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infobae.com · hace 8 horas · Javier Leal de Ibarra

Donde termina el juez y empieza el hombre

Infobae

Antes de comenzar de lleno con el núcleo de estas líneas, me siento en la obligación de pedir disculpas a Infobae. Así es, pues en esta ocasión voy a permitirme una indisciplina, cual será apartarme de abordar temas vinculados a expedientes, audiencias y códigos, para hablar de asuntos más difíciles de resolver y para los cuales, debo admitirlo, no estoy demasiado preparado: los sentimientos.

Conociendo la benevolencia de las autoridades de este periódico, me doy por perdonado y comienzo a andar este novedoso camino literario.

Los jueces pasamos buena parte de nuestra vida decidiendo sobre los demás. Escuchamos historias, reconstruimos hechos, buscamos razones y, finalmente, pronunciamos una decisión que puede cambiar la vida de alguien.

Quizás por eso nos resulte cuanto menos extraño o curioso hablar de sentimientos. Porque esos asuntos, son de los pocos territorios en los que nadie consigue ser juez.

A lo largo de nuestra carrera profesional, estudiamos legislaciones, citamos jurisprudencia y podemos desentrañar con facilidad complejas tramas jurídicas. Pero cuando se trata de sentir y querer, todas esas aptitudes muchas veces se tornan ineficaces.

En el territorio de los afectos, generalmente somos malos magistrados. Damos por ciertos nuestros argumentos sin escuchar los del otro, tenemos por acreditadas situaciones sin hechos que las prueben y, muchas veces, nos apartamos de la “presunción de inocencia sentimental”, defectos que en este campo se pueden reparar frente a la maravillosa institución del perdón.

Ahora bien, más allá de esas diferencias, estoy convencido que hay algo más profundo que une a los sentimientos con la tarea de juzgar, y que es que ambos obligan a intentar comprender al otro.

Cuando queremos a alguien tenemos que aceptar que es muy difícil llegar a conocerlo del todo y, paradójicamente, cuando juzgamos ocurre algo parecido. Detrás de cada expediente existe una vida que comenzó mucho antes de que nosotros abriéramos la primera foja y que continuará mucho después de que firmemos la sentencia.

Tanto en los sentimientos como en la judicatura, convivimos con miedos, afectos, pérdidas, errores, esperanzas y, en ambos planos habrá cosas que podrán probarse y otras que apenas pueden percibirse.

De allí que creo -e intento aplicarlo- que la imparcialidad de un magistrado no debería confundirse con la indiferencia. Estoy persuadido que un juez no necesita dejar de sentir para ser justo. Necesita impedir que aquello que siente ocupe el lugar de la razón, e intentar comprender a la hora de juzgar lo que decía Blas Pascal allá por el año 1670 en su obra Pensamientos, “el corazón entiende de razones que la razón no entiende”.

Después de todo, los jueces somos seres humanos con sentimientos más allá que la naturaleza de nuestra función muchas veces nos convenza de que carecemos de ellos. También nos equivocamos, extrañamos, perdonamos y necesitamos que alguna vez nos perdonen.

Tengo para mí que esas pequeñas derrotas personales nos puedan hacer mejores jueces y que el campo de los sentimientos nos brinda una herramienta de enorme utilidad a la hora de juzgar, cual es saber escuchar con la posibilidad de que el otro pueda decir algo que nos permita modificar lo que pensamos.

Después de casi 25 años de juez y muchos más en la vida, creo haber descubierto que las mejores decisiones —en un tribunal y fuera de él— no siempre son las que demuestran cuánto sabemos o con la rigurosidad que resolvemos, sino aquellas en las que nos dimos cuenta que fuimos capaces de comprender.

Y es de ese modo como se encuentran, finalmente, los sentimientos y la Justicia pero con una diferencia importante, en un tribunal, ser juez concede el privilegio de tener la última palabra, en los sentimientos en cambio, a veces lo más importante es saber renunciar a tener la última palabra.

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