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infobae.com · hace 16 horas · Rodrigo Rodríguez Tornquist

¿Y si pasa?: diez minutos para aprender a cuidarnos

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Hagamos una prueba: esta noche, durante la cena, imaginemos por un momento que se corta la luz y no vuelve hasta mañana. Los celulares se quedan sin batería. Internet no funciona. Hace mucho calor. O hay una tormenta fuerte y algunas calles se empiezan a inundar. Nada extraordinario. Nada que no pueda ocurrir. Ahora, hagámonos una pregunta: ¿sabemos qué hacer? ¿Saben nuestros hijos y personas queridas dónde encontrarnos si no pueden comunicarse con nosotros? ¿Tenemos agua en casa? ¿Una linterna que funcione? ¿Sabemos dónde están los medicamentos importantes? ¿Tenemos algún familiar que dependa de un medicamento que necesita refrigeración? ¿Sabemos qué vecino vive solo y podría necesitar ayuda?

Se trata de empezar a conversar de manera incómoda, pero necesaria para un mundo que exige estar mejor preparados.

Estamos viviendo una época de enorme transformación e incertidumbre. El cambio climático está aumentando los riesgos de eventos extremos. Y la temporada que comienza con un fenómeno potente como El Niño muestra que estos riesgos se están haciendo palpables. A eso se suman sistemas urbanos cada vez más complejos e interdependientes, tensiones geopolíticas y nuevas vulnerabilidades tecnológicas.

No hace falta imaginar escenarios apocalípticos, sino observar lo que ya sucede.

En marzo de 2025, la Comisión Europea presentó su estrategia de preparación ante crisis y planteó, entre otras medidas, promover que la población pueda sostener sus necesidades esenciales durante al menos 72 horas frente a una emergencia. También propuso fortalecer protocolos, ejercicios y simulacros. En Argentina, la Agencia Federal de Emergencias (AFE) está iniciando comunicaciones para prepararse ante contingencias.

La idea detrás de esto es que una sociedad resiliente no se construye solamente con mejores Estados, hospitales, bomberos o infraestructura. También necesita ciudadanos, familias, organizaciones y comunidades que sepan qué hacer.

¿Y nosotros? Los argentinos tenemos una enorme capacidad para reaccionar frente a una emergencia. Nos organizamos, ayudamos, improvisamos soluciones. Somos un pueblo culturalmente solidario. Quizás nuestro próximo desafío sea incorporar también la cultura de la prevención.

Prepararnos no significa construir un búnker ni llenar la casa de provisiones. Puede empezar con una conversación de diez minutos.

Si durante varias horas se cortan las comunicaciones o hay un evento extremo, ¿sabemos qué hacer? ¿Tenemos un punto de encuentro? ¿Hay una persona de referencia? ¿Sabemos quién busca a quién y dónde?

No necesitamos un sofisticado protocolo de emergencia, sino un acuerdo operativo.

Agua. Algunos alimentos. Una linterna. Baterías. Medicamentos indispensables. Una batería externa cargada. Todos sabemos qué es lo necesario que tenemos que tener a mano.

No se trata de acumular. Se trata de revisar tranquilamente qué cosas básicas necesitaríamos si durante uno, dos o tres días algunos servicios habituales no estuvieran disponibles.

¿Qué hacemos frente a una tormenta severa? ¿Y frente a una ola de calor? ¿Dónde cortamos la electricidad o el gas si fuera necesario? ¿Qué hacemos si se inunda nuestra calle? ¿Cuál es el lugar más seguro de nuestra casa?

Muchas veces existen recomendaciones oficiales. El problema es que las buscamos cuando el problema ya empezó.

Prepararnos también es cuidar a los demás. En una cuadra cualquiera, hay chicos, personas mayores que viven solas, personas con discapacidad, electrodependientes o personas que necesitan medicamentos que requieren cadena de frío. ¿Sabemos quiénes son?

El sociólogo Eric Klinenberg desarrolló un concepto particularmente valioso para pensar estos desafíos: la infraestructura social. Son los espacios, instituciones, relaciones y redes que permiten que las personas se encuentren, se conozcan y construyan vínculos.

Porque la resiliencia de una comunidad no depende solamente de la infraestructura física. También depende de algo mucho más elemental: que alguien sepa que existimos y golpee nuestra puerta para saber si estamos bien o tenemos una necesidad.

Tal vez, prepararnos pueda ser también conocer un poco más a nuestros vecinos. Tener el contacto de quien vive al lado. Saber que una persona mayor está sola. Preguntar quién podría necesitar ayuda frente a un corte prolongado de electricidad. Acordar quién puede acercarse a verla.

La propuesta es muy sencilla. Este fin de semana, en algún momento, sentémonos diez minutos con nuestra familia. Sin miedo. Sin dramatismo. Sin teléfonos.

Hagámonos estas cuatro preguntas: ¿cómo nos encontramos? ¿Tenemos lo básico? ¿Sabemos qué hacer? ¿Sabemos quién puede necesitarnos?

Probablemente descubramos que no tenemos todas las respuestas. No importa. Ese es precisamente el comienzo.

Después, podemos hacer el mismo ejercicio en nuestro edificio, nuestro barrio, la escuela de nuestros hijos, nuestra empresa o nuestra organización.

Porque quizás prepararnos para un mundo más incierto no consista en adivinar qué va a suceder.

Es algo mucho más simple y mucho más humano. Saber qué hacer, saber dónde encontrarnos y saber que, si algo pasa, vamos a cuidarnos entre todos.

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