AntropologIA monstruosa
Solo desde un humanismo integrista y fundamentalista cabe dirigir a la inteligencia artificial una enmienda a la totalidad y calificarla de una vez y para siempre como el “antihumanismo radical” que anuncia el subtítulo de Éric Sadin. Se puede en cambio, y conviene, señalarla como la tecnología que instaura una antropología monstruosa, una antropologIA, con una salvedad. No perder de vista el origen de la palabra.
Plinio el Viejo catalogó hacia el año 77, en el libro séptimo de su Historia natural, a los pueblos de los confines: los cinocéfalos que ladran, los blemias que llevan el rostro en el pecho, los astomos que se alimentan de olores. E Isidoro de Sevilla dedicó hacia el 630 a los portentos el capítulo tercero del libro undécimo de las Etimologías y legó a la Edad Media lo que aquí importa, que monstrum procede de monere, advertir. Todo monstruo es una advertencia, un mensaje, una admonición, una alerta. Conviene preguntar de qué advirtieron los monstruos anteriores.
Frankenstein, la criatura de Mary W. Shelley, anunció la emancipación, el momento en que lo creado se independiza de su creador y la técnica subvierte su dependencia del ethos hasta erigirse en causa suya. El subtítulo de 1818 encierra más clarividencia de la que suele reconocérsele, porque el moderno Prometeo es el modelador de hombres de barro del primer libro de las Metamorfosis (no el ladrón del fuego), y modelar exige un material, alguien que haya dejado de ser interlocutor para volverse cosa disponible. El pecado de Victor Frankenstein llega después de crear, cuando abandona lo creado.
Drácula avisó de la fusión y de la posesión, con una regla que la novela nunca infringe: el vampiro necesita que lo inviten a entrar. Ninguna de sus catástrofes procede de un asalto y todas derivan de una puerta abierta desde dentro. El hombre invisible llevó el aviso hasta el extremo del desvanecimiento de lo humano y su sustitución, porque allí el horror no nace de ninguna imagen (imagen no hay) sino de que se interrumpe el intercambio de miradas sobre el que descansa toda relación. La técnica de hoy repite la vieja regla al pie de la letra, porque ningún sistema entra donde no lo han invitado, y la invitación se firma a diario con un gesto distraído del pulgar.
El parecido mayor, con todo, se encuentra en otra parte. Hyde, en inglés, suena a ocultar, y ahí trabaja el monstruo más sutil del repertorio, porque los demás advierten de algo que llega de fuera, emancipación, fusión, desvanecimiento, mientras que este advierte de algo que ya habitaba la casa. Hyde no se fabrica en el laboratorio de Jekyll y se libera de la casa que ocupaba desde siempre. De la inteligencia artificial cabe temer menos lo que llegue a hacer por su cuenta que aquello que ya permite hacer sin dar la cara -la decisión sin firma, la criba de currículos que nadie asume, el veredicto que ningún juez ha dictado.
Queda un monstruo reciente cuya advertencia resulta esperanzadora. La primera historieta de Spider-Man se cerró en 1962 con una frase que después repitió medio mundo, “con un gran poder debe llegar también una gran responsabilidad”. La fórmula supone algo que la queja sobre la técnica olvida, que quien todavía puede responder conserva el poder.
Por poderosa que parezca la inteligencia artificial, y por poderosa que resulte la antropologIA que propone y a la vez encarna, el poder más radical sigue perteneciendo a quien la programa, la compra y la consiente, porque ella tiene mucho de aquel “humano, demasiado humano” que Nietzsche nombró en 1878, mientras que lo humano nuestro guarda todavía la posibilidad contraria, la de ser “humano, profundamente humano”. Ese poder se sostiene con materiales tenues, con la “ternura por las cosas del mundo” que Hegel nombró irónicamente en 1817 y hoy suena a elegía, y esa misma levedad lo vuelve el poder más poderoso de la tierra.
Toda advertencia, todo monstruo llega a tiempo. El problema es que casi siempre los leemos demasiado tarde.
Carlos Álvarez Teijeiro es Profesor de Ética de la comunicación de la Escuela de Posgrados en Comunicación de la Universidad Austral.
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