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clarin.com · hace 6 horas · Clarin.com - Home

El impacto hemisférico de las elecciones brasileñas

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Este 4 de octubre tiene lugar la primera vuelta de las elecciones brasileñas, aunque más que probablemente solo conoceremos el nombre del ganador en el balotaje del 25. Más allá de sus implicaciones internas, éstas tendrán un importante impacto hemisférico. Pero, para saber de qué impacto estamos hablando hay que relacionarlo con las elecciones de medio mandato de Estados Unidos, claves no solo para este país sino también para el conjunto del planeta.

En medio de la deriva conservadora, incluso ultraderechista, en América Latina, Brasil, junto a México, Uruguay y, de alguna medida, Guatemala, es uno de los pocos gobiernos de izquierda o centro izquierda existentes.

Esto es esencial para las alianzas regionales, especialmente después que Venezuela se convirtiera, de forma bastante bastarda en un protectorado estadounidense. Por eso, la identidad del próximo presidente, Luiz Inácio Lula da Silva o Flavio Bolsonaro, no será intrascendente ni para la Administración Trump ni para todos sus colegas latinoamericanos. Las redes y los apoyos políticos futuros variarán según cual sea el resultado.

Si gana Bolsonaro, la incorporación de Brasil al Escudo de las Américas, la alianza hemisférica para combatir al narcoterrorismo, será inmediata. Una de sus primeras medidas declarará al Primer Comando de la Capital (PCC), al Comando Vermelho y a otros carteles de la droga organizaciones terroristas.

Tampoco sería descartable que autorizara operaciones terrestres de la DEA o de otras agencias estadounidenses. Así, cumpliría rápidamente con dos de sus mayores objetivos: mostrar su cercanía al trumpismo y que no le tiembla el pulso para cumplir sus promesas de mano dura.

Por el contrario, de imponerse Lula, la ambigüedad en el combate al narcotráfico sería algo mayor, como forma de demostrar que sigue siendo el mayor defensor de la soberanía nacional. Pero, gane quien gane, el próximo presidente brasileño seguirá aplicando una política dual hacia las dos grandes potencias: más inclinada a China en lo comercial y las inversiones y más próxima a Estados Unidos en seguridad y defensa, como ya viene haciendo Lula desde hace algún tiempo.

Más allá de las diferencias en política exterior que quieran aplicar uno y otro, algunas interpretaciones circulantes, sobre China por un lado y Cuba y Venezuela por el otro, tienen poco sustento ante una realidad menos moldeable de lo esperable.

También hay un exceso de voluntarismo relacionado con China y el escaso margen de maniobra para cambiar el rumbo de una relación que genera a las arcas brasileñas y a los grandes exportadores de soja, carne, mineral de hierro e hidrocarburos enormes ganancias.

Como ya le pasó en su día a Jair Bolsonaro, su hijo Flavio no podrá cortar amarras con Pekín ni romper con los BRICS. Los intereses son tan cuantiosos que cualquier cambio de rumbo dejaría un tendal de víctimas, ya que ni los mercados ni las empresas estadounidenses podrían reemplazar fácilmente a China. Si la victoria de Bolsonaro fuera acompañada por la más que probable pérdida republicana de la Cámara de Representantes en Estados Unidos, e incluso del Senado, complicaría los apoyos y la coordinación con otros gobiernos de la región.

Aunque un Trump convertido en pato cojo (lame duck) no abandonará sus grandes objetivos en política exterior, sino todo lo contrario, como ha recordado recientemente Jorge Lomonaco, la presión de un Congreso demócrata afectaría tanto las relaciones hemisféricas como la aplicación del Corolario Trump de la Doctrina Monroe.

El próximo presidente tampoco tendrá mucho margen de maniobra en Cuba y Venezuela. En los últimos meses Lula poco ha hecho por el sufrido pueblo cubano, todavía a merced de la brutal represión de un régimen incompetente y de las presiones de Washington. Es de prever que, si gana Bolsonaro, más allá de la retórica, se mantendrá la misma línea. El caso venezolano es más dramático. Desde hace tiempo nadie llora por Venezuela y mucho me temo que sean pocos quienes lo hagan en el futuro. ¿Cuántos gobiernos llamados progresistas, con la notable excepción de Gabriel Boric, criticaron el autoritarismo bolivariano de Hugo Chávez y Nicolás Maduro? ¿Cuántos gobiernos de derecha, con independencia de su adjetivo, critican hoy la sumisión de Delcy Rordíguez a Donald Trump y a Marco Rubio y las trabas que enfrenta María Corina Machado para regresar a su país?

Las elecciones brasileñas repercutirán en el Mercosur, en América del Sur e, incluso, en toda América Latina. Sobre esto no hay la menor duda, aunque se depositan muchas expectativas, sobredimensionadas, sobre la victoria de uno u otro.

La idea de que más gobiernos de derecha, especialmente si se suma Brasil, producirán avances sustantivos en la integración regional, o, al menos, más coordinación en las políticas intergubernamentales más destacadas, es tan utópica como ocurrió en la primera década del siglo XXI, en pleno auge bolivariano, con el llamado giro a la izquierda.

Mientras cualquier proyecto de ámbito supranacional, sea regional o subregional, descanse sobre las afinidades políticas o ideológicas en lugar de los intereses nacionales, el margen de acción para avanzar en el sentido deseado, sea la Patria Grande o cualquier otro invento, será sumamente reducido.

Carlos Malamud es Catedrático de Historia de América de la UNED, investigador principal para América Latina del Real Instituto Elcano, España.

Carlos Malamud

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