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perfil.com · hace 8 horas · Alicia Bañuelos*

Yann LeCun, un padrino que no tiene miedo

Yann LeCun dueño AMI Labs 07102026

Fortune cuenta, casi de pasada, una escena que vale más que toda la entrevista. Yann LeCun toma té en un café de SoHo con una periodista. Una mujer de la mesa de al lado, que no tiene idea de quién es ese señor, se entera de que es una eminencia de la inteligencia artificial y dispara a quemarropa: “¿Entonces la IA nos va a matar?”.

Así estamos: ya no hace falta que te presenten formalmente para preguntarte si se acaba el mundo. Presento al señor del té.

Francés, integrante del trío al que llaman los “padrinos de la IA”, un mote con aire mafioso que no resulta tan desacertado. En 2018 se repartió con Geoffrey Hinton y Yoshua Bengio el Premio Turing, el Nobel de la informática, por las redes neuronales profundas sobre las que descansa todo este boom. Hinton y Bengio se dedicaron a anunciar lo peor.

LeCun, en cambio, es el padrino que se queda en la mesa pidiendo el postre. Pasó doce años en Meta, siete como científico jefe, y se fue a levantar AMI Labs, con sede en París, para construir “modelos de mundo” que, según él, terminarán reemplazando a los modelos de lenguaje. Además de padrino, claro, es competidor.

Con esas credenciales, dijo que no le preocupa “para nada” la extinción de la especie y que tiene “cero” preocupaciones por los episodios recientes de agentes rebeldes. Sobre el caso más sonado, los agentes de OpenAI que hackearon a Hugging Face en julio, su diagnóstico fue quirúrgico: hicieron exactamente lo que se les pidió, y los sandboxes (entornos de prueba aislados) “tenían filtraciones y estaban horriblemente diseñados”.

Scott Bessent, quien dijo en CNBC que el hackeo fue 'responsabilidad de la gerencia de OpenAI', no de “'un grupo de agentes'”

Traduzco: no despertó Skynet (la IA de Terminator), hubo un error de configuración. Es la tesis más tranquilizadora y humillante a la vez: si el fin del mundo llega, va a ser por una falla en la plomería.

Y acá viene lo mejor. LeCun, que se pasa la vida en redes disparando contra el gobierno de Trump por sus tijeretazos a la ciencia, termina en la misma vereda que el secretario del Tesoro, Scott Bessent, quien dijo en CNBC que el hackeo fue “responsabilidad de la gerencia de OpenAI”, no de “un grupo de agentes”.

Mismo diagnóstico, conclusión opuesta: LeCun deduce que no hay de qué asustarse y Bessent, que las empresas deben responder. Por otra parte, Trump firmó un decreto que rebautiza la IA como “superinteligencia”, porque si algo da miedo, nada mejor que inflarle el nombre y venderlo como triunfo nacional. En septiembre, el “Departamento de Guerra” tuiteaba: “Americanismo, no altruismo eficaz”. Hay que reconocer la gimnasia retórica: convertir el pavor a una red neuronal en una gesta patriótica no se le ocurre a cualquiera.

El altruismo eficaz (EA), para quien no haya seguido la saga, es esa corriente nacida en Oxford que empezó calculando cuántos mosquiteros contra la malaria compraba cada dólar y terminó obsesionada con la rebelión de las máquinas. LeCun lo tacha de “súper tóxico” y de “un desastre completo”.

A Dario Amodei, director ejecutivo de Anthropic, lo acusa de estar “totalmente metido”, con un argumento digno de culebrón: Daniela Amodei, hermana de Dario y presidenta de la compañía, está casada con Holden Karnofsky, cofundador de Open Philanthropy, una fundación filantrópica afín al EA.

Amodei, que niega ser adepto, queda con un cuñado incómodamente influyente. LeCun lo llamó “delirante”, después “loco” y, en el mismo suspiro, “honesto”.

Primero se siembra el pánico, después se le pide al Congreso que intervenga, y esas leyes terminan asfixiando a las startups chicas y al código abierto"

Es el diagnóstico más demoledor que un académico le puede dedicar a un rival: honesto, chiflado y en la antesala de sacar su empresa a la bolsa. Un delirante honesto es el operador más peligroso del mercado, porque vende el peligro convencido de que es una cruzada, y la convicción y el negocio no se excluyen.

La tesis de LeCun es que repetir que “la IA puede matarnos a todos” es “la peor campaña de marketing que se pueda imaginar”, pero su sospecha de fondo es más terrenal: la captura regulatoria.

Primero se siembra el pánico, después se le pide al Congreso que intervenga, y esas leyes terminan asfixiando a las startups chicas y al código abierto. Te vendo el miedo, te vendo el cinturón de seguridad y, de paso, me quedo con la fábrica de cinturones. Es una acusación pesada y plausible, pero obliga a mirarlo a él con el mismo cinismo.

Porque tampoco conviene santificar al padrino del postre. LeCun no opina desde un atrio de pureza desinteresada. Su propia criatura, AMI Labs, promete su primer producto “pronto”, y quizás incluya modelos abiertos, justo los que él defiende que no hay que regular.

En esta mesa nadie come gratis: unos facturan salvación ante el cataclismo y el otro factura que no hay de qué salvarse. Y en el fondo coinciden en una verdad incómoda: nadie sabe qué va a pasar.

Fortune cierra con una frase suya: “la IA no se terminó”. Suena a alivio o a advertencia, según de qué lado del mostrador te sientas. La señora del café, mientras tanto, quiero creer que volvió a su pantalla. Sería la única persona cuerda: ante la duda de si se acaba el mundo, mejor terminar el trabajo primero. *Dra. en Ciencias Físicas, Ministra de Ciencia y Tecnología de San Luis y Rectora de la Universidad de La Punta (2015-2023), Pres. Fundación Naos

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