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infobae.com · hace 15 horas · Andrés Rodríguez

Si la gente no va a la política, la política tiene que volver a la gente

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A principios de este mes en una de mis lecturas matutinas, descubrí un artículo muy interesante escrito por una reconocida catedrática, historiadora canadiense, profesora emérita en la Universidad de Oxford y la Universidad de Toronto, Margaret MacMillan, publicado en el New York Times. La autora, de manera muy interesante y precisa, describía un cambio caótico en el orden mundial.

En sus líneas relataba las distintas señales que presagian esta mutación en la organización política de todo el globo, pero que muchas veces se ignoran y parece ya no tener retorno, desembocando en “poblaciones enfurecidas”, “élites no elegidas con una riqueza enorme…” y “líderes que se niegan a construir consensos o aceptar consejos”.

Obviamente, Argentina no está exenta de este fenómeno, pero tal vez puede notarse más evidentemente estos primeros indicios que marca la autora. Podríamos culpar de esto al actual presidente de la Nación, Javier Milei. Sin embargo, eso sería muy simple y no es el análisis que pretendo realizar. No porque no quiera opinar del máximo responsable del poder ejecutivo en Argentina, sino porque el hecho de que haya llegado hasta ahí es una consecuencia de otro fenómeno mucho más grande.

MacMillan explica que los “electorados están enojados y volátiles”, coincido plenamente y, humildemente, puedo agregar que no es para menos. Tienen sobrados argumentos para sentirse de esa manera. Hace rato que la política no viene dando soluciones para los problemas de la gente de a pie y nuestro presidente, sin parecer ser la solución, es el resultado de esto.

Y lo digo no por una cuestión meramente ideológica, sino por su manera de ejercer la política. Me permito citar, una vez más, a la autora quien afirma que los líderes tienen formas más “apropiadas para TikTok o para el patio de una escuela”. Nadie duda que en estos tiempos son los modos en los que se argumenta y se debate en nuestro país.

Lo cierto es que llegamos a esto por un sistema de representación política que cruje desde hace tiempo. Sin ir más lejos, en nuestro país divisamos la fluctuación de la que habla MacMillan. Después del último gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, los votantes eligieron a Mauricio Macri, luego a Alberto Fernández y por último a Javier Milei. La volatilidad en su máxima expresión.

Es la prueba más fehaciente de una crisis de representatividad y esto es producto del alejamiento de la política de la gente. Por eso me permití titular este escrito haciendo un juego de palabras con el popular refrán “si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña” que recomienda tomar la iniciativa y no esperar que las cosas sucedan por sí solas.

Estamos ante el desafío de jerarquizar la política, porque el empobrecimiento de los discursos y sus contenidos, es lo que realmente aleja a la gente de la vida política. Tenemos que ser mejores y dejar atrás la mediocridad de los nuevos líderes que están surgiendo, tanto en Argentina como en el mundo.

Las poblaciones tienen que ver que cuando un dirigente es elegido, se sacrifique y no se convierta en un “figuretti” que busca ser una estrella mediática o un influencer de las redes sociales dando discursos baratos. Ese sacrificio tiene que ser en pos de las necesidades de las personas, para eso es que lo eligen. Y ojo que lo digo en todo sentido, tanto en el legislativo, ejecutivo, a nivel partidario y, por supuesto, en el campo sindical.

Necesitamos generar en serio un valor importante de lo que debe ser la alternancia en el poder, porque de nada sirve oscilar entre líderes que revalorizan el lugar que ocupan. Tampoco sirven las distintas pseudo-alianzas, que en Argentina conocemos bien, que no solucionan nada y generan un desgaste tremendo al pueblo.

Hay que revalorizar la política y acercarla a la gente, sólo así vamos a volver a construir grandes estadistas. Para eso hay que volver a mirar a las personas a la cara, escucharlas, empatizar, sentir sus penares y alejarnos de la vulgar vacuidad del show de las redes sociales.

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