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perfil.com · hace 19 horas · Carlos Burgueño

La trama oculta del plan de desarrollo fallido australiano que intentó Cambiemos, por Carlos Burgueño

Carlos Burgueño

En algún momento de agosto de 2016, cuando aún perduraba el entusiasmo inicial en Juntos por el Cambio, Mauricio Macri le encomendó una tarea clave a los dos secretarios que secundaban al jefe de Gabinete, Marcos Peña: Gustavo Lopetegui (Gabinete) y Mario Quintana (Coordinación Interministerial). A ambos se les ordenó trabajar en ideas para mejorar la competitividad de la economía argentina y diseñar un plan de crecimiento a corto, mediano y largo plazo tomando a Australia como modelo.

Según los impulsores del proyecto, Australia representaba un excelente caso de estudio. El país oceánico había concretado una exitosa transformación: pasó de ser una economía real con extrema dependencia de las importaciones durante los años 70 y 80 a convertirse en una estructura abierta, competitiva e industrialmente desarrollada, con pleno empleo, alta demanda exportadora y niveles de ingreso del primer mundo.

En la Casa Rosada se reconocía que una de las mayores falencias percibidas por la sociedad era la falta de un plan concreto a mediano y largo plazo que explicara por qué el futuro sería mejor que el presente, y que convenciera a la ciudadanía de que los sacrificios del ajuste sentaban las bases del crecimiento. Hacia mediados de 2016, las expectativas sobre el “segundo semestre” y los “brotes verdes” mostraban signos de agotamiento; el Gobierno necesitaba una nueva narrativa y el ejemplo australiano emergió como la nueva quimera a seguir.

“Nadie va a invertir si no sabe si esa inversión traerá resultados. Hoy no se sabe si conviene apostar por un sector industrial determinado y por eso el empresariado está tan remolón”, se argumentaba en las reuniones de Gabinete. Para el macrismo, el problema central residía en la caída de la confianza y en la incertidumbre tarifaria. La presentación de un plan integral de desarrollo buscaba inaugurar una etapa superadora.

La idea de imitar a Australia no era nueva; venía madurando en las usinas de la Fundación Pensar desde el inicio de la campaña electoral. Se consideraba que ese país había partido de un perfil productivo similar al argentino para luego dar el salto al desarrollo concentrándose en los sectores donde poseía ventajas competitivas. La estrategia implicaba acompañar la transición de los rubros que requerían demasiados subsidios para reorientar ese esfuerzo fiscal hacia obras de infraestructura.

Si bien no se señalaba explícitamente qué sectores debían desaparecer, se asumía que aquellos inviables frente a la competencia importada deberían reconvertirse. En contrapartida, se identificaban como motores potenciales a la agroindustria, el petróleo y sus derivados, la siderurgia especializada, las energías limpias, la química, la biotecnología y la industria automotriz, además de las economías regionales. En el oficialismo estimaban que, si el proyecto funcionaba, quedarían en el olvido los eternos debates sobre el tipo de cambio y las corridas financieras.

¿Qué había hecho Australia para concretar su transformación? Durante buena parte del siglo XX, construyó un modelo industrial protegido por altos aranceles en sectores como automóviles, textiles, calzado y maquinaria. El quiebre comenzó en 1973, cuando el gobierno laborista de Gough Whitlam redujo un 25% los aranceles de forma generalizada. En 1983 se adoptó la libre flotación del dólar australiano, se eliminaron controles cambiarios y se abrió el sistema financiero a bancos extranjeros.

La protección efectiva a las manufacturas cayó abruptamente: de representar cerca del 35% de la producción a comienzos de los 70, bajó a solo el 5% décadas después. Para los sectores más vulnerables (textil, calzado y automotriz) se fijaron esquemas graduales de reconversión. El caso automotor fue emblemático: marcas como Ford, General Motors-Holden, Toyota y Mitsubishi adaptaron sus plantas, redujeron modelos y volcaron su producción a la exportación, aunque finalmente la fabricación local cesó por completo entre 2008 y 2017.

Los grandes ganadores del proceso australiano fueron la minería (hierro, carbón, oro y gas), la agroindustria (carne, lana y cereales) y los servicios financieros, educativos y turísticos. La fórmula ideada por Quintana y Lopetegui para la Argentina tomaba de allí la combinación de una mayor apertura de mercado con un Estado social presente, enfocado en amortiguar el impacto sobre los trabajadores y facilitar su

Esta experiencia archivada adquiere relevancia porque quizás representó el último intento de alcanzar un acuerdo

político de desarrollo sustentable impulsado por una coalición de gobierno, con miras a consolidar una economía moderna atenazando el costo social.

Sin embargo, el consenso nunca fue posible. Las sucesivas crisis cambiarias terminaron por jaquear la gestión de Macri. Más tarde, la administración de Alberto Fernández careció de rumbo económico y, finalmente, irrumpió el modelo

libertario de Javier Milei, desligado de la intervención estatal que, paradójicamente, resultó indispensable en la transición australiana.

Lula da Silva