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infobae.com · hace 10 horas · Yanina Lojo

El desafío no es elegir entre industria, minería y energía, es conectarlas

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Argentina está atravesando una transformación de su matriz exportadora. Energía y minería ganan protagonismo, el agro continúa siendo uno de los grandes generadores de divisas, las economías regionales buscan ampliar mercados y la economía del conocimiento incorpora una dimensión cada vez más relevante a la oferta exportable.

Frente a este escenario aparece una discusión inevitable: ¿qué lugar ocupará la industria argentina en la nueva configuración productiva y exportadora?

El desafío no debería ser elegir entre la industria que Argentina ya tiene y los sectores que hoy aparecen como nuevos motores de crecimiento.

Hace pocos días tuve la oportunidad de recorrer la primera edición de EXA, en Santa Fe. Y más allá de las empresas, productos y tecnologías presentes en la exposición, hubo algo que me resultó particularmente interesante.

Neuquén, Río Negro, Chubut y San Juan estuvieron allí buscando vincular sus necesidades productivas con las capacidades industriales desarrolladas en Santa Fe.

No es un detalle menor. Y no estaban apuntando a la relocalización de las empresas, sino a la integración regional.

Son provincias atravesadas, con distintas características, por algunos de los sectores con mayor potencial de inversión y crecimiento de los próximos años: petróleo y gas, minería, agroindustria, infraestructura y economías regionales.

Del otro lado existe un entramado industrial con experiencia acumulada en metalmecánica, maquinaria, ingeniería, tecnología, servicios especializados y fabricación de bienes vinculados a distintas cadenas productivas.

Cuando esos dos mundos se encuentran, ocurre algo que excede ampliamente una ronda de negocios. Puede comenzar un proceso de transformación empresarial.

Una empresa que hasta ayer abastecía un mercado local puede empezar a vender a otra provincia. Para hacerlo, probablemente deba aumentar su escala, adaptar un producto, cumplir nuevos estándares, certificar procesos, mejorar su logística o incorporar tecnología.

Deja entonces de ser solamente un proveedor local y comienza a transformarse en un proveedor nacional.

Ese salto importa. Porque el paso siguiente puede ser todavía más interesante: que las capacidades desarrolladas para abastecer una cadena de petróleo, gas o minería dentro de Argentina le permitan competir mañana por un contrato similar en Chile, Perú, Brasil, Estados Unidos o Medio Oriente.

Durante muchos años discutimos la estructura exportadora argentina a partir de sectores relativamente separados: agro, industria, energía, minería y servicios.

Vaca Muerta no exporta solamente petróleo y gas. Alrededor de una operación energética se necesitan válvulas, bombas, estructuras metálicas, software, servicios de ingeniería, transporte, mantenimiento, seguridad, construcción y cientos de bienes y servicios.

La pregunta estratégica, entonces, no es únicamente cuánto cobre, litio, oro, petróleo o gas puede exportar Argentina. Es cuántas capacidades argentinas pueden desarrollarse alrededor de esas exportaciones.

Existe una base sobre la cual trabajar. Un estudio elaborado por la UIA, CAEM y el BID analizó 91 categorías con potencial para abastecer a la minería y encontró oferta productiva nacional en 73 de ellas. El trabajo también identificó obstáculos: escala, financiamiento, certificaciones, homologaciones y dificultades para conectar la oferta industrial existente con las necesidades concretas de los grandes proyectos.

No se trata de garantizar mercados cautivos ni de obligar a los proyectos a comprar productos nacionales independientemente de su precio, calidad o capacidad de entrega.

Tampoco de asumir que los encadenamientos aparecerán automáticamente simplemente porque aumenten las inversiones.

Se trata de generar las condiciones para que una empresa argentina que tiene capacidad productiva pueda competir.

Una PyME puede tener conocimiento técnico, pero no contar con financiamiento para aumentar su escala. Puede fabricar un producto competitivo, pero carecer de la certificación internacional requerida por una gran compañía. Puede estar en condiciones de abastecer a una cadena, pero desconocer sus procesos de compras.

