Un mensaje por fuera del radar
Cuando escribí Larrabure. Voces para el reencuentro, partí de una voz central: la de Argentino del Valle Larrabure. De sus cartas y de su diario de cautiverio, escritos durante aquellos 372 días, surge un mensaje extraordinariamente claro: no odiar, saber perdonar, sostener límites morales y convocar a dirigentes y dirigidos a reflexionar sobre el destino común. Alrededor de esa voz se sumaron otras, provenientes de lugares muy distintos de una de las etapas más dolorosas de nuestra historia: protagonistas de sectores entonces enfrentados, víctimas y familiares de quienes murieron de uno y otro lado.
No interpretan de la misma manera lo sucedido ni distribuyen de igual forma las responsabilidades. Tampoco tienen las mismas ideas políticas. Y, sin embargo, aparece entre ellos una coincidencia que, cincuenta años después, merece ser escuchada: es posible encontrarse con el otro sin renunciar a las propias convicciones. La voz de Larrabure no es una más dentro del libro. Es la que abre el camino. Y resulta significativo que otras voces, nacidas incluso de experiencias enfrentadas, terminen aproximándose a principios esenciales de aquel mensaje: perdón, límites morales, reencuentro y futuro.
Tengo la impresión, sin embargo, de que ese mensaje sigue pasando por fuera del radar. Con demasiada frecuencia juzgamos lo que alguien dice hoy por el lugar que ocupó hace medio siglo, antes de detenernos a escucharlo. La historia y las responsabilidades importan, pero también importa preguntarnos qué podemos aprender de quienes atravesaron aquella tragedia y hoy son capaces de hablar de convivencia y futuro. Porque el problema ya no son solamente los años setenta. El problema somos nosotros cuando, cincuenta años después, continuamos convirtiendo cada desacuerdo en una nueva brecha.
Y quizá debamos atrevernos a formular una pregunta todavía más incómoda: ¿hasta cuándo vamos a continuar librando aquella guerra por otros medios? ¿Tiene sentido que, medio siglo después, se sigan abriendo y prolongando procesos judiciales por hechos de aquellos años contra personas que entonces eran jóvenes y que hoy son ancianas? ¿Contribuye eso a cerrar las heridas o las mantiene abiertas? ¿Es justicia o es venganza los procesos en acto de aquellos años?
El perdón, si verdaderamente aspiramos al reencuentro, no puede ser solo una palabra. No significa negar los hechos, borrar responsabilidades ni renunciar a la memoria. Significa también preguntarnos en qué momento una sociedad decide dejar atrás una confrontación que no puede transmitirse indefinidamente de generación en generación.
Hoy nuestras diferencias son otras. Una de ellas se expresa en la aparente oposición entre desarrollo económico y necesidades sociales. Pero tampoco allí deberíamos aceptar la lógica de que una dimensión debe derrotar a la otra. No habrá respuesta social sostenible sin desarrollo económico, ni tendrá sentido el crecimiento si no mejora la vida de las personas. La cuestión de fondo vuelve a ser la misma: aprender a resolver nuestros conflictos sin destruirnos.
Una nación madura no es aquella donde desaparecen las diferencias, sino aquella capaz de procesarlas, escuchar al otro y encontrar soluciones comunes. Y eso exige también no naturalizar la decadencia. Nos peleamos hasta en lo que por esencia estamos de acuerdo: ¡Malvinas! No podemos aceptar como inevitable que la Argentina continúe postergando sus posibilidades, repitiendo enfrentamientos y acostumbrándose a aquello que debería conmovernos. Recuperar estabilidad, desarrollo, cultura y justicia requiere también recuperar nuestra capacidad de construir un destino común.
Quizás por eso valga la pena escuchar nuevamente a Larrabure y a las voces que lo acompañan. No para regresar a los años setenta. Precisamente para lo contrario. Cincuenta años después, podríamos comenzar por algo aparentemente sencillo y, para nosotros, extraordinariamente difícil: escucharnos. Una nación no se construye eliminando sus conflictos. Se construye aprendiendo a resolverlos sin destruirse. Eso es Larrabure.
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