El terrorismo íntimo de los monstruos argentinos
El padre abrazó a su hija muerta y fría. Estaba ahorcada. Una soga la atenazaba. El asesino quiso escenificar un suicidio. Saña y vileza. La había matado.
Aixa Dana Mili tenía veinte años. Vendía maquillaje, ropa y artículos de bazar por las redes, y en los últimos meses había empezado a hacer postres para sus vecinos de Dique Luján, en Tigre. Era la hija mayor de Antonio.
Dique Luján, donde la pobreza y la violencia abrazan a miles. La marginalidad es una tragedia ensangrentada, no es una medalla milagrosa. Es el reverso del mundo, en el que viven millones.
El miércoles Antonio volvió de trabajar y la encontró colgada, semidesnuda, en la casa que compartían. Quiso levantarla, reanimarla. “La fui a agarrar y estaba toda fría”.
Arrancada ella de la vida, la vida de él arrancada; la muerte peor que la muerte. La muerte en vida, porque la vida le fue arrancada como quien extrae un corazón a dentelladas.
En diciembre de 2025, Aixa había contado en Facebook la violencia que sufría. Su ex era un infierno. “Vengo a escrachar a este hdp que me quiso matar", escribió. Contó que la denuncia estaba hecha y que él tenía una perimetral de trescientos metros. "Estoy bien y gracias a Dios viva”. Y explicó por qué lo hacía público. “Lo comparto por acá porque le puede pasar a cualquier chica”. Cerró el texto con una frase que hoy se lee como un epitafio: “Hoy cuento, mañana no sé”.
Denunció. Él fue imputado por lesiones leves y amenazas coactivas, y quedó preso. Ella obtuvo la perimetral. Le dieron un botón antipánico. En julio, él salió en libertad. Antonio le preguntó entonces a su hija cómo estaba. Ella le dijo que estaba tranquila, porque tenía el botón. El botón le dio calma. No le dio vida.
El principal acusado es Alejandro Daniel Sofía, de 26 años. Según la fiscal Mariela Miozzo, de la UFI de Género y Abuso Sexual de Tigre, el ahorcamiento fue un montaje.
La muerte ingresó como suicidio. La autopsia lo desmintió. Ella colgada, pero ella no se suicidó. El presunto matador, avieso y demoníaco, diseñó la escena. En el inimaginable frenesí de su violencia —siempre según la fiscalía— la liquidó, y ella, como profetizó, ya no pudo contar nada más.
Antes de desaparecer, el asesino le escribió a un amigo que se había “mandado una cagada” y que iba a quitarse la vida. Grabó un video de despedida para familiares y amigos.
No se mató. Se escondió. Lo encontraron el jueves, rastreado por sus teléfonos, en la casa de su abuela, a pocas cuadras de donde había quedado el cuerpo de Aixa. La mujer fue detenida, acusada de encubrirlo.
La noticia llegó en pleno velorio. Los deudos corrieron las cuadras que los separaban del refugio. Y tras ello, otra ola de violencia que espeja la violencia marginal. Intentaron lincharlo. Destrozaron la camioneta policial, apedrearon los patrulleros. Cuando se llevaron a la abuela, quisieron prender fuego la casa. Intifada brutal, justicia pretendida pero mediada por la violencia.
La hoguera de los fuegos de la indigencia convertida en ataque que, por atacar, no produce justicia. Es el aquelarre del país averiado. Tantísimos luchan por sobrevivir, pero la crueldad atraviesa allí la vida.
El término terror, proviene del latin terrere. El que aterroriza enciende los temblores, el que produce una diáspora de toda calma, el que ataca la serenidad.
El asesino de Aixa dijo en su video para exculparse y engañar que tenía una “banda de amigos y de familiares". Allí y para ellos como destinatarios, el matador anunciaba su falsa muerte. Afirmaba que los iba a acompañar a todos ahora “Desde arriba”. Mintió para matar con locura escenificada.
El sociólogo norteamericano Michael Johnson lo llamó terrorismo íntimo. No es el golpe aislado de una pelea. Es un régimen, vigilar, amenazar, aislar, humillar, volver. Su objetivo es dominar. Que la otra tiemble lo suficiente como para obedecer.
El terrorista íntimo no tolera la palabra no. La vive como una insurrección imperdonable con pena de muerte. Y responde asesinando.
Allí se incuban los monstruos, cuando el otro no es otro, cuando no hay libertad de nadie. Solo tienen derecho a vivir los que se arrodillan ante la violencia, pero eso no es vida.
La pobreza y la marginalidad no son un número abstracto. Pero el terrorismo íntimo atraviesa todas las clases sociales.
Se despliegan en el teatro de operaciones de la guerra interna. Donde no hay ley, donde la impiedad anárquica es hegemonía y tormento. Donde se lee un país desde su reverso. Donde la vida es lo que se arranca.
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