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clarin.com · hace 13 horas · Clarin.com - Home

El quirófano de los aviones

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Son las 11 de la mañana y una inmensa puerta vaivén se abre en dos. Enseguida aparece el paciente: pesa unos 3.000 kilos y llega acostado, sostenido por una estructura que parece una camilla. Dos grúas lo toman con una delicadeza que contradice su tamaño y lo acomodan en el sector de motores.

Primero entra una cámara. Se mete por un pequeño orificio y recorre el interior del motor para buscar señales de desgaste, golpes, alguna pieza que no esté donde debería. Después llegan los cirujanos. Desmontan. Revisan. Limpian. Miden. Una pieza. Otra. Otra.

Hasta que ese motor enorme, capaz de empujar un avión por el cielo, termina convertido en un esqueleto de metal.

No estamos en un quirófano. Estamos en La Muñoza, un gigantesco centro de mantenimiento junto al aeropuerto de Madrid. Un hospital de aviones de unos 220.000 metros cuadrados donde trabajan alrededor de 3.000 personas y donde pasan máquinas de más de cien compañías aéreas.

Acá los aviones llegan cuando necesitan una revisión profunda. O cuando algo se rompe. Porque también los aviones se enferman. A veces, incluso, antes de tiempo: un golpe de un ave puede alcanzar para mandar un motor al taller.

Los motores tienen su propio pabellón, con más de 600 técnicos. En la revisión más exhaustiva, el famoso overhaul, se mira prácticamente todo, pieza por pieza.

Hay algo hipnótico en ver cómo desarman una máquina que uno está acostumbrado a mirar desde abajo, allá en el cielo.

Acá pierde su misterio: el avión deja de ser avión. Se convierte en una suma de piezas.

Es cuando aparecen los “relojeros”. Los que vuelven a armarlo todo. Los que tienen que recordar dónde iba cada cosa y conseguir que miles de piezas vuelvan a funcionar juntas como si nunca hubieran sido separadas.

En una de las paredes hay un cartel que parece escrito para un hospital: “El cliente es nuestro verdadero motor”.

Pero hay uno que se roba todas las miradas: el hangar 6. Durante años fue considerado uno de los espacios diáfanos más grandes del mundo. No tiene columnas en el medio. Puede albergar hasta diez aviones de un solo pasillo al mismo tiempo.

Cuando uno entra, la primera sensación es casi física. Hay olor a taller. Olor a hospital.

Hay aviones abiertos, grúas que van y vienen, técnicos que suben y bajan. Uno mira alrededor y piensa que todo debería estar lleno de robots. Pero no.

Hay miles de manos humanas. Manos que desarman, limpian, revisan, reparan y vuelven a armar.

Después de semanas de trabajo, el avión vuelve a ser avión. Sale del hangar. Corre por la pista. Levanta la nariz. Y desaparece en el cielo. Desde abajo parece una máquina perfecta. Pero para llegar a eso, alguien tuvo que desarmarla por completo.

¿Para qué le habrán puesto bananas?

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