Más vida y más hamacas
Hace más de 30 años, cuando todos éramos tan jóvenes que vivíamos en otro siglo y nadie tenía celular, un amigo-hermano, me hizo un regalo invalorable: “Queremos que vos seas la madrina”, me dijo Fer con Caro a su lado, enseñándome en esa entrega otra forma de la emoción y de la cercanía.
Meses después nació Santiago, capricorniano como quien esto escribe, y supo pronto -primera complicidad compartida entre ambos- lo que supone cumplir años en enero, cuando las vacaciones dificultan cualquier festejo y no encontrás a nadie para soplar las velitas.
Su infancia fue mi acercamiento inicial a un niño querido desde la mirada y la ansiedad adultas. ¿Cómo hablarle? ¿Le gustará este regalo? ¿Querrá jugar conmigo? Recuerdo con gratitud, como con el tiempo celebraría el mismo gesto en mis propios hijos, la primera vez que su mano chiquita se tomó a la mía para pasear, ofreciendo calor y confianza.
Resultó curioso, sensible y tan buena gente como sus padres, que me habían acogido en esa ciudad de otros, exigente y hechizante, que elegí como propia y cuyas iniciales, BA, pongo mentalmente al lado del corazón icónico en las remeras que estampan su “I love…” por todo el mundo.
Hace días nos visitaron en Madrid Santi, que ya es traumatólogo pediátrico en un hospital, y Paula, su pareja, también médica. Charlamos largo de bueyes perdidos. El niño a quien le elegí su primera bicicleta tiene barba ahora. Con autoridad galena desgranó anécdotas de trabajo (“¡No sabés lo difícil que resulta tratar a algunos adolescentes: amenazan con sacarse el yeso!”). Al cerrar la velada, como quien echa a rodar su ración de maravilla, compartió que en marzo esperan el nacimiento de Martina.
Gracias al hombretón que alberga a aquel chiquilín de ojos claros estreno este sentimiento: empezar a saborear la familia ampliada, viendo cómo los más jóvenes comienzan a llenar la vida de gajos y hamacas, de futuro, de ilusiones que potencian.
Suelo visitar el Jardín Botánico cuando vuelvo a Buenos Aires. Miro raíces, pero, sobre todo, follajes: el diálogo ininterrumpido del verde arriba, que en las copas trama un bosque generoso, imponente. Socializo este deseo: que nuestros hijos sean tan felices al recibir a los suyos como nosotros junto a ellos. Que los eleven del suelo, igual que ellos nos enseñaron a levitar, sólo llegando. Es lo mejor de la luz: te engrandece sin alardes.
Periodista y poeta, construyó una carrera a ambos lados del Atlántico. Es autora de cinco libros de poemas, entre ellos, "Riesgos de la noche" y "Monstruos privados", ambos publicados por Alción. [email protected]
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