← Volver
infobae.com · hace 16 horas · Julio Bárbaro

Ricos sin patria

Infobae

Hay golpes en la vida tan fuertes... ¡yo no sé! (César Vallejo, poeta peruano, Los heraldos negros)

Al escuchar el fallo de la Corte Suprema comprendí que la máxima representación del Poder Judicial, cuya tarea es organizarnos y asegurar la institucionalidad y el respeto por las leyes y la Constitución, hoy solo se ocupa de degradarnos. Habíamos logrado, entre los restos de vitalidad de una sociedad golpeada y maltratada, evitar la ley de venta de tierras al extranjero, pero no imaginamos que el Gobierno recurriría a esa sombra de indignidad que se llama Corte Suprema de Justicia de la Nación para que sus tres miembros —esta administración no necesita más para asegurarse una miserable incondicionalidad— se ocuparan de esta iniquidad que nos lleva a revisar nuestras guerras, nuestras luchas, nuestras confrontaciones para defender lo que era nuestro, como si su único destino fuese el cambio por unas monedas. Es decir que la Corte se convirtió en cortesana. La integridad de los veteranos de Malvinas pareció agraviar otras formas de transitar las instituciones, y estos seres inferiores, al sentirse agredidos por las redes sociales que los cuestionan, intentan ahora explicar su decisión. Demasiado tarde, demasiado obvio todo.

Nunca luché por la libertad de una persona, siempre por la de mi patria, hasta descubrir que ya estaba totalmente entregada, como lo demuestra este ominoso fallo.

Cuando ocupé el cargo de secretario de Cultura, cultivé una agradable relación con la señora Nelly Arrieta de Blaquier, encargada de la asociación de apoyo a nuestro Museo Nacional de Bellas Artes. Muestra indudable de que tuvimos alguna vez una oligarquía digna en cuanto a su voluntad de sostener ciertos aspectos de la cultura. Cuando hoy veo que sus descendientes retiran los cuadros, se hacen de unos pesos y no tienen el decoro de donar uno, al menos, en memoria de sus antepasados, sumo el dato a la ignominiosa conducta de la Corte Suprema y siento que se están llevando puesto ese sueño de ser patria que tuvieron nuestros mayores.

Sumo a este pesimismo dominical, que no suelo frecuentar, el hecho de que aquellos que se desvivieron por enfrentar al Papa Francisco, el argentino más importante de la historia reciente, contratando a un supuesto intelectual italiano de conocida mediocridad para que lo atacara, hoy son enormemente respetuosos del sucesor por él elegido, simplemente porque no es argentino y, sobre todo, porque nació en Estados Unidos. Así de tilingos son. El Papa Francisco les quedaba grande, su heredero es demasiado fuerte para que la rastrera mediocridad que los caracteriza pueda enfrentarlo.y

La patria tiene ricos. Lo malo es que cuando los ricos no tienen patria (nuestro padecimiento actual) y el entorno de Milei se maneja entre el lumpenaje y la marginalidad de la que proviene y los entronizados en poderosos ministerios —en su caso, pertenecientes a clases acomodadas de escasa cultura—, el beneficio se otorga a socios y amigos. Entre todos, intentan vender lo que por momentos han ganado y otras veces, usurpado, adueñándose de la totalidad de nuestras instituciones.

La concentración de la riqueza tiene como consecuencia lógica la fuga de los capitales nacionales al exterior, para lo cual necesitan extraer lo que nos otorgó la naturaleza y vender lo que pueden haber heredado de sus mayores. Hemos pasado de la patria de las estancias que nos dejaba con su riqueza grandes obras, palacios y museos, construyendo de esa forma una ciudad digna y un país organizado, a la patria de las rentas y de los bancos, donde solo se gana a partir de los negocios, nunca de la producción. El Estado privatizado es, sin duda, el Estado usurpado y con ese hecho se logra, como consecuencia, tomar lo esencial, es decir, olvidar la queja del pago de impuestos y retenciones porque la riqueza no va a hacerse cargo de la miseria que ha generado. Un economista lúcido marcaba el año 1925 como el momento en que el poder económico decide fugar sus riquezas del país y, en consecuencia, la Argentina pierde el elemento central de todo desarrollo, que es el nivel de inversión. De ahí, quedará el manido sintagma “inversor extranjero”, como si nuestras ganancias, nuestras rentas, no tuvieran otro destino que la inversión en su propio espacio, esto es, la existencia de una burguesía industrial capaz de soñar con la grandeza de sus empresas ligada a la grandeza de la sociedad en la que habitan. Desde los barrios privados hasta Mercado Libre todo se fue pensando como fractura de la sociedad, como destrucción del comercio y la seguridad privada en tanto elemento separador, susceptible de fracturar nuestra realidad. Las sociedades piensan a la política a partir de las necesidades de sus habitantes y jamás desde la ganancia de sus negocios.

Continúo apabullado por la cantidad de frívolos que dicen elegir el camino del cambio. La pregunta de fondo es: ¿qué implica para ellos esa muletilla? Si uno la tomara mecánicamente, lo que imaginan y sueñan estos personajes enriquecidos es la marcha atrás, es decir, volver a una sociedad donde ellos, los poderosos, los ricos, los beneficiarios, no tuvieran que pagar impuestos ni soportar retenciones, y que sus ganancias no estuvieran ligadas a la responsabilidad que tienen sobre el resto de los mortales que habitan nuestro suelo patrio.

En rigor, los desmesurados salarios de la Justicia y sus desproporcionadas jubilaciones no sirvieron para sellar su honestidad, sino simplemente para instalarlos en una visión de clase social superior que se desinteresa, merced a sus rentas, de los caídos. Algún día podremos gestar una ley donde la más alta de las jubilaciones del Estado no pueda pasar de un número lógico, por ejemplo, diez veces la más mínima de las jubilaciones, para que todos tengamos conciencia de que ese Estado que construimos los abarca como sociedad y no como minoría privilegiada.

Institutos penales para la libertad