Puede incluso ser proveedora de una gran empresa dentro de Argentina y nunca haber pensado que esa experiencia podría transformarse en una credencial para ingresar a otro mercado.

Es allí donde desarrollo productivo y política comercial empiezan a encontrarse.

Porque internacionalizar una empresa no comienza necesariamente en una aduana. A veces comienza mucho antes, cuando esa empresa consigue su primer gran cliente fuera de su provincia.

La experiencia de EXA también deja otra enseñanza. La integración productiva no tiene por qué respetar los límites provinciales.

Una empresa santafesina puede abastecer un proyecto en Neuquén. Una firma cordobesa puede participar de una cadena minera en San Juan. Una empresa tecnológica puede prestar servicios desde otra provincia. Y una PyME que nació atendiendo una necesidad de una economía regional puede encontrar demanda en otras partes del país.

No se trata solamente de lograr que todas las provincias exporten directamente más productos. También importa cuántas empresas de distintas provincias participan de cadenas que terminan exportando.

Porque detrás de cada dólar exportado puede existir una red mucho más extensa de proveedores, trabajadores, profesionales y empresas.

Argentina cuenta con producciones con identidad territorial, conocimiento acumulado y potencial internacional que muchas veces enfrentan un problema parecido al de los proveedores industriales: pueden producir, pero encuentran dificultades para dar el salto de escala necesario para internacionalizarse de manera sostenida.

Logística, financiamiento, certificaciones sanitarias y de calidad, acceso a información comercial, promoción, costos internos y conocimiento de los mercados aparecen una y otra vez como barreras.

Por eso, ampliar la base exportadora argentina requiere mirar simultáneamente dos procesos.

Por un lado, transformar proveedores locales en proveedores nacionales y, eventualmente, globales. Por otro, conseguir que más empresas vinculadas a las economías regionales puedan transformarse en exportadores permanentes.

Ambos caminos conducen al mismo objetivo: más empresas argentinas participando del comercio internacional y una mayor distribución territorial de esa capacidad exportadora.

Argentina necesita exportar más. Es difícil discutirlo en una economía que recurrentemente enfrenta restricciones externas. Pero quizás llegó el momento de incorporar otras preguntas. ¿Cuántas empresas exportan? ¿Cuántas comienzan a exportar cada año? ¿Cuántas continúan haciéndolo tres o cinco años después? ¿Cuántas PyMEs participan como proveedoras de las grandes cadenas exportadoras? ¿Cuántas empresas pasan de vender dentro de su provincia a abastecer el mercado nacional? ¿Cuántas consiguen transformar esa experiencia en su primera exportación? ¿Y desde cuántas provincias ocurre?

Esos indicadores permitirían medir algo más profundo que el crecimiento de las ventas externas: la construcción de capacidad exportadora.

Los grandes proyectos de energía y minería pueden generar miles de millones de dólares de exportaciones. Eso es relevante para Argentina. Pero su impacto puede ser todavía mayor si alrededor de esos proyectos conseguimos desarrollar empresas que aprendan, inviertan, incorporen tecnología, eleven sus estándares y ganen escala.

Algunas probablemente nunca exporten directamente. Otras sí. Y algunas de las que hoy son pequeñas proveedoras locales pueden convertirse mañana en compañías capaces de competir internacionalmente.

Eso no ocurre por decreto. Tampoco es una consecuencia inevitable de tener recursos naturales.

Requiere inversión, infraestructura, financiamiento, capacitación, certificaciones, información y una política comercial que piense la internacionalización de las empresas como un proceso.

Lo que vi en Santa Fe fue una pequeña expresión de esa posibilidad: provincias con nuevas demandas productivas buscando conectarse con capacidades industriales desarrolladas en otra parte del país.

El desafío no es elegir entre la industria que tenemos y los nuevos motores del crecimiento. Es conseguir que esos nuevos motores hagan crecer, transformar e internacionalizar a una parte cada vez mayor de la industria, los servicios, las PyMEs y las economías regionales argentinas.

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