El día que el mundo cambió
A punto de entrar en un recinto que se usaba como comedor, me frenó en seco un olor intenso que, tres años después, aún está grabado en mis sentidos. “¿Qué es ese olor tan punzante y penetrante?”, le pregunté al amigo Rony Kaplan, que me acompañaba en ese desgarrador viaje que Combat Antisemitism Movement había organizado. Y así, un 9 de noviembre de 2023, a un mes de la masacre del 7 de octubre, conocí a qué huele la carne humana quemada.
En ese lugar preciso habían sido amontonados y quemados los cuerpos de algunas de las 47 personas del kibbutz Nir Oz que fueron asesinadas. “Cuidado, no pises eso, que...”, y montoncitos de cenizas humanas marcaban los pasos. Muy cerca de donde nos encontrábamos, Shiri Bibas había protagonizado la terrible imagen de su cuerpo aterrorizado cubriendo a su bebito Kfir, de apenas nueve meses. Ella y sus dos hijos fueron tres de las 76 personas que fueron secuestradas en Nir Oz. Tiempo después supimos que un terrorista había ahogado con sus propias manos al pequeño Kfir. Junto con Kfir, su mamá Shiri, su hermano Ariel y sus abuelos Yossi y Margit Silberman, fueron 1.200 las personas asesinadas en el progrom más cruento y brutal que ha sufrido el pueblo judío desde el Holocausto. Después vendría la guerra, el viacrucis de los secuestrados, el drama de los habitantes de Gaza, la banalización del terrorismo, el tsunami antiisraelí, el odio antisemita, la violencia contra judíos... Pero antes de todo, lo primero fue la marabunta de miles de miembros de las Nukhba de Hamás, de la Yihad Islámica y de otros grupos terroristas entrando con todo tipo de armas en los kibbutz y en los pueblos cercanos. Y fue la muerte desbocada, quebrando huesos, violando a todo tipo de niñas, jóvenes, mujeres mayores, también niños, torturando de maneras indecibles, cazando a cualquier ser humano que respirara, desmembrando cadáveres, paseando cuerpos rotos por los vídeos virales de su júbilo macabro. Todo eso pasó antes de la guerra que se desató para frenar al terrorismo y rescatar a los secuestrados. Antes de todo, fue el imperio de la muerte.
A tres años del 7 de octubre, cabe recordar quienes idearon y protagonizaron la masacre, quienes motivaron una guerra y quienes son los responsables del sufrimiento de ambos pueblos, el israelí y el palestino. Y cabe recordarlo porque uno de los fenómenos más perversos que han sucedido después de una masacre reconocida (tanto, que fue filmada y viralizada por los propios asesinos), es la negación de las víctimas y el enaltecimiento desaforado de los verdugos. Y ello no solo pasó durante los meses posteriores de la guerra, sinó desde el minuto uno, cuando aún había moribundos en las cunetas y gente desesperada buscando a sus familiares en los rincones del miedo. El mismo 8 de octubre, en plena desesperación y horror en Israel, las redes ya se movilizaban en contra del estado hebreo, ignoraban la brutalidad del terrorismo y levantaban la bandera de Palestina, como si la muerte masiva de los grupos terroristas dignificara a su causa. Todo estuvo planificado, no solo la matanza, sino la propaganda coordinada posterior, con miles de boots en X que culpaban a Israel de la muerte de su propia gente cuando aún no se había movido ni un solo tanque, y con Irán y Rusia (campeones de las fábricas de boots), a la cabeza de la desinformación. Después ya fue fácil activar a los grupos de izquierdas (la mayoría ferozmente antiisraelíes), a los miles de grupúsculos y entidades propalestinas que hay en el mundo (muchos de ellos con financiación directa de Hamás), y a la ignorancia supina de la masa, que tiende a deglutir la propaganda antes de masticar la información confiable.
Por supuesto, la crítica a la guerra, al gobierno y al propio primer ministro israelí no solo era pertinente, sino que era necesaria, como lo es en todo conflicto. Pero no es la crítica democrática y racional, la que hemos vivido. Hemos vivido una descompensación aterradora entre el ataque sistemático y desaforado a Israel, cuya imagen se ha arrastrado a niveles indecibles, como si nunca hubiera sufrido una matanza planificada y masiva -ni sufriera un intento permanente de exterminio-, y a la vez, un aplauso global, desacomplejado y entusiástico del terrorismo palestino. Las imágenes de las manifestaciones con banderas de Hamás en países democráticos, o de los campus universitarios persiguiendo a estudiantes judíos, o los miles de artículos comparando a los israelíes con los nazis, o el silencio de las feministas ante las violaciones masivas de mujeres israelíes, o las declaraciones de políticos irresponsables usando la guerra como puro oportunismo demagógico, todo lo vivido ha sido un atroz aplauso al mal. Al mal puro, el que es capaz de ahogar con sus propias manos a un bebé de nueves meses, en nombre de una causa.
No habrá tiempo en nuestro tiempo presente para pedir perdón al pueblo israelí, y al pueblo judío en general, por la maldad con la que los hemos tratado en el peor momento de su historia después del Holocausto. La solidaridad con el pueblo palestino es noble, como todas las causas que merecen ser escuchadas. Pero no lo es el aplauso a una ideología del mal que ha secuestrado la voz de los palestinos y los ha condenado a un futuro incierto. Hoy, 7 de octubre, no olvidemos quién empezó todo y qué quería provocar, al empezarlo. La ideología de la muerte solo tiene un pálpito: la muerte.