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clarin.com · hace 8 horas · Clarin.com - Home

Lo que faltó en la vidriera argentina de París

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La Argentina fue a París a mostrar sus oportunidades de inversión. En la agenda difundida de la Argentina Week hubo energía, minería, agroindustria, salud y tecnología. Pero la bioeconomía, esto es, la economía que usa plantas, microorganismos y residuos orgánicos para fabricar alimentos, energía, materiales y medicamentos, no apareció como un eje explícito de esa presentación. La omisión merece una discusión, porque Europa está impulsando una estrategia para convertir el conocimiento biológico en nuevas industrias y la Argentina tiene con qué participar.

Hubo agro y alimentos. Por eso, la crítica no puede consistir en afirmar que toda actividad de base biológica estuvo ausente. Lo que faltó fue una mirada que uniera el campo, la ciencia, la industria y la energía. Esa conexión permite mostrar una Argentina con oportunidades de inversión que van más allá de los rubros con los que solemos representar al país.

Una posible explicación es que seguimos pensando el agro principalmente como proveedor de alimentos y divisas, la energía como un negocio separado y la tecnología como sinónimo de economía digital. Cada actividad tiene importancia. El problema aparece cuando esa división en compartimentos estancos deja afuera los negocios que nacen de combinarlas. La biología está cambiando la forma de producir y de usar los recursos. Hoy, por ejemplo, del maíz no solo sale alimento, sino también bioetanol que se mezcla con la nafta, y de los residuos de un tambo se puede obtener biogás. Así, el campo pasa a tener un papel económico mucho más amplio.

Eduardo Trigo.

Dicho de manera simple, la bioeconomía combina lo que crece en el campo y en la naturaleza con conocimiento científico para producir mejor, abrir nuevas actividades y aprovechar todo lo que se produce, incluidos los residuos que hoy se descartan. Vincula los laboratorios con la inversión y permite que una misma cosecha alimente varios negocios a la vez. Su desarrollo necesita tecnología, ingeniería, servicios y capacidades industriales. Es una forma de ordenar oportunidades que hoy quedan repartidas entre distintos sectores y oficinas del Estado.

La Argentina cuenta con un agro y una agroindustria competitivos, una larga experiencia en biotecnología (fue uno de los primeros países en adoptar cultivos transgénicos y desarrolló un trigo tolerante a la sequía), instituciones científicas como el INTA y el CONICET, y profesionales capaces de impulsar esa transformación. No todas esas capacidades están articuladas ni todas las oportunidades tienen la misma madurez. Sin embargo, constituyen un punto de partida que merece formar parte de la propuesta que llevamos al mundo. Si mostramos solo nuestros recursos naturales, contamos la mitad de la historia, ya que no decimos qué somos capaces de hacer con ellos. Y es ahí donde está el futuro.

En París, además, la omisión resulta especialmente significativa. La nueva estrategia europea de bioeconomía es un plan para que los descubrimientos científicos pasen del laboratorio a la fábrica y se produzcan a gran escala, cuidando a la vez los recursos naturales. Europa está pensando cómo conectar laboratorios, empresas y mercados. La Argentina podría presentarse como un socio con capacidad productiva y conocimiento propio para desarrollar parte de esa agenda.

El acuerdo comercial entre la Unión Europea y el Mercosur puede bajar aranceles y facilitar ciertas exportaciones e importaciones. Pero su verdadero valor dependerá también de los negocios que seamos capaces de construir alrededor de esa relación. Para eso hace falta cooperar en ciencia y tecnología pensando en problemas concretos de la producción, en atraer inversiones y en aprender. Pagar menos aranceles, por sí solo, no garantiza ese salto.

Hay posibilidades concretas de cooperación sin necesidad de anunciar grandes plantas para cada iniciativa. Compartir plantas piloto, esto es, instalaciones intermedias donde se prueba si un invento de laboratorio funciona a mayor escala, puede ayudar a que los resultados científicos se conviertan en procesos que funcionen en el mundo real. Formar en conjunto a investigadores, ingenieros y técnicos puede ampliar lo que saben hacer nuestros equipos. Los programas entre instituciones científicas y actores productivos pueden abordar problemas que una empresa pequeña difícilmente resolvería sola. Toda esa red de laboratorios, universidades y equipos técnicos también debe mostrarse a los inversores.

La energía ofrece otro ámbito que merecía integrarse a la presentación. La experiencia argentina en bioenergía (el biodiésel de soja, el bioetanol de caña y de maíz, el biogás) y la gran demanda de energía de la agroindustria abren espacio para inversiones que mejoren la eficiencia, aprovechen residuos como el estiércol, la cáscara de maní o el bagazo de la caña de azúcar, y bajen costos. Algunas pueden atender mercados internacionales; otras pueden fortalecer la producción y el abastecimiento local. Además, pueden generar servicios y empleo en el interior del país.

Nelson Illescas.

La cooperación europea podría aportar ingeniería, financiación y métodos de evaluación, mientras que la Argentina puede contribuir con experiencia productiva, investigación y conocimiento de sus sistemas. Esas asociaciones deben dejar conocimiento y capacidades instaladas en el país. También deben demostrar que cuidan el ambiente. Que algo provenga de plantas o de residuos no lo vuelve sustentable de manera automática, ya que hay que medir su impacto sobre el suelo, el agua, la biodiversidad y las emisiones de gases de efecto invernadero.

Quizás la bioeconomía tenga menor visibilidad porque sus oportunidades están repartidas entre agricultura, industria, energía, ciencia y ambiente. Ninguno de esos ámbitos puede desarrollarlas de manera aislada. Esa dispersión hace difícil armar una lista concreta de proyectos para ofrecer y explicarle al inversor qué capacidades existen, cuáles faltan y cómo se conectan. Coordinar esas piezas es parte de una política de desarrollo, y no hacerlo debilita la forma en que nos presentamos ante el mundo.

El Mercosur ofrece una escala adicional para organizar esa tarea. La cooperación regional puede ampliar mercados y permitir el acceso compartido a instalaciones y servicios. Cada país puede aportar según sus fortalezas, sin necesidad de construir por su cuenta todas las instalaciones. Para la Argentina, una asociación regional mejor articulada también podría fortalecer la cooperación con Europa y ampliar las posibilidades de sus empresas y equipos científicos.

La próxima vez que el país salga a buscar inversiones al exterior, debería llevar una propuesta de bioeconomía fácil de reconocer, con proyectos listos para financiar, instituciones coordinadas y reglas de inversión claras. También debería mostrar cómo esas inversiones pueden ampliar capacidades en las provincias, incorporar pymes y cooperativas y generar trabajo calificado. La estabilidad macroeconómica, con inflación baja y reglas previsibles, es indispensable. Pero para definir en qué conviene invertir hace falta, además, conocer y organizar esas capacidades.

Una presentación de inversiones expresa una idea sobre el futuro del país. La Argentina tiene motivos para destacar sus recursos energéticos y minerales, y también para mostrar la transformación que puede construir sobre su base biológica. Darle un lugar a la bioeconomía permitiría ofrecer una imagen más completa de esa posibilidad. En Europa hay una agenda con la cual conversar. Nos corresponde llevar una propuesta propia.

Asesor del Director General del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA).

Socio del grupo CEO. Director de Contenidos y Comunicación en GPS (Grupo de Productores del Sur).

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