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infobae.com · hace 11 horas · Guillermo Marcó

Caminar hacia Luján: la lluvia no nos para

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Este sábado, miles de argentinos volverán a ponerse en camino hacia Luján. Y este año, como tantas veces, habrá que mirar también al cielo. El pronóstico anuncia lluvia, pero para los peregrinos ni el agua, ni el cansancio, ni las ampollas parecen ser motivo suficiente para abandonar el deseo de llegar a los pies de la Virgencita.

La lluvia puede complicar la caminata, obligar a cambiar el calzado, mojar la ropa y hacer más pesado cada kilómetro. Pero quienes alguna vez peregrinaron saben que hay algo que empuja desde adentro. Uno puede empezar a caminar pensando que va a ser difícil, pero a medida que pasan las horas aparece una fuerza que no viene de nosotros.

Cuando hay un motivo para caminar, las dificultades no desaparecen, pero adquieren otro significado.

Algunos recorrerán unos pocos kilómetros; otros llegarán a caminar hasta 60. Pero, en realidad, nadie camina solamente con los pies. Cada peregrino lleva consigo una historia, un pedido, un agradecimiento, una preocupación o una persona por la que decidió hacer el esfuerzo.

El padre Juan Bautista Xatruch, presidente de la Comisión de Piedad Popular del Arzobispado de Buenos Aires, definió esta peregrinación como una “fiesta de la fe”. Y quizás esa sea una buena manera de entender lo que ocurre cada año cuando miles de personas dejan por unas horas sus comodidades para caminar hacia la casa de la Madre.

Porque no se trata de caminar por caminar. Tampoco de sufrir por sufrir. Hay una meta, pero también hay un camino. Y en ese camino cada uno lleva aquello que tiene en el corazón.

La peregrinación tiene algo que nuestra vida cotidiana muchas veces nos hace olvidar: para llegar a algunos lugares hay que caminar. No todo puede resolverse inmediatamente. Hay cosas que requieren tiempo, esfuerzo, paciencia y compañía.

Quizás por eso la lluvia tenga también algo para enseñarnos. Nos recuerda que no controlamos todas las circunstancias. Podemos preparar la mochila, elegir el calzado, descansar bien y llevar una campera impermeable, pero después hay algo que queda fuera de nuestras manos: el clima.

Y con la vida ocurre algo parecido. Podemos hacer planes, pero siempre aparecen situaciones que no habíamos previsto. Una enfermedad, un problema familiar, una dificultad económica, la pérdida de un trabajo, una persona que necesita de nosotros. No siempre podemos elegir lo que nos pasa, pero sí podemos decidir cómo atravesarlo y hacia dónde seguir caminando.

La peregrinación hacia Luján también tiene esa dimensión comunitaria. En el camino nadie está completamente solo. Hay puestos sanitarios, voluntarios, agua y alimentos. Pero también están quienes caminan a nuestro lado. El que va más rápido puede esperar al que está cansado. El que conoce el camino puede orientar al que lo hace por primera vez. El que tiene algo para compartir puede hacerlo con quien lo necesita.

Este año serán unos 6.000 los voluntarios que estarán al servicio de los peregrinos. Es una cifra importante, pero detrás de cada voluntario hay algo todavía más valioso: alguien que decidió dedicar parte de su tiempo para que otro pueda llegar.

La llegada a Luján concentra todo ese esfuerzo. Después de horas de caminar, de haber atravesado el cansancio y quizás también la lluvia, aparece la Basílica. Allí está la Virgen. Y muchas veces, frente a ella, ya no hacen falta demasiadas palabras.

El padre Xatruch cuenta que entre las intenciones aparecen pedidos por familiares, problemas de salud y situaciones vinculadas con consumos problemáticos. Otros llegan para agradecer una recuperación o simplemente por haber podido volver un año más.

Tal vez eso explique por qué, año tras año, personas de distintas edades y realidades vuelven a ponerse en camino. Algunos van acompañados por sus parroquias, otros con amigos, compañeros de trabajo o familiares. Muchos ni siquiera forman parte de un grupo religioso. Van porque tienen algo que llevarle a la Virgen.

Y este año hay además una circunstancia especial: la Argentina se prepara para recibir en noviembre al papa León XIV. Algunos peregrinos seguramente llevarán también esa intención. Pero más allá de esa coincidencia, la peregrinación tiene su propia fuerza y su propia historia.

Desde 1630, la tradición de la Virgen de Luján está vinculada con el pueblo argentino. Generaciones enteras llegaron hasta allí con sus alegrías, sus dolores, sus promesas y sus agradecimientos.

Quizás llueva. Quizás haga frío. Quizás en algún momento alguno piense que no puede más. Pero seguramente alguien que camine al lado le diga que falta poco. Y entonces se seguirá.

Porque peregrinar es también aprender que no siempre llegamos porque somos fuertes; muchas veces llegamos porque otros nos ayudan a seguir.

Y tal vez esa sea una de las enseñanzas más sencillas y más profundas de caminar hacia Luján: que en la vida, como en la peregrinación, tenemos una meta, atravesamos dificultades y necesitamos de los demás. Lo importante es no dejar de caminar.

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