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clarin.com · hace 13 horas · Clarin.com - Home

Iñaki Urlezaga, otro, el mismo

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Todo inicio también es un final y, en un bucle infinito, la clausura siempre abre nuevas puertas. Cuando se retiró de los escenarios en 2018 tras una carrera deslumbrante, el bailarín argentino Iñaki Urlezaga ya era coreógrafo y maestro. Por eso, en realidad, los escenarios nunca dejaron de ser su territorio.

El aplauso final, coreografía de Uñaki Urlezaga, con los bailarines Julieta Paul y  Bautista Parada. Foto: gentileza.

Donde antes giraba y saltaba, donde conmovía interpretando un personaje del repertorio clásico o una pieza más reciente, pasó a crear nuevas versiones y obras propias para otros cuerpos. Urlezaga conoce bien el arriba y el abajo de la escena y esa sabiduría construida desde sus primeras clases en la infancia platense florece en El aplauso final.

La función inicia con una minigala previa de duos de ballets como Sylvia, Romeo y Julieta y La Traviata, además del clasiquérrimo solo de La muerte del cisne. Y en la selección ya hay mucho de Iñaki Urlezaga: sus versiones de esas obras, pero además un corpus en el que lo interpretativo es tan importante como lo técnico. Su sello.

Luego, es el turno de El aplauso final, una pieza que también funciona como reflejo de su creador: sensible, divertida y de enorme humanidad.

La obra retrata el nacimiento de un ballet. No es un ‘detrás de escena’ sino un ‘debajo de escena’ porque el trabajo comienza en la clase. Ahí, un coreógrafo personificado por el propio Urlezaga, que es de hecho el coreógrafo real de lo que se ve, busca, compone, se desespera, se enoja, encuentra, descubre... en definitiva, crea.

El aplauso final, coreografía de Uñaki Urlezaga, con los bailarines Julieta Paul y  Bautista Parada. Foto: gentileza.

Como el instrumento de un coreógrafo está compuesto de música, ideas y cuerpos, el personaje intenta un equilibrio entre el pianista (en escena, interpretado por un virtuoso de 14 años llamado Ulises Damián Belén), los bailarines y sus propias ideas, algunas realizables, otras no.

Esa comunión, siempre difícil, siempre mágica, tiene en El aplauso final una protagonista: la magnífica bailarina Julieta Paul Kler, que ya firmó los papeles de la jubilación como primera figura del Ballet Estable del Teatro Argentino de La Plata y, sin embargo, su cuerpo se muestra ajeno al paso del tiempo.

El aplauso final, coreografía de Uñaki Urlezaga, con los bailarines Julieta Paul y  Bautista Parada. Foto: gentileza.

También Julieta Paul Kler es ella y otra en esta obra, una artista que se asoma al final de su carrera, pero que es el corazón de una obra que nace. Por tal vez no exista un aplauso final, porque ese final abre nuevas puertas, compone paisajes que irrumpen y habilitan más y más aplausos. Aplausos merecidos.

Débora Campos

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