Pronósticos de apocalipsis y el metro cuadrado de cada uno
Cada mañana, millones de personas se levantan sin saber cómo seguirá el mundo, pero sabiendo qué les toca hacer: conseguir un ingreso, cuidar a alguien, abrir un negocio, estudiar, buscar trabajo. Mientras discutimos si la humanidad se encamina hacia la abundancia o el colapso, hay una vida que requiere ser vivida. Y es allí, en ese metro cuadrado de cada uno, donde también se construye el futuro.
Cuando proponemos una economía de la sabiduría, aparece una objeción comprensible: suena demasiado utópica para un mundo tan desbordado. Sin embargo, orientar el conocimiento y la tecnología hacia una vida más digna sigue siendo una posibilidad por la que vale la pena luchar. Necesitamos una narrativa que nos ayude a reconocer los peligros y, al mismo tiempo, hacernos cargo de nuestro metro cuadrado y participar de lo que podemos ayudar a cambiar.
Las amenazas son enormes. El deterioro del planeta, la gobernanza de la IA y la robótica, las desigualdades y los límites de nuestros modelos de progreso exigen respuestas colectivas. También el envejecimiento poblacional nos demanda reorganizar cuidados y oportunidades, mientras el malestar psíquico y las crisis de sentido atraviesan generaciones. Algunos riesgos pueden comprometer nuestra supervivencia; otros deterioran el valor de la vida humana. Merecen atención sin confundirlos ni volverlos un destino inevitable.
Al mismo tiempo, hay otras fuerzas en movimiento. La OMS reconoce el enorme avance en marcha a través de aplicaciones de la IA en diagnóstico, investigación y atención sanitaria. La Agencia Internacional de Energía registra que las renovables explicaron la mayor parte del crecimiento de la generación eléctrica mundial en 2025. Unesco promueve dispositivos concretos y más accesibles para aprender más y mejor, que ya están entre nosotros. Las nuevas economías crecen demostrando que mercado, innovación y propósito social pueden ir de la mano. Son avances concretos, todavía insuficientes, que amplían lo posible.
Confío en la resiliencia de nuestra especie. Muchas veces pudimos ampliar lo que parecía posible gracias al conocimiento, la cooperación y la capacidad de corregir a tiempo aquello que nos amenazaba. Esa confianza no garantiza ningún desenlace. Nos compromete a cultivar esas capacidades, incluso cuando los liderazgos globales parecen encerrados en visiones parciales y disputas de poder.
Pero mientras esas fuerzas se despliegan, la vida sucede. Tenemos que levantarnos cada mañana con disposición a seguir, soportar y crecer, muchas veces todo al mismo tiempo. Propongo un pequeño kit para ese trayecto: cuatro movimientos que cada persona podrá combinar según sus circunstancias y los apoyos disponibles.
Hay momentos en los que llegar al final del día ya demanda un esfuerzo enorme. Para quien pierde su ingreso, sostiene cuidados sin relevo o vive en la precariedad, hablar de reinventarse puede sonar cruel. La primera tarea es sostener la vida y encontrar ayuda para que la urgencia no se lleve todo.
Resistir exige ingenio, pero también reconocer límites. Ordenar lo indispensable, compartir una preocupación, identificar un apoyo concreto, proteger algún espacio de descanso. A veces el paso posible será acercarse a una organización barrial o pedir orientación para acceder a un derecho. Otras, aceptar que hoy no podemos con todo. No hay una receta universal pero suele haber recursos a los que acudir, al menos transitoriamente.
Los ingresos, la salud, la vivienda y los cuidados son asuntos públicos. La responsabilidad personal pierde sentido cuando se utiliza para justificar el abandono. Necesitamos instituciones que sostengan las transiciones y nos permitan hacer algo más que sobrevivir. También podemos empezar por una pregunta cercana: ¿quién a mi alrededor está sosteniendo demasiado en soledad?
