Brasil y la consagración del anti-oficialismo
Los brasileños acaban de consolidar el anti-oficialismo como expresión consolidada de la voluntad soberana (movimiento que ya se registraba en infinidad de otras elecciones dentro y fuera de nuestra región).
Diferente del pasado, este anti-oficialismo no se construye a partir de reveses económicos objetivos, una agobiante conflictividad social, un liderazgo presidencial cuestionable, la incompetencia exacerbada en la gestión de nuevos o viejos problemas (como corrupción o delincuencia) o derrotas diplomáticas o en el frente exterior. El tercer gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva estuvo lejos del éxito cosechado durante la primera década del siglo, apuntalado por el boom de las commodities, pero también distó de ser un sinfín de errores. La economía hoy está objetivamente mejor que al final del Gobierno Bolsonaro en 2022.
Por lo tanto, no es un anti-oficialismo amparado en comparaciones retrospectivas típicamente economicistas, sino anclado en sentimientos insatisfechos de prerrogativa por mejoras individuales (algo no menor: la aspiración a conquistar y mantener un status social diferenciado, puerta de entrada a la prédica antiestatal y emprendedorista que seduce especialmente a aquellos que dos décadas atrás protagonizaban la ascensión de una nueva clase media sin llegar a mantenerse o consolidarse como tales). O sea, el oposicionismo a quien circunstancialmente está en el Gobierno y busca reelegirse lo explica la psicología más que la economía.
En el caso particular del presidente Lula, quien buscaba su cuarto mandato, se le agrega el agotamiento de su condición de novedad y promesa. Es una limitación del liderazgo propuesto por la izquierda, quien taponó el surgimiento de una nueva clase dirigente en favor del carisma de Lula y sólo atinó a apostar en el veterano ex-líder sindical, una referencia nacional pero -hoy- también mucho más cercano a ser símbolo del establishment político culpado por las frustraciones reinantes.
El anti-oficialismo electoral que -domingo pasado- llevó al bolsonarismo a las puertas de regresar al poder, podrá afectar las chances de continuidad de Flavio Bolsonaro en cuatro años. Pero, para entonces, la extrema derecha podrá contar con no menos de cuatro alternativas de recambio dirigencial que emergieron de las urnas esta semana: uno de sus hermanos (Carlos Bolsonaro), su madrastra (Michele Bolsonaro), el gobernador de São Paulo (Tarcísio de Freitas) y un joven diputado por Minas Gerais que se consolidó como fenómeno político (Nikolas Ferreira). La izquierda está lejos de tener tantos ases debajo de la manga.
A la coalición gobernante del PT aún le falta entender que la polarización que atraviesa a la sociedad no es programática, de políticas públicas, donde su labor ha sido objetivamente positiva. Debería entender que, antes que nada, esa división extrema es afectiva: el antipetismo o antilulismo actual como uma reacción emocional en pos de una identidad que conecte el sujeto con una promesa de realización integral, totalizadora y voluntarista, sin esfuerzos informativos, a base de relatos simples y digeribles de demonización de unos y entronización salvadora de otros. No es tiempo de sutilezas.
Fabián Echegaray es director de Market Analysis, consultora de opinión pública en Brasil. Fue presidente de WAPOR Latinoamérica, la asociación mundial de profesionales de la opinión pública
Doctor en Ciencia Política (Universidad de Connecticut) y director de Market Analysis, consultora de opinión pública.
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