octubre podamos empezar por cambiar la pregunta: en lugar de preguntarnos solamente qué hacemos cuando la salud mental se deteriora, preguntarnos también qué estamos haciendo, mucho antes, para ayudar a construirla.

Porque cuidar la salud mental no debería empezar cuando vivir se vuelve insoportable, debería formar parte de la manera en que aprendemos a vivir.

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