Alemania, 30 días después: qué cambió desde el terremoto de Alice Weidel
Hace exactamente treinta días Alemania se despertó con un resultado que merecía algo más que reuniones de comité, declaraciones solemnes y caras largas.
AfD había obtenido 43,8% en Sajonia-Anhalt. La CDU, 17,2%. Ulrich Siegmund quedó apenas tres bancas por debajo de la mayoría absoluta.
Friedrich Merz dijo estar profundamente conmocionado. Markus Söder, jefe de la CSU bávara, habló de un “golpe en la boca del estómago”.
Tenía razón en lo del golpe. Lo que Berlín no parece haber entendido es que el estómago no era el órgano que debía reaccionar.
Treinta días después, INSA coloca a AfD en 30,5% nacional y CDU/CSU en 17,5%. El 5 de septiembre estaban 28% y 20%. La brecha pasó de ocho a trece puntos.
Infratest dimap es menos extremo —27% contra 20%— pero cuenta la misma historia. Y hay algo peor para Merz: sólo 10% está satisfecho con su gestión y 88% insatisfecho, mínimo histórico del DeutschlandTrend.
Casi nueve de cada diez alemanes miran la situación del país con preocupación. Tres de cada cuatro dicen sentir sobre todo las cargas de las decisiones gubernamentales y no sus beneficios.
Ahí está la clave. Alemania no se volvió súbitamente ultraderechista el 6 de septiembre. Se está quebrando la confianza en que el sistema tradicional pueda producir resultados.
Y mientras tanto Alice sonríe. No necesita hacer demasiado: sus adversarios colaboran.
Dos semanas después llegó Mecklenburg-Vorpommern. AfD volvió a ganar: 38,2%. CDU obtuvo 4,9% y, por primera vez, quedó fuera de un Parlamento regional.
Quizás alguien en la Cancillería debería explicarle que repetir una respuesta esperando un resultado diferente no constituye exactamente una estrategia.
Söder parece haber olido mejor el problema: a un tortazo político por derecha se le responde con otro más fuerte, no con una comisión que entregue sus conclusiones el año próximo.
Y hoy apareció otra imagen incómoda. Tobias Rausch, de AfD, fue elegido presidente del Parlamento de Sajonia-Anhalt con 48 votos. AfD tiene 39 diputados y los cinco legisladores de BSW habían anunciado su apoyo.
Weidel también entendió que para llegar al poder no basta con protestar: hay que parecer capaz de gobernar.
Un documento estratégico conocido esta semana propone dejar la salida del euro para después: primero renegociar Europa, recuperar competencias nacionales y obtener opt-outs. Si eso fracasa, recién entonces habrá un referéndum.
Después de años amenazando con abandonar el club, Alice parece haber descubierto algo elemental: quizá resulte más rentable quedarse con el edificio y cambiar el reglamento.
Con Rusia necesita menos sutilezas. Dirigentes de AfD preparan para 2027 una eventual reunión de Weidel y Tino Chrupalla con Kirill Dmitriev, enviado económico de Vladimir Putin, para discutir el retorno del gas ruso si antes existe un marco de paz con Ucrania.
Por Nord Stream deberá volver a pasar gas. La historia, aparentemente, tendrá que buscarse otro caño.
Viajó a Kiev, anunció 1.000 millones de euros adicionales de ayuda militar y otros 350 millones para infraestructura energética. Empresarios alemanes que lo acompañaron firmaron 14 acuerdos por unos 6.600 millones de euros, incluyendo defensa aérea, radares y drones.
Puede existir una sólida justificación estratégica para hacerlo. Pero existe también una pregunta política que Merz no puede evitar: ¿cómo se explica esa prioridad a un país donde tres de cada cuatro ciudadanos sienten que soportan las cargas de las decisiones del gobierno?
También consiste en conseguir que la sociedad comprenda hacia dónde se la conduce.
Como si a Alemania le faltaran ingredientes para este otoño, hoy fue detenido August Hanning, director del BND —la inteligencia exterior alemana— entre 1998 y 2005.
La Fiscalía sospecha que obtuvo mediante pagos material secreto y utilizó información clasificada para elaborar un análisis destinado a un servicio de inteligencia extranjero. Su antiguo colaborador Manfred D. habría suministrado alrededor de 2.000 documentos.
Conviene aclararlo: la investigación conocida hasta ahora no establece que el destinatario haya sido Rusia.
Mientras Alemania discute Rusia, Ucrania, Nord Stream, guerra híbrida y seguridad energética, uno de sus antiguos jefes de inteligencia termina detenido bajo sospecha de espionaje y tentativa de alta traición.
Quizás es el momento en que surgen las preguntas políticamente incorrectas: ¿cómo pueden las actuales democracias parlamentarias enfrentar fenómenos políticos disruptivos y distópicos que avanzan mucho más rápido que su capacidad de reaccionar? ¿Y están preparadas para ejecutar las transformaciones económicas que Europa necesita aunque impliquen recortar gastos públicos faraónicos, desmontar burocracias y revisar privilegios construidos durante décadas?
Coaliciones de tres o cuatro partidos, vetos cruzados, ministerios repartidos para sostener mayorías, burocracias que crean nuevas burocracias para administrar las anteriores y Estados que descubren una agencia pública para resolver los problemas creados por otra.
Mientras Estados Unidos y China compiten en inteligencia artificial, semiconductores, energía, defensa, biotecnología y espacio, Europa produce reglamentos.
Y acaso no será el momento que aparezca Peter Thiel, hoy cómodamente viviendo en Buenos Aires, con sus ideas y propuestas de gobiernos con tecno-estructuras meritocráticas, con estructuras chicas (o por lo menos más chicas que las actuales gastadoras compulsivas), y funcionarios con atributos meritocráticos..?? . El es alemán de nacimiento, amigo de Alice Weidel quien dijo hace un año que si llega al poder, lo encumbra como ministro.
Prueba del actual derrumbe y desorden son los criterios fiscales de Maastricht que siguen diciendo 3% de déficit y 60% de deuda sobre el PBI. Pero doce de los 27 miembros de la Unión terminaron 2025 por encima de aquel 60%. Francia: 115,6%. Italia: 137,1%. España: 100,7%. Hasta la disciplinada Alemania: 63,5%. La eurozona en conjunto: 87,8%.
Europa necesita gastar más en defensa, energía, infraestructura y tecnología; no sostener más la entelequia de un “estados de bienestar” diseñados para otra demografía; reducir deuda y déficit; y competir con Estados Unidos y China.
La propia Comisión reconoce que la productividad europea por hora trabajada equivale apenas al 78,5% de la estadounidense, con un retraso particularmente serio en tecnología digital. Mario Draghi ya escribió el diagnóstico: inversión, energía competitiva, innovación, mercados de capitales integrados y menos fragmentación.
El problema europeo no es la falta de informes. Es su extraordinaria capacidad de encargarlos y su mucho menor capacidad de ejecutarlos.
En treinta días AfD pasó del 43,8% en Sajonia-Anhalt al 30,5% en una encuesta nacional. Ganó otra elección regional. CDU siguió cayendo. Merz alcanzó mínimos históricos. El Brandmauer mostró fisuras. AfD empezó a discutir cómo gobernar, cómo reformular Europa y cómo volver a hacer negocios con Moscú.
Y quizá allí radique el error fundamental de Friedrich Merz: sigue tratando a AfD como el problema cuando probablemente sea también el síntoma.
Alemania —y posiblemente Europa— atraviesa un momento bisagra en el que crecimiento mediocre, pérdida de competitividad, presión fiscal, inmigración, energía cara, guerra y revolución tecnológica ocurren simultáneamente.
Frente a semejante transformación, administrar la política como siempre puede resultar tranquilizador.
Porque los sistemas políticos suelen descubrir que el mundo cambió bastante después de que los votantes ya lo hicieron.