La IA hace agua: afuera por su culpa, pero recontratados gracias a ella
Tendría siete u ocho años. Era verano, vacaciones en la casa de mis abuelos en Banfield. La televisión en blanco y negro pasaba Los Tres Chiflados y yo me reía hasta las lágrimas.
En ese episodio —Booby Dupes, 1945— el bote hace agua. Curly agarra un taladro y empieza a perforar el casco desde adentro. "Estoy dejando salir el agua", explica con toda la lógica del mundo. Moe y Larry están ocupados con otro desastre al otro lado del bote y no lo ven. El resultado es predecible. El bote se hunde.
Ochenta años después, algunas de las empresas tecnológicas más grandes del mundo están protagonizando exactamente la misma escena. Con traje y corbata, pero la misma lógica.
Entre 2022 y 2024, las grandes tecnológicas despidieron a más de 260.000 empleados. Google, Amazon, Microsoft, Meta. La justificación fue siempre la misma: la inteligencia artificial haría ese trabajo mejor, más rápido y más barato. Los mercados aplaudieron. Los titulares también. Era el taladro.
Lo que no se vio —o no se quiso ver— es que la IA no reemplaza conocimiento organizacional. No sabe por qué ese sistema se construyó así en 2019. No conoce al cliente que llama siempre los martes con el mismo problema. No detecta la señal de alerta antes de que sea una crisis, porque nadie le explicó cómo huele el humo en esa empresa particular.
El conocimiento tácito, el que vive en las personas y no en los manuales, no se migra a un modelo de lenguaje con un prompt bien escrito.
Dieciocho meses después de los despidos masivos, el mismo sector empezó a recontratar. No a cualquiera: específicamente a las personas que había despedido. Con otro nombre en el contrato —muchas veces como consultores externos—, casi siempre a un costo mayor que el salario original.
Duolingo despidió a gran parte de sus traductores en 2024 y debió reconstruir equipos editoriales humanos ante la caída de calidad percibida por sus usuarios"
Los analistas del sector lo bautizaron "efecto boomerang de la IA". Los casos se acumulan. IBM, que redujo su dotación administrativa un 30% en 2023 bajo el argumento de la automatización, empezó a reclutar perfiles de gestión del conocimiento en 2025.
Shopify frenó contrataciones en 2024 exigiendo que cada nueva posición justificara por qué no podía cubrirla un sistema de IA, y abrió en 2025 búsquedas para quienes supieran trabajar junto a esos sistemas. Duolingo despidió a gran parte de sus traductores en 2024 y debió reconstruir equipos editoriales humanos ante la caída de calidad percibida por sus usuarios.
El patrón se repite con una regularidad que ya no sorprende: despido masivo, implementación acelerada, degradación silenciosa de la calidad, reconocimiento tardío del error, recontratación costosa. Y un daño reputacional que los balances no miden pero los usuarios sí perciben.
Este ciclo no es solo un problema de gestión empresarial. Es una señal sobre cómo estamos tomando decisiones tecnológicas: con urgencia de titular, con presión de mercado, y sin el análisis de segunda vuelta que cualquier cambio estructural requiere.
La inteligencia artificial es una herramienta extraordinaria. Pero una herramienta en manos de alguien que no entiende qué está construyendo produce exactamente el resultado que vimos: eficiencia contable en el corto plazo y pérdida estructural en el mediano. No es un problema de la tecnología. Es un problema de quién toma las decisiones, con qué información y con qué horizonte temporal.
Curly no era malo. Era entusiasta y estaba mal orientado. El problema real era que nadie en el bote miraba lo que hacía.