Nadie se salva solo. Esa convicción necesita lugares, vínculos y prácticas: un club, una biblioteca, una cooperativa, una comunidad de aprendizaje, un grupo de vecinos o de colegas. Espacios donde podamos pedir ayuda, ofrecer lo que sabemos y pensar con otros.
Una red comienza a funcionar cuando circulan recursos concretos: una recomendación laboral, una herramienta compartida, una hora de cuidado, una conversación que permite destrabar un problema. En esos intercambios se construye confianza y se recupera capacidad de actuar. La pertenencia también ayuda a soportar la incertidumbre.
Entramar puede llevarnos más lejos: organizar una capacitación, mejorar un espacio común, reclamar un servicio, participar de una decisión local. Así, el metro cuadrado se conecta con otros y gana capacidad de incidencia. Hacer nuestra parte incluye organizarnos para cambiar las condiciones en que vivimos.
El cambio de era nos alcanza a todos, aunque de maneras muy diferentes. Lo que sabemos conserva valor, pero necesitaremos revisarlo y combinarlo con nuevas capacidades. Conviene empezar por el autoconocimiento: qué sabemos hacer, qué experiencia podemos aprovechar y qué problema cercano merece una mejor respuesta.
Aprender puede ser elegir una dificultad del trabajo cotidiano y dedicarle un rato por semana junto con alguien. Probar una herramienta de IA, contrastar sus respuestas y descubrir dónde aporta y dónde falla. Pedir una devolución. Ensayar una nueva tarea. Ese aprendizaje continuo, aplicado y acompañado puede abrir posibilidades que un curso aislado no consigue.
El criterio, la escucha, la creatividad, el cuidado y la capacidad de cooperar necesitan práctica. Reconvertirse también es descubrir nuevos usos para lo que ya somos. Una persona con experiencia en un oficio puede ayudar a formar aprendices; alguien que conoce su barrio puede colaborar en organizar cuidados.
Para que esa movilidad sea posible, hacen falta tiempo, conectividad, orientación y oportunidades. Empresas, universidades, sindicatos y gobiernos tienen responsabilidades concretas. Invitar a aprender debe venir acompañado de caminos que permitan hacerlo.
A quien pelea la diaria, pedirle que imagine el futuro puede parecerle una exigencia más. El sentido, sin embargo, puede empezar muy cerca: acompañar el crecimiento de un hijo, recuperar una vocación, mejorar la cuadra, ayudar a alguien a encontrar su lugar. Cada vida merece un para qué, aunque ese propósito apenas sea visible para los demás.
Podemos preguntarnos qué querríamos haber cuidado o hecho crecer dentro de un año y cuál sería un primer paso esta semana. La curiosidad abre una rendija: una conversación distinta, una pregunta nueva, una posibilidad que todavía no habíamos considerado. El sentido también se descubre caminando y puede cambiar con nosotros.
Imaginar futuros deseables nos permite discutir qué merece nuestro esfuerzo. Sin esa conversación, corremos el riesgo de adaptarnos permanentemente a proyectos ajenos. O simplemente nunca llegar a tener el propio.
Estos movimientos se mezclan. Habrá días para aprender y otros en los que apenas podamos resistir. Una comunidad puede sostenernos hasta que recuperemos fuerzas; un propósito puede darnos energía para pedir ayuda. Ninguno exige ser extraordinario ni estar siempre bien.
¿Quién puede saber si la humanidad saldrá herida, fortalecida o severamente amenazada de este cambio de era? Confío en que encontraremos respuestas y mejores modelos colectivos, pero nos excede ampliamente. Nuestro metro cuadrado no. No se puede delegar, tercerizar o desconocer.
La economía de la sabiduría empieza a tomar forma cuando usamos lo que sabemos para cuidar la vida, ampliar las posibilidades y decidir mejor juntos. Mañana habrá que volver a levantarse. Tal vez podamos hacerlo con una pregunta que nos acompañe: ¿qué puedo sostener, aprender o construir hoy, y con quién?