El periodista y los discursos de odio
Tras revisar las principales guerras mediáticas argentinas de los dos últimos siglos, pienso que el odio se produce en ciclos de auge y declinación, y el periodismo nunca resiste servirlo. Además, en algunos momentos esas corrientes de emociones y palabras denigratorias tienen mucho arraigo.
Por eso, si entendemos que es un problema que no se erradica sino que se gestiona, es relevante que el periodismo profesional esté más entrenado en su contención.
Le guste o no al periodismo, este funciona como una escuela de diálogo social. En los medios, uno de los espectáculos habituales que la audiencia observa es el diálogo entre personas, y de allí la sociedad se inspira o refuerza sus propios estilos de diálogo. Por eso, es central que el periodismo profesional pueda mostrar la superioridad de la argumentación por sobre la lógica de la negación del otro.
Hay que pensar que el discurso de odio es la fiebre de un malestar social, que es un síntoma. Y, por lo tanto, no podemos invisibilizarlo. Es necesario bucear en las incomodidades sociales que producen esa fiebre, porque además es una emoción inflamable, por lo que siempre puede terminar en un estallido.
Como dijo sobre los discursos de odio el guatemalteco Frank La Rue, quien fue Relator de Libertad de Expresión de la ONU: “Los medios no pueden silenciarlos como si así pudieran detener el contagio. Esta forma de censura es contraproducente y, en cualquier caso, el silencio no resiste mucho tiempo la presión de las redes sociales”.
Desde este punto de vista, el periodismo tiene también un rol pacificador. Es notable ver cómo esa función se destacó en los últimos acuerdos de paz firmados en América Latina: en El Salvador (1992), Guatemala (1995), México (1996) y Colombia (2016). Esos acuerdos cerraron dolorosos años en los que, además de otras cosas, muchos periodistas se alistaron en la guerra interna.
CLASIFICACIÓN DE DISCURSOS DE ODIO. El odio puede ser un estado emocional intenso, una convicción ideológica donde se argumenta y justifica la inferioridad que deshumaniza, y puede ser también un odio estratégico, donde por un cálculo político se apunta contra un grupo social específico. Un sector puede aprovechar esas fisuras sociales y agravarlas.
Hay distintos tipos de discursos de odio que circulan en la sociedad. La aporofobia, es el rechazo a los pobres; la xenofobia, a los extranjeros; existe el odio religioso, en especial el antisemitismo o la islamofobia; el racismo, por color de piel, etnia o raza; gerontofobia, odio a los adultos mayores; capacitismo, odio a los discapacitados; homofobia, odio a los homosexuales; o misoginia, odio a las mujeres.
Y, primero el kirchnerismo y ahora el mileismo, fomentaron el odio a un grupo profesional, los periodistas. Ambos contribuyeron a normalizar la denigración continua de la mayoría profesional, de la que excluyen a sus periodistas afines, los que están en modo militante. Incluso es curioso que tanto Cristina Fernández como Javier Milei rescataron a Domingo Faustino Sarmiento y sus formas salvajes como aval histórico frente a las críticas que ambos reciben por su trato hostil hacia el periodismo.
Además, están los discursos de odio folklóricos que son vistos como estereotipos inofensivos, sin maldad especial, como los que se expresan en las canchas de fútbol, en las redes o en las discusiones callejeras.
La selección está jugando con algunas tribunas cerradas y apenas los periodistas hablan del hecho.
Argentina es hasta ahora el único país sancionado por la FIFA, tras el último mundial, por el comportamiento racista y homofóbico de sus hinchas. Pero esa concepción de odio simpático y blando clausura incluso la posibilidad de discutir si hay o no racismo en Argentina.
LAS VOCES PROHIBIDAS Y LAS ODIOSAS. El periodista debe distinguir cuál es el discurso de odio que no hay que difundir, el que puede ser inaceptable en cierto contexto, y el que no puede censurarse por más que nos resulte odioso.
La voz que incita en forma directa e inminente a la acción violenta o discriminatoria es necesario no distribuirla. Pero también son peligrosas las voces que incitan indirectamente, al inyectar veneno contra un sector aumentando las probabilidades de que este sea agredido por un fanático convencido.
Después están las opiniones odiosas, que pueden ser protegidas por la libertad de expresión, pero a las que hay que discutir activamente.
QUÉ PASA CON LOS PERIODISTAS. Nuestro Presidente de la Nación es el odiador en jefe, pero no inventó nada. Cuando Milei era un desconocido, el diálogo en varios medios principales de la sociedad ya había caído en el lodo formado por discursos de odio enfrentados, eso que llamamos durante muchos años grieta.
El Laboratorio de Estudios sobre Democracia y Autoritarismos (LEDA), de la Universidad de San Martín, realizó junto a la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires y la revista Anfibia una encuesta nacional a casi mil periodistas. Van a presentar los resultados a fines de octubre, pero podemos adelantar algunos:
“El 43% de los periodistas argentinos sufrió algún tipo de violencia digital por su trabajo en el último año: un 31,6% la sufrió pocas veces, un 8,4% bastantes veces y un 3% la padece de forma sistemática”.
“La violencia digital es el factor que más se asocia con la autocensura entre las y los periodistas. Quienes la sufren de forma sistemática multiplican por 7 su chance de evitar publicar o investigar un tema. Quienes la sufren pocas o bastantes veces multiplican por 2 su chance de autocensura. Entre quienes sufrieron violencia, el 61% restringió su trabajo (frente al 42% de quienes se autocensuraron sin recibir violencia digital). Es un efecto muy claro: a más violencia digital, más autocensura. Además, la presión editorial interna y las represalias políticas también pesan: la violencia digital es el riesgo más asociado a la restricción de la autonomía, aunque no el único”.
El odio exacerba la violencia digital. Además, como dice Ezequiel Ipar, director de LEDA, “las autoridades autorizan”. Pero los periodistas no suelen tener claro cómo responder a las furias sociales que se desatan contra ellos, o a los aludes que les tiran desde la cúpula de poder.
Algunos periodistas que son rigurosos en su trabajo profesional son barrabravas en las redes. Mientras que otros optan por la indiferencia o la ironía. En un tono borgesiano, Joaquín Morales Solá, quizás el periodista con más años en la primera fila de la vida pública, tras el último balde de agravios que recibió, expresó: “El otro día me dijo ‘inmundicia humana, basura humana’. Creo que fue redundante, con uno de esos insultos bastaba”.