Gobernar el futuro
Desde el surgimiento mismo de la civilización, la humanidad ha convivido con la fascinación y el espanto de su propio fin. Cada vez que nuestra especie ha rozado un umbral de poder inédito, ha despertado el mismo vértigo existencial.
Ocurrió en la Antigua Grecia cuando la escritura amenazó con atrofiar la memoria humana, y se repitió con fuerza trágica durante el siglo XX ante el desarrollo de la energía nuclear, la ingeniería genética, la biotecnología aplicada a virus o la experiencia reciente de la última Pandemia.
En cada uno de estos quiebres históricos, la pregunta de fondo nunca fue puramente técnica, sino antropológica: ¿somos capaces de gobernar el poder que creamos o terminaremos destruidos por nuestras propias conquistas?
Hoy, ante un mundo hiper globalizado, el debate sobre el fin de la humanidad en manos de la Inteligencia Artificial, vuelve a reactivar ese mito milenario. Sin embargo, antes de caer en una catástrofe paralizante o en fascinaciones ingenuas, es necesario examinar con lucidez la naturaleza real del riesgo.
Ante el próximo arribo del Papa León XIV a nuestro país, resulta esencial retomar su encíclica “Magnifica Humanitas”, dedicada a la custodia de la persona humana en el tiempo de la IA, para recuperar los orígenes de aquello que nos humaniza: la fe, la construcción colectiva y el bien común.
Bien concebida y democráticamente gobernada, la IA no viene a reemplazar al ser humano, sino a potenciar su capacidad creadora. Es una herramienta aliada para expandir la salud preventiva, personalizar la educación rural, optimizar la producción de nuestras Pymes, e incluso liberar al trabajador de tareas repetitivas para devolverle tiempo de calidad.
En este camino, un amplio colectivo de científicos, rectores universitarios y referentes académicos de la Argentina, han presentado un “Manifiesto” en sintonía con las encíclicas Magnifica Humanitas y Antigua et Nova, proponiendo la creación de un espacio permanente de articulación plural, federal y multidisciplinario.
Porque ningún sector por sí solo -ni el mercado, ni la academia, ni el Estado- puede garantizar que la tecnología mantenga un rumbo ético que contemple el bien común. Argentina se encuentra ante una ventana de oportunidad única para insertarse en un orden global fragmentado y en transición, impulsada por su riqueza en recursos estratégicos como energía, minerales y alimentos.
El nuevo mapa geopolítico y geoeconómico, está basado en el fin de la globalización tradicional, dado que el comercio internacional actual prioriza la seguridad en las cadenas de suministro y la previsibilidad estratégica por sobre la clásica ventaja comparativa.
Se observa tensión en la competencia que existe entre Estados Unidos y China, que exige a los países de la región un manejo pragmático de sus relaciones externas.
El rol de Vaca Muerta y su desarrollo hidrocarburífero posiciona a la Argentina como un actor relevante en el mercado energético internacional, con un fuerte impacto positivo en las exportaciones y las cuentas fiscales.
Otra riqueza está dada por la minería. La demanda global de litio, cobre y minerales críticos integra a nuestro país en las cadenas tecnológicas del futuro.
En cuanto a la seguridad alimentaria, la producción agroindustrial sigue siendo un activo indispensable en un planeta con poblaciones crecientes y restricción de recursos. Es vital la integración regional. La cooperación con vecinos como Brasil resulta clave para potenciar la infraestructura energética conjunta y proteger los intereses del Cono Sur frente a las disputas globales.
En un escenario internacional cada vez más fragmentado, la soberanía ya no se juega solamente en las fronteras, sino también en la capacidad de controlar los recursos, la tecnología y las decisiones estratégicas. El desafío será transformar nuestras ventajas naturales en desarrollo nacional y bienestar social.